Uno más del rebaño

Si supiera que hay otra vida, me pegaba un tiro. Si estuviera seguro de que existe la reencarnación, me tiraba por el balcón.

Levantarse, desayunar, ir al trabajo, hablar con imbéciles, sonreír como si fuera idiota, asentir, hablar, beber, volver a casa, cenar, dormir, y vuelta a empezar.

Lleva tiempo desaprender, abstraerse, ignorar las cosas, ponerte al servicio de cosas en las que no crees. Si no fuera tan cobarde, si tuviera el valor de elegir mi camino, de buscarlo al menos, quizá no tendría que seguir en la rueda diaria: levantarse, desayunar…

La única vez que asomé la cabeza me sirvió para aprender que no debía hacerlo nunca más. Ahora soy un imbécil sin ambición al servicio de gente tan imbécil como yo pero con las ideas claras, con un objetivo del que yo carezco.

Sonrío sin ganas al espejo mientras me coloco la chaqueta. Levantado y desayunado ya sé lo que toca ahora.

  • Cariño, ¿estás listo? Vas a llegar tarde.
  • Ya voy

Ir al trabajo.

Cojo el triciclo y salgo de mi habitación, listo para coger el autobús de la guardería. Hablar con imbéciles, sonreír como si fuera idiota. Hoy tenemos que dibujar un bosque. Asentir, hablar,…

La despedida

Se escondía para no verlo. Para no escucharlo. ¿Cómo le gritaba que ya no lo amaba más? Sacudirse el polvo que dejó el tormentoso camino de su matrimonio, y dejarlo ir- ¿o dejarse ir?- fue al baño, abrió la puerta del espejo y cogió unos potes de pastillas. Vistió al niño, como si fuera una ocasión especial, – ¿lo era?- salió con él en el auto y lo llevó a casa de su abuela. Siempre pensó que su madre era mejor madre que ella, y definitivamente era el mejor lugar para albergar su alma, su ansiedad, su dolor. Para albergar la inocencia del niño, que se aproximaba a perder, y que creciera en un buen lugar.

Traía llaves, pero tocó la puerta. Su madre salió a abrir. En el aire estaba la inminente pérdida. La atmósfera se inundó de intrascendencia, de una permanente necesidad de desahogo. Le dejó al niño, y no dijo palabra alguna. La abrazó tan fuerte, como quien afirma algo para que no caiga al vacío, despidiéndose inconsciente y prematuramente.

Ambos, el niño y la madre, tenían la horrenda sensación del desapego, de la pérdida de la respiración, y aún peor, de la fe.

Se subió al auto y comenzó a partir. Siempre fría, siempre tácita.

El niño, como sabido de su decisión, se rehusó a entrar en la casa, y se zafó de los brazos de su abuela mientras gritaba desgarradoramente ¡Mamá, vuelve! Caso omiso a sus gritos, partió, el último viaje que pretendía hacer.

Cuando llegó a la esquina comenzó a llorar, llorar como si estuviera en el funeral de su propia alma, como si supiera lo que sufrirían los demás y se anteponía al duelo. ¿Ahora qué hacía? ¿Era posible arrepentirse, dar vuelta la calle, y recoger al niño, llevarlo a casa y darle un beso de buenas noches como si nada hubiera pasado? La costumbre la había consumido. Le robó la sonrisa, esa hermosa sonrisa que hizo que su marido se enamorara de ella y que hoy incongruentemente se la robaba. Abrió el primer frasco y lo vació en su mano.

Se casó con el porque quería una familia, porque lo amaba. Sí, lo amaba, por eso le era tan inefable no conseguir vivir más tiempo con él, que todo ese amor se transformara en un desprecio inexplicable, que corroía su existencia…

Su mano sudaba, temblorosa… ¿Cuántas formas posibles de matar existen?

El segundo cuento de Jocelyn, preparando ya el día de los difuntos…

Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?

Es un poco duro decirlo así, pero las desgracias de los demás nos habían favorecido. No es que fuésemos ricos, pero no vivíamos mal, mucho mejor que algunas personas que envidiaba la María.

La María no es que envidiara sus dineros, lo que envidiaba era su posición. Por muy bien que nos fuera, a la mujer del enterrador siempre le hacían aparte, o la miraban con miedo y hasta asco algunas. “Ya estaréis baja la pala de mi marido, brujas” decía, pero lo hacía sin pensar, acalorada por el momento.

El caso, es que una racha de fiebres nos habían dado mucho más trabajo del habitual y habíamos conseguido ahorrar algún dinero. “Para Manolín. Para enviarlo a estudiar a un colegio privado. Que se haga médico o abogado o notario y nos venga a buscar con un coche descapotable y les damos en las narices a todas esas lagartonas”.

  • Mujer, deja que el chiquillo decida por si mismo. Igual quiere ser enterrador como su padre y su abuelo. Es una profesión muy digna, y trabajo no le va a faltar nunca, ya lo estás viendo.
  • ¡Por encima de mi cadáver! Que quieres ¿que no pueda mostrarse en público de una manera normal? ¿Qué ande sufriendo las habladurías de la gente?
  • Que exagerada… Dejamos que el decida. A ver Manolín, ¿qué quieres ser de mayor?
  • Si hijo, ¿quieres ser médico o notario?
  • Yo… – con un hilo de voz – Yo… Yo lo que me gustaría ser es muerto. Les traen muchos regalos y son muy buenas personas, todo el mundo habla bien de ellos.

Los padres se miran sorprendidos y de repente, el enterrador se echa a reír de forma escandalosa.

  • Mira tú María, por fin alguien en esta familia que sabemos que va a conseguir su objetivo en la vida. Está decidido, de mayor, será muerto.