Autopsia de un cuento

No sé si valgo para ser ese tipo de escritor. La primera vez que vi destripar un cuento, vomité. Era un cuento corto, precioso, de Kurt Vonnegut. Era redondo y perfecto, sin aristas. Dejaba una sensación agridulce que permanecía contigo mucho después de terminar. Pero, ay, en cuanto se mete el bisturí… Al abrir con el escalpelo, al hundirlo en la carne blanda del relato, los cuentistas vemos los músculos, las vísceras húmedas, los huesos sujetando toda la historia.

En la autopsia de un cuento, el letrista que dirige la operación siempre señala primero las vísceras (tripas, hígado, corazón, intestinos…) todo aquello que segrega los líquidos, las hormonas que disparan las acciones más allá de la razón. Es lo más llamativo en el cuerpo de un relato. Hay cuentos con hígados deformados, enormes y oscuros, que apestan y generan bilis de forma exagerada. Hay corazones pequeños, testimoniales, estómagos hinchados, riñones al borde del colapso. Hay vísceras azules, amarillentas, rojas y negruzcas, redondas o informes, repulsivas todas, brillantes de líquidos que todo lo engrasan y llenan de viscosidad. Durante esta fase, muchos aprendices se retiran asqueados. ¿Quién se iba a imaginar que hay relatos con páncreas o testículos? Corazón, sin duda, pulmones, puede ser, pero ¿intestinos?

Por lo general, en el siguiente paso se suele mostrar el esqueleto de la historia; el andamiaje que sostiene todo el cuento. Oculto pero evidente porque sin él no habría relato, no habría una continuidad. Hay huesos anchos, otros más finos, largos y cortos, huesos huecos y ligeros, como de ave, y otros que van en pareja, huesos de ida y vuelta. Hay tantos tipos de hueso como sean necesarios para construir un bestiario con todos los animales imaginados e imaginables por la humanidad. Algunos son clasificables y el ponente los enseña rápidamente: “Veis. Mirad como se van introduciendo los distintos personajes, uno por capítulo, para luego mezclarse con maestría y dar lugar a la historia a la que nos dirigía realmente el autor”. Otros no lo son tanto pero, al verlos, al ver cómo están unidos entiendes cómo camina el cuento, por qué arrastraba la pierna, daba saltos o por qué avanza sigiloso por el suelo, como si no quisiera estar aquí.

A quien haya aguantado hasta aquí, el maestro letrista le muestra los músculos, el sistema nervioso, las arterias y venas. Al abrir el cuento, todos estos sistemas permanecen inactivos y es complicado hacerse una idea precisa de su funcionamiento. Baste decir que son los que en realidad hacen que todo avance, limitados por el esqueleto y bajo las órdenes y el influjo de las vísceras, transmiten toda la palabrería necesaria para envolver la información, dar las pistas precisas y dirigir a la historia hacia el objetivo establecido por el autor. Es una maraña inmensa de tubos multicolor, hilos, ramificaciones múltiples de infinitos capilares. Es francamente difícil de seguir e imposible de imitar y cada cuento es único en este aspecto.

En una autopsia de un cuento, tras abrirlo en canal y mostrarlo a los presentes, el maestro que ha dirigido la operación, seguramente se gire sonriente a la audiencia con aire de sabio cronista que ha destripado mil historias. Y si la audiencia no le mira con admiración y se atreve a dirigir la vista a las hojas arrancadas que yacen en la camilla manchadas de anotaciones, como me pasó a mí, quizá note como el llanto se le agolpa en los ojos. Porque el narrador sabe, que una vez destripado el relato lo que queda son páginas manchadas de letras. Porque no se puede volver a recomponer el cuento, como no se pueden juntar los restos multicolores y caleidoscópicos en el filete original, ni se pueden juntar piernas, tripas y huesos y decir que es la misma persona.

Inerte

La sala blanca realmente no alentaba una confesión en toda regla, pero era algo que tenía que sacarse de dentro.

Empezó despacio, cuidando donde pisaba, midiendo las palabras y, a medida que el otro asentía, se lanzó. Soltó todo.

  • Doctora, es que realmente no sé si lo puede entender. Había estado con él apenas la noche anterior. De fiesta. Y todo fue bien, muy bien diría.
    Paquito y yo.
    Doctora, tenía que habernos visto. ¡Éramos los reyes de la fiesta! Éramos…
    Y al despertar, lo pude sentir ahí. A mi lado, frío. Sin moverse. Inerte. Muerto. Muerto, doctora, muerto… ¿lo entiende? Muerto.
    Joder… yo no, todavía no lo entiendo. No me entra en la cabeza.
  • ¿Y que hizo usted?
  • No sé. Quiero decir. No lo recuerdo bien. Estaba algo resacoso, y el shock… no sé.
    Creo que fui al baño a vomitar. Sí, a vomitar. Y luego me lavé la cara. Con agua fría. Si, me lavé con agua fría y jabón. Deje correr el agua por mi cara y me miré al espejo.
  • ¿Y el muerto?
  • Sí, el muerto. No se me iba de la cabeza, ¿sabe? Me espabilé un poco, me di ánimos. Ya sabe, hablando solo. Hablando con el espejo. Buscando algo de valor para enfrentarme con Paquito. El muerto, sí, perdone. El muerto.Seguía ahí.
    Lo intenté reanimar. Le froté con algo de colonia. No tenía alcohol, y es lo primero que me vino a la cabeza; unas friegas. Mi abuela me daba friegas de alcohol cuando estaba cansado. Para calentar los músculos, ¿sabe? Funcionaba.
    Quizá no estuviera muerto. ¿Sabe? A veces parece que haya muerto de lo profundamente que duerme. ¿No le ha pasado nunca? Está dormido, tirado, y llegas a pensar que ha muerto, pero no. Duerme. Sin más.
  • Entonces, ¿logró reanimarlo?
  • No. Inerte, doctora.
    Igual.
    Y me vine para aquí.
    Doctora, ¿qué hago? ¿Qué puedo hacer?
  • Tranquilícese. Estas cosas ocurren más a menudo de lo que nos gusta reconocer.
    Mire, para empezar, se va a tomar estas pastillas. Una diaria, antes de acostarse. Es un vasodilatador bastante suave.
  • Y con eso, ya sabe… ¿resucitará?
  • Confío en que sí. Pero recuerde que, a su edad, estos casos son relativamente frecuentes.
    La disfunción eréctil no es el fin del mundo. Puede que le ocurra más veces, no es una cura milagrosa. Lo importante es que usted lo sepa llevar.
  • Pero doctora… yo estoy bien, ¿sabe? En plena forma.
  • No lo dudo. Tome la receta y vuelva a visitarme dentro de un mes, a ver si el muerto ha resucitado.
  • Eso espero.
    Gracias doctora. Me ha ayudado mucho hablar con usted.
  • No lo dudo, Manuel.
Para Raysa.
Felicidades.

Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?

Es un poco duro decirlo así, pero las desgracias de los demás nos habían favorecido. No es que fuésemos ricos, pero no vivíamos mal, mucho mejor que algunas personas que envidiaba la María.

La María no es que envidiara sus dineros, lo que envidiaba era su posición. Por muy bien que nos fuera, a la mujer del enterrador siempre le hacían aparte, o la miraban con miedo y hasta asco algunas. «Ya estaréis baja la pala de mi marido, brujas» decía, pero lo hacía sin pensar, acalorada por el momento.

El caso, es que una racha de fiebres nos habían dado mucho más trabajo del habitual y habíamos conseguido ahorrar algún dinero. «Para Manolín. Para enviarlo a estudiar a un colegio privado. Que se haga médico o abogado o notario y nos venga a buscar con un coche descapotable y les damos en las narices a todas esas lagartonas».

  • Mujer, deja que el chiquillo decida por si mismo. Igual quiere ser enterrador como su padre y su abuelo. Es una profesión muy digna, y trabajo no le va a faltar nunca, ya lo estás viendo.
  • ¡Por encima de mi cadáver! Que quieres ¿que no pueda mostrarse en público de una manera normal? ¿Qué ande sufriendo las habladurías de la gente?
  • Que exagerada… Dejamos que el decida. A ver Manolín, ¿qué quieres ser de mayor?
  • Si hijo, ¿quieres ser médico o notario?
  • Yo… – con un hilo de voz – Yo… Yo lo que me gustaría ser es muerto. Les traen muchos regalos y son muy buenas personas, todo el mundo habla bien de ellos.

Los padres se miran sorprendidos y de repente, el enterrador se echa a reír de forma escandalosa.

  • Mira tú María, por fin alguien en esta familia que sabemos que va a conseguir su objetivo en la vida. Está decidido, de mayor, será muerto.