Yo podría haber sido alguien

Hoy me lleva Natalia al trabajo. El coche está en el taller, algo de la correa de distribución y de los amortiguadores y de alguna cosa más que no he llegado a entender, pero que han provocado que hoy, Natalia me tenga que llevar al trabajo y que las vacaciones de verano las vayamos a pasar con sus padres en el pueblo.

—¿Has visto ese hombre? Se parece a ti. Algo más calvo y rechoncho, pero se da un aire.

Natalia me devuelve al presente. Por la acera circula un tipo gris, de traje azul marino y maletín marrón camino de su oficina. La verdad es que sí que se parece a mi y eso me molesta. Se mueve a saltitos, con prisa para colocarse en su cubículo, para ocupar su lugar. Es un remache prescindible, todo funcionaría igual si no estuviera, pero él no podría existir fuera de la maquinaria. Seguramente esté casado, puede que con un par de niños, con hipoteca, desde luego, y quien sabe si no tendrá también el coche en el taller y por eso tiene que ir andando al trabajo. Me toco la cabeza. He perdido mucho pelo y lo llevo rapado casi al cero, no hay otra forma de disimular la calvicie. La tripita la tengo asumida hace años, aunque la suya es mayor. Definitivamente el tipo se parece bastante a mí.

—¿Tú crees? En poco aprecio me tienes

Sonrío al decirlo buscando algo de complicidad, pero Natalia mira seria al frente, atenta al tráfico.

¿Realmente me parezco a él? Puede que físicamente un poco, a fin de cuentas, la calvicie y la barriga son rasgos que destacan pero nada más. Ese hombre no es más que una pieza desechable del progreso, como tantos miles. Yo dirijo ese progreso. Yo llevo el timón, aunque sea un timón pequeño. Es cierto que no es lo que tenía en mente cuando acabé la carrera, pero esto es el mundo real y hay que saber adaptarse. Tuve que renunciar a algunos sueños, como todos, pero tengo un trabajo estable y una familia que me quiere. No puedo pedir más. O tal vez sí. Quizá sí que merezca algo más. Puede que algún reconocimiento en el trabajo donde me dejo el lomo sin rechistar, o un coche un poquito mejor, para no sentir esas punzadas en el orgullo ante los padres de Natalia, o el dinero suficiente para tener unas vacaciones como dios manda, para irnos a algún sitio exótico alejados de los niños y la rutina. Quizá algo más sí que merezca. Quizá las cosas podrían haber sido distintas.

Natalia me deja enfrente de la oficina. No se puede aparcar, así que en cuanto me bajo del coche, Natalia se aleja rápidamente. Saludo con la mano aunque sé que no me ve. Me quedo de pie mirando como el coche se pierde entre el tráfico, lento, renqueante, sin avanzar apenas.

El hombre gris está al otro lado de la calle, parado ante el semáforo para poder cruzar. Se me parece. Se me parece mucho. Decido esperarle. Seguro que de cerca no nos parecemos en nada. Nada más cruzar por el paso de cebra le abordo:

—Disculpe, ¿tiene fuego?

Le acerco el cigarro mientras rebusca en los bolsillos. Tiene una peca en la mejilla derecha, como yo, la nariz pequeña y ancha, igual que la mía, y hasta se ha cortado ligeramente en el cuello al afeitarse, lo mismo que he hecho yo esta mañana. Realmente se parece más a mí que yo mismo. No puedo creer que yo sea este tipo anónimo de cara triste, cargado de espaldas y empujado a diario a un trabajo que necesita pero que no le aporta nada. No, no lo soy. Le miro directamente a los ojos y para dejárselo bien claro, le digo:

—¿Sabe? Yo podría haber sido alguien

—Sin duda, amigo, como cualquiera de nosotros —me contesta mientras acerca el mechero.

Cuando el mundo parece ponerse mas gris aún

El reloj en la pared era lo único con vida en aquella habitación oscura. Ni el bombillo en el techo podía darle calor al corazón de la chica oculta en las tinieblas.

Sola, en un rincón sin dejar de llorar, allí, allí estaba ella. La vida le había quitado todo lo que poseía menos su propia vida, pero eso para esta pequeña mujer no era nada.

Habían pasado ya casi 3 meses desde el funeral de sus padres.

“Que estúpidos fueron”, se decía para si misma esta chica de solo 16 años. Su nombre era Saavedra.

De cabello negro y ojos violeta, era única en su especie, no solo por ese aire de dolor que dejaba en cada paso si no por que, cuanto mas triste estaba, mas feliz parecían ponerse todos a su alrededor, como si su propia alma fuera una aspiradora para los pesares ajenos.

En donde ella vivía había un refrán: Apégate a Saavedra y en 3 días volverás a sonreír.

Pero, al parecer esto no podía ser aplicado sobre la chica. Ella cada día parecía ponerse peor.

Finalmente decidió cambiar aquella que era una funesta fama para si misma. Fue directamente hacia el parque donde las familias jugaban y sin darle tiempo a nadie de saludarle siquiera dijo a gran voz:

  • Toda persona que busque consuelo conmigo lo tendrá, pero oigan mis palabras, de ahora en adelante, la persona que se me acerque de una u otra forma morirá, he dicho

La gente no supo que decir, pero apenas se hubo ido Saavedra, las risas fueron inevitables, Saavedra no era estúpida, sabía bien la reacción de la gente, por lo que, ya oculta en su casa, se dijo entre risas.

  • Y todo aquel que me haga llorar, también morirá je je je

Dicho esto, se hecho a dormir tras un par de minutos de llanto.

A la mañana siguiente, el diario publicó lo siguiente: “Mueren 14 adultos y 3 niños en el parque, autopsia no revela nada”.

Saavedra no estuvo segura de que había pasado, pero francamente, no le importó.

Así comenzó la nueva vida de Canto Saavedra, la chica con aura de muerte.

Tras un periodo sin recibir cuentos, la cercanía del día de los difuntos parece que se hace notar.
Joshua Alberto nos trae esta historia y promete más, ya que esta es el Capítulo 1.
Hay más cuentos de otros autores, cada cual con sus particularidades.

La purita tristeza del no saber por qué

“La purita tristeza del no saber por qué”, es la mejor definición que he oído para la depresión.

La purita tristeza del no saber por qué, es lo que me lleva todos los días a levantarme a las 7 de la mañana para ir al trabajo.

La purita tristeza del no saber por qué, me guía a la rutina de los bares todos los jueves por la tarde con los compañeros del trabajo.

La purita tristeza del no saber por qué, me lanza a los brazos del ordenador, a escribir estas líneas.

La purita tristeza del no saber por qué, me empuja a leer historias de amor, novelas de reyes, leyendas de ciencia ficción. Me lleva a viajar más allá de las puertas de Avalon, a atravesar los rayos gamma y las puertas de Ro-noh.

Imagino que, la purita tristeza del no saber por qué, fue la que me hizo a agarrar a mi vecino del cuello cuando le vi rayar mi coche de lejos y le vi morir de miedo ante mi.

Imagino que, la purita tristeza del no saber por qué, me hace escribir esta improbable confesión de un improbable asesinato que, probablemente sólo ocurrió en mi deprimida imaginación.