Safari. Con casco y a lo loco

  • Cariño, ¿dónde está el casco?
  • Donde siempre, en la balda de arriba del armario.
  • No lo ve… ah. Ok, graciaaas. Me voy, llego tarde. Muac.

Quien piense que esta vida es divertida quizá debería plantearse mirar más allá de las vistas y los viajes. ¡Qué elegante el señor Nolan! ¡Cómo luce el señor Nolan! El señor Nolan está hasta el gorro de tanta carrera, tantos empujones y tanta camaradería y buen rollo entre los compañeros.

Nolan, el señor Nolan, tiene alma de solitario y, aunque se siente solo, viaja, come y respira con otros miles de solitarios como él formando una enorme masa compacta.

El casco del señor Nolan se yergue sobre las demás cabezas buscando alguna referencia y eleva con él la cara bobalicona del señor Nolan. Gira hacia un lado, gira hacia el otro. No se ve nada, polvo y cabezas enfundadas en sus cascos. Se puede cruzar.

Tose, traga polvo. El casco del señor Nolan le aparta un poco del camino, para poder respirar más aire y menos tierra.
Ha sido un error. El señor Nolan se da cuenta en cuanto las nubes de polvo le dejan ver a un tipo con traje a rayas que se acerca hacia él a toda velocidad.

Nunca le ha gustado la gente con traje de raya diplomática. Snobs pagados de si mismos, encantados de conocerse. Siempre con esa sonrisa de medio lado chulesca y perdonavidas. Un día de estos, alguien le partirá la cara al engreído. Pero no hoy, no el señor Nolan. El señor Nolan nota un dolor punzante en el cuello, y ve como la masa de cascos iguales al suyo se aleja y se hace cada vez más borrosa.

  • Disculpe, señor Nubol, ¿ha visto a mi marido? No ha vuelto hoy del viaje
  • No. Me pareció ver que salió un poco del rebaño tras cruzar el río y no le he vuelto a ver.
  • Ah… bien. Gracias señor Nubol, por cierto, está usted muy elegante con ese casco.
  • Err, ¿sí? Oh, gracias

Nolan era un paleto pero, ¿mira Nubol? Tiene un porte y una elegancia que le hace destacar. Mañana me acercaré con cualquier excusa, a ver si hay suerte.

Este cuento no se entendería sin Safari. Uniforme de rayas.

Safari. Uniforme de rayas

  • Cariño, ¿dónde está la americana del traje de raya diplomática?
  • Donde siempre, colgada en el armario junto con las demás.
  • No la ve… ah. Ok, graciaaas. Me voy, llego tarde. Muac.

Quien piense que esta vida es divertida quizá debería plantearse mirar más allá del glamour de los trajes de raya diplomática. ¡Qué elegante el señor Gerti! ¡Cómo luce el señor Gerti! El señor Gerti está hasta el gorro de los trajes de raya diplomática, de salir a toda prisa por la mañana para ser el primero en llegar y coger un buen sitio y de sentarse a esperar horas hasta que le sirven la comida al bueno del señor Gerti.

Gerti, el señor Gerti, se está haciendo mayor y solo los madrugones le permiten mantener algo de ventaja sobre esos jóvenes con los mismos trajes a rayas solo que más lustrosos y brillantes.

El traje del señor Gerti se encarama a un árbol y el señor Gerti no tiene más remedio que seguirlo. El traje gira y le obliga a posar, obligándole a mantener posturas inverosímiles que le pasarán factura durante la noche. El traje se yergue y Gerti con él. Han visto algo… la comida por fin.

Gerti cierra los ojos, se concentra, retrocede todo lo que puede dentro del traje hasta hacerse minúsculo y ligero. Cede el control a las rayas.

Caminan sigilosos hacia la comida. Invisibles. De pronto, el señor Gerti nota como el traje acelera y le lanza hacia la parte de atrás. Una carrera rápida, un salto, y las mandíbulas cerrándose sobre la yugular del ñu.

  • Hola mi amor, ya he vuelto.
  • ¿Traes comida? No entres a casa con esas zarpas, que me lo dejas todo perdido de barro.
  • Sí, traigo comida. Ñu.
  • ¿Otra vez ñu? ¿No había cebra? El señor Tingo ha traído cebra del trabajo.
  • Sí, bueno…

El señor Tingo es un tocapelotas rastrero y cualquier día le van a hacer una segunda sonrisa. Hoy ñu y mañana, si hay suerte, más ñu.

Este cuento no se entendería sin su pareja Safari. Con casco y a lo loco.