¿Un accidente?… no lo creo

¡Ahhhhhh! – gritó Sofía.

La muerte había venido por ella, no quedaba mas tiempo… ni un último respiro. Aquí y ahora, la muerte se hallaba frente a ella… ¿con una amplia sonrisa?

Una túnica negra y una gran sonrisa, formaban a la tenebrosa muerte…

¿Alguien dijo que hay que temerle a la muerte?, pues no. Son solo habladurías. O… ¿era aquel un sueño, del que nuestra protagonista no logra despertar?

Y en aquel momento… ¡Desapareció! Si, se “esfumó”

Sofía se despertó, y la pobre no logra saber si era un sueño, o si la muerte esta debajo de su cama… El miedo, se apodera de su ser, pensando cual va a ser su ultimo movimiento, su ultimo respiro, si debajo de su cama la mismísima muerte le arrebataría la vida….

Y en ese mismo momento, en el que Sofía respiro, algo se apoderó de su pie…

No, esperen, esperen… la regla de esta página decía: El único requisito que debe cumplirse es que la muerte aparezca en el cuento. Eso si, la muerte no puede ser un asesinato. Accidentes, enfermedades, abducciones extraterrestres, misteriosas desapariciones… cualquier cosa menos un asesinato.

Bueno, en tal caso antes de que la agarren a Sofía y la asesinen, se resbaló contra su cama, y se pegó la cabeza, tenía asma, y se quedó sin aire, un extraterrestre le absorbió el cerebro, y ahora si… desapareció.

Muchas gracias por el cuento Agustina, me ha gustado mucho el final.
…ya sé que debo muchos cuentos… ya lo sé.

Recuerda: es sólo una batalla

Güeli, Güeli,… Qué palabra tan llena de magia, entrañable, tierna, mimosa, tan llena de emoción y de significado. Güeli…Tu imagen aparece frente a mí, te visualizo, y sólo puedo ver amor, bondad, ternura, complicidad,… ¡yo qué sé!; son tantos los calificativos buenos que puedo decir de ti que sólo al pensar en ellos, la emoción me puede y me vence. Güeli….

Esto es lo que me queda, el recuerdo. Y me siento tremendamente orgullosa de tenerlo porque todo él, invade mi pecho y mi alma en forma de amor, de amor incondicional hacia un ser que en la más absoluta soledad, tuvo que enfrentarse al Arcano Sin Nombre.

Y yo me pregunto, ¿quién eres tú, desgraciado o desgraciada, que ni tan siquiera tienes nombre? Esto es triste, ¿verdad? o tal vez, ¿vergonzoso? Me da igual, seas quién seas, me has ganado una batalla, pero recuerda, una batalla, no una guerra. Y lo más crudo de todo es que, por mucho que yo me empeñe en ello, terminarás ganando la guerra porque, desde hace siglos, nadie te la ha ganado, nadie es inmortal. Pero recuerda, la guerra me la ganarás si consigo que la victoria y el triunfo lleguen a ti cuando yo así lo determine, nunca antes. Entonces podré rendirme ante ti, con el mismo desprecio que siento ahora, pero con el mayor respeto que un guerrero puede conceder a su enemigo.

La primera vez que osaste mostrarte ante mí, yo era una niña de apenas seis años. Y te vencí, sí, lo sabes muy bien aunque te cueste aceptarlo; aquella batalla te la gané yo, con mi fuerza y mi valor si bien el pánico y el terror que sentía ante tu presencia, te hacían creer lo contrario.

Noche tras noche, antes de conciliar mi sueño, te presentabas ante mí en forma de enorme nube gris. Abrías tu capa y me invitabas, con suma educación, a acompañarte. Pero no lo conseguiste. Tu rostro, y sobre todo, tu mirada sin ojos, aunque me hacían temblar de pánico, no consiguieron vencerme. Me defendía de ti con el escudo que fabriqué con mis sábanas y mis mantas. Y ni una sola noche fui lo suficientemente cobarde como para llamar a mis padres. Aparecías, sí, y yo te esperaba, e inmediatamente mi cabeza se escondía tras mi escudo con olor a colonia infantil.

Durante años, fuiste un invitado despreciado, odiado y temido. Pero el tiempo pasó, y yo crecí. Eso no te gustó y te independizaste al fin de mí, pero no de forma absoluta. A mis dieciocho años, regresaste para, una vez más, someter a prueba mi valor y mi coraje. Esta vez, afortunadamente, no nos vimos, no pudimos coincidir: yo estaba en clase de Historia. Pero él sí que estaba cerca de ti. Y no le advertiste de nada. Ejecutaste tu labor sin piedad: una bala le partió el corazón. Y te quedaste en paz, porque fue un accidente; al menos, eso dijeron los Jueces, ¿no?

Me tocó vivir aquella muerte con estupor, más que con dolor – si bien éste fue bastante grande y cruel-. No entendía nada, y menos, por qué habías vuelto a mi vida. Y hoy, aún me lo sigo preguntando….Ya te lo dije de niña, NO ME GUSTAS, NO ME INSPIRAS CONFIANZA, ¡VETE!

El tiempo pasaba y, desgraciadamente, aunque de forma esporádica, seguía teniendo noticias tuyas: habías visitado y engañado a un vecino, al padre de una amiga o a otros muchos; y a todos ellos, habías convencido para que te acompañaran. Y los infelices, lo hicieron sin tener ninguna otra opción.

No te había olvidado, no, pero no eras un tormento en mi cabeza. Podía controlar tu intento de aparición en mis pensamientos.

Y nació él. Lo más bonito de mi vida. Claro, no era difícil adivinarlo, ¿verdad?. Esa criatura era mi punto débil, mi lado más vulnerable. ¡Y lo atacaste, inculcándome miedo, terror y pavor hasta la desesperación y las lágrimas! Pero me di cuenta de que sólo estabas jugando. Tan grande era tu aburrimiento, o tan grande era tu inactividad por aquél entonces, que decidiste de nuevo examinarme. Y casi suspendo, si no consigo dar la orden justa y precisa a mi cerebro. Te volví a vencer, te gané una nueva batalla y tuviste que desaparecer de nuevo.

Pero tu empeño en luchar, no sólo conmigo, sino con todos los mortales del planeta Tierra, y sobre todo, tu afán por ganar cualquier batalla, hizo que te presentaras ante él cuando cumplió los seis años.

No voy a describir lo que sentí porque no puedo, no hay palabras… Pero cuando ese niño salía de su habitación sudando y temblando porque tú, ¡maldito o maldita seas!, desde hacía tiempo, noche tras noche le visitabas para…¡para qué, idiota!, para ¿amedrentarle?…No, no creas que me asusto, pero que sepas que me envenena mi propia rabia. ¡Has ido a por el niño, has hecho con él lo mismo que hacías conmigo!….Lo siento, Arcano Sin Nombre, pero te ha salido mal la jugada. Tú mismo me enseñaste a vencerte, ¿no lo recuerdas?, ¿acaso has olvidado que antes que él, estaba yo?; ¿acaso te creías, pobre estúpido o estúpida, que ibas a poder angustiarle durante muchas más noches? Lo siento, querido o querida,  se te olvidó un gran detalle: ¡que es mi hijo! Y su escudo no está formado por sábanas ni mantas, sino por mi entereza, mi seguridad y mi valor.

Ya no te teme. Yo he hablado con él. Yo le he explicado quién eres, qué haces y a qué te dedicas. Y te ha superado. Lo siento, pero de nuevo, te he ganado otra batalla. Y no dudes de que ésta, es muy importante para mí.

Pero con Güeli no pude. Si bien todo el mundo te veía muy próximo a ella, yo, no sé por qué, bajé la guardia y me las daba de feliz. Te has llevado a Güeli, sí, y esto me ha trastocado y aturdido. No pude hacer nada, ni debía hacerlo. Sin embargo, y a tu manera, a esta gran mujer la has respetado: la fuiste a buscar cuando ella te lo pidió con  sinceridad, cuando ella lo quiso realmente. No te hiciste de rogar, no, ¡faltaría más! Hiciste acto de presencia en décimas de segundos. Le mostraste tu capa abierta y tu falsa sonrisa, y Güeli decidió acompañarte.

No te odio ni te culpo de esta muerte, Arcano Sin Nombre. Te confieso que no quería que se marchara contigo, sin embargo, te muestro mi agradecimiento por la delicadeza con la que te la llevaste sin causarle ni un ápice de dolor. Conseguiste que su despedida del mundo fuera dulce, serena y digna.

Muestro mi bandera blanca y pido un alto el fuego en esta guerra para inclinar mi cabeza ante ti y comunicarte mi enorme agradecimiento.

Y ahora, ya puedes regresar al frente. La guerra continúa…

¡María al rescate!

Batallando y siendo consciente de que hay veces que las batallas son mucho más importantes que la guerra.

Enamorado de la muerte

Estoy enamorado de la muerte. Desde que la vi a los 23 años. Elegante y distinguida al lado del túnel de luz. Es la típica chica que eclipsa todo lo demás cuando entra en una habitación.

En cuanto la muerte entra en una sala, parece que el tiempo se detiene y todos los ojos están atentos a sus movimientos.

A mi me recuerda a Audrey Hepburn. Delgada, sofisticada, elegante y siempre en su sitio.

Realmente no sé cuando se fijó en mi. Yo era joven, y no era para nada su tipo. Fui despacio, no quería fastidiarla como con mi última relación (no soportaría otro “estamos mejor como amigos”).

Me dejaba ver. Quería que me fuese conociendo, que no le resultara extraño. No arriesgaba demasiado. La veía en sitios concurridos: funerales, grandes tragedias, …

6 meses estuve persiguiéndola de evento en evento. Al cuarto mes ya habíamos establecido un cierto código. Miradas. Señas. Movimientos.

Dejé de buscarla en sitios concurridos tratando de conseguir algo más de intimidad mientras seguía pensando como acercarme a ella. Buscando las palabras exactas.

De residencias de ancianos, pasando por puentes donde vivían y morían indigentes, hasta llegar a los suicidas.

Por fin solos. Podría considerarse nuestra primera cita. Ella, yo, y el cuerpo inerte del desgraciado que se había tirado por el barranco en esta preciosa noche de luna llena.

  • Hola. Estoy enamorado de ti desde el día en que te vi.
  • Sabes. Creo que yo también me he enamorado de ti.

Cogí las dos pastillas de cianuro que traía y me las tomé.

Jamás nadie pensó en un final tan feliz.