Calor

El veranillo de San Miguel. Hay que contar con unos días de calor antes de que el verano toque a su fin y aceptemos de mejor grado quedarnos en casa.

Nadie debería morir con tanto calor.

Miro a mi derecha y hay señoras enlutadas abanicándose, sudando la gota gorda. A mi izquierda, un padre más gordo de lo que le gustaría a su esposa, trata de que su niño vestidito de domingo se esté quieto y calladito. Tiene grandes manchas de sudor en la sisa de la camisa.

Miro hacia arriba buscando algo de aire fresco.

Al ver el techo plano del recinto, me acuerdo de las iglesias de mi pueblo. Dos iglesias y una ermita. Las iglesias pequeñas, altas y frescas. Recuerdo a las viejas en verano con una rebeca encima de los hombros y en invierno con enormes abrigos forrados de plumas o de algodón o de lo cualquier cosa que impidiera que el calor, o el alma, saliera del cuerpo. Iglesias de piedra. Bajo cero en invierno.

Dios está en todos los lados, pero le cuesta a uno imaginarlo entre estas cuatro paredes que más parecen un pisito de soltero, sudando la gota gorda.

El calor impide que me concentre en el discurso. En las elegías sobre el difunto. Un hombre querido, a tenor por la cantidad de gente que hay en la iglesia.

Me sorprendo sonriendo. Me doy cuenta y vuelvo al gesto serio que exige la ocasión. Me había venido a la cabeza la idea de que hayan decidido incinerar el cadáver. Con este calor, es como poner chuletas en la barbacoa.

Bien, esto se acaba.

Miro a los feligreses desde el altillo que hace de púlpito.

  • Hijos míos, podéis ir en paz

Espero unos minutos. Me quito la sotana y me refresco la cara con agua sin bendecir. Me da tiempo a tomar un refresco antes de la siguiente misa.

Dejo mi pisito de soltero y me acerco al bar de Luis.

Esto huele a chuletillas de cordero

Me encanta este olor. Me recuerda tanto al verano que casi puedo notar el calor en la cara al acercarme más de lo debido a la parrilla para echar sal y que las llamas no quemen las chuletas. Que queden en su punto exacto.

Los veranos en casa de mis tíos eran estupendos. Ellos vivían allí todo el año y de vez en cuando solíamos ir a verlos, pero los veranos eran diferentes, sobre todo al principio de julio, cuando me quedaba yo sólo algunas temporadas con ellos mientras mis padres seguían trabajando hasta que el sistema decidiera que se habían ganado su derecho a las vacaciones y a las chuletillas de cordero en casa de mis tíos.

Durante esos días sin mis padres, era el pequeño capitán del barco anclado a orillas del Ebro que era la casa. Una casa pequeña en medio de enormes terrenos de viñedo y algún que otro olivo. Mis tíos me dejaban pasear a su mastín, León, un perrazo enorme inconcebible en un ambiente urbano y que entre las viñas poseía el tamaño y carácter exacto de un perro. León me pastoreaba paciente mientras yo me hacía la ilusión de guiarlo por donde quería, alejándome por entre caminos siempre nuevos y que siempre llevaban a viñas ya conocidas por mucho que girase y buscase alternativas.

Lo mejor de esos paseos eran las tormentas. No esas tormentas con truenos e innecesarios alardes pirotécnicos, sino esas otras que se van fraguando pacientemente durante todo el día, oscureciendo poco a poco el cielo y que parece que nunca van a arreciar. Esas tormentas, que descargaban lentamente, que parece que no mocan y que acaban calándote hasta los huesos. Esas tormentas tranquilizaban a León, que miraba al cielo agradecido, aliviado de quitarse el calor siquiera durante unas horas. Esas tormentas, cuyas gotas chisporroteaban en los cables del tendido eléctrico, un ruido blanco y continuo que acababa calando lo mismo que las gotas de agua.

León y yo paseábamos despacio, disfrutando de la lluvia, del sonido de las gotas al caer contra las hojas con el fondo eléctrico de los cables de alta tensión. Sonriendo los dos, porque al volver mi tía nos reñiría cariñosamente y a mi me prepararía una taza de leche con cacao para entrar en calor mientras me secaba el pelo.

A finales de julio, siempre se celebraba la llegada de mis padres con una gran parrillada con chuletillas de cordero, txistorra y panceta, regado todo con vino que hacía mi tío y en la que nos acabábamos juntando siempre doce o quince personas como poco. Los niños estábamos jugando por ahí o ayudando un poco, poniendo la mesa, llevando la sal o la salsa especial de la tía para las chuletas.

Me encantaban esos veranos. Hacía tiempo que no pensaba en eso: la casa de mis tíos, los viñedos, las chuletillas,… es sorprendente qué acontecimientos abren de nuevo las puertas de los recuerdos. Eso pasó hace muchos, muchos años. Toda una vida. Ahora es tiempo de volver a lo que estábamos haciendo.

  • Bien, qué tenemos aquí. La causa de la muerte parece bastante clara, ¿no? ¿Nos lo podemos llevar ya?
  • Hay que esperar a que venga el juez, doctor.
  • Bien, esperaremos.

No ocurría demasiado a menudo, pero siempre había gente que se rendía a la vida y decidía tirarse a las vías del tren. Este pobre desgraciado se había electrocutado y el andén todavía apestaba a carne y ropa chamuscada. Supongo que me sonrisa estaba fuera de lugar entre tanta cara de estupor y asco, pero hace tiempo que el sol estaba acariciando mi cara en aquel andén a varios metros bajo tierra.

La venganza

Jaime se afanaba en borrar las huellas de esa noche.

Trataba de quitar la sangre de la pared antes de que Isabel, su mujer, volviera a casa, cansada después de la jornada laboral.

Eran las 5 de la madrugada y 35º de temperatura. Sudoroso, intentaba hacer el menor ruido posible para que sus hijos, Pedro y Juan, no se despertaran.

Eliminaba las manchas con una sonrisa en los labios, ¡por fin se había vengado!, después de una noche interminable, pensaba que no conseguiría sobrevivir a ella.

La tortura física y psicológica a la que había sido sometido, por fin, había llegado a su fin.

Jaime había aprendido una lección: “por mucho calor que hiciera en verano, sería la última noche que dormiría con la ventana abierta, porque así había empezado todo, no quería que a su familia le ocurriera nada malo”.

Era una calurosa noche del mes de julio, el ambiente era denso, sudaba y no podía conciliar el sueño.

Decidió abrir la ventana y subir la persiana a ver si de esa forma entraba un poco de aire fresco, pero nunca pensó en lo que podía ocurrir.

Mientras intentaba dormir, entraron por la ventana sigilosamente, Jaime se pregunta cómo no los oyó.

Estaban entrenados para ello y se dirigieron hacia su presa: Jaime.

Lo sometieron a una tortura inigualable, no dejándolo dormir ni un segundo.

En un descuido, Jaime pudo levantarse de la cama, sin que se dieran cuenta y pudo terminar con los dos.

Aplastó a uno de ellos contra la pared de un puñetazo.

El golpe fue tan brutal que lo reventó, por ello la pared se manchó de una forma que no podía ni imaginar, “menos mal que 6 meses atrás había pintado la habitación con una pintura plástica de la que se quitaban las manchas con un paño húmedo”, pensó Jaime.

Rápidamente fue a por el segundo, le costó un poco encontrarlo porque se había camuflado en el dormitorio, pero en cuanto lo vio fue a por él sin titubear.

Esta vez utilizó sus pantalones, se ayudó de ellos para llegar a él y también pudo matarlo.

Al recordar lo acontecido no se sentía orgulloso de ello, pero lo primero era su bienestar y el de su familia, no quería correr riesgos y que sus hijos se vieran afectados.

Después de limpiar, durmió un par de horas hasta que llegó Isabel.

Se levantó como todos los días para desayunar con ella y contarle todo antes de se fuera a dormir y él llevara a los niños al colegio antes de irse a trabajar.

Le explicó con detalle la noche que había pasado y cómo había matado a los dos mosquitos que no le habían dejado dormir.

Otro cuento más de Eva, con una actualización de “El sastrecillo valiente”.
La verdad es que Eva (y María en breve…) están salvando estos días de síndrome de la página en blanco y de curro alimenticio.
Gracias por vuestros cuentos