Torcido

Créeme que lo he intentado. Llevo semanas dándole vueltas. He probado todo lo que puedas imaginar, incluso me cogí un mes de excedencia en el trabajo para tratar de sacarlo adelante. Me refugié en los clásicos tratando de dar con alguna solución. Los clásicos nunca fallan, me dije, son eternos y sus recursos son siempre válidos. Pero estaba claro que a mí no me iban a ayudar. Probé algún método más actual, ya sabes, esas cosas de las que todo el mundo habla y casi todos prueban pero que aprovechamos para descalificar precisamente por eso, porque están de moda. Tampoco. Desesperado, me refugié en el absurdo y, durante un tiempo, parecía que la cosa funcionaba. Tenía un andamiaje, un soporte por el que se movían los personajes aunque fuese a trompicones. De verdad creía que la historia iba a salir, pero chico, cuando un cuento sale torcido no hay nada que hacer.

Recuerda: es sólo una batalla

Güeli, Güeli,… Qué palabra tan llena de magia, entrañable, tierna, mimosa, tan llena de emoción y de significado. Güeli…Tu imagen aparece frente a mí, te visualizo, y sólo puedo ver amor, bondad, ternura, complicidad,… ¡yo qué sé!; son tantos los calificativos buenos que puedo decir de ti que sólo al pensar en ellos, la emoción me puede y me vence. Güeli….

Esto es lo que me queda, el recuerdo. Y me siento tremendamente orgullosa de tenerlo porque todo él, invade mi pecho y mi alma en forma de amor, de amor incondicional hacia un ser que en la más absoluta soledad, tuvo que enfrentarse al Arcano Sin Nombre.

Y yo me pregunto, ¿quién eres tú, desgraciado o desgraciada, que ni tan siquiera tienes nombre? Esto es triste, ¿verdad? o tal vez, ¿vergonzoso? Me da igual, seas quién seas, me has ganado una batalla, pero recuerda, una batalla, no una guerra. Y lo más crudo de todo es que, por mucho que yo me empeñe en ello, terminarás ganando la guerra porque, desde hace siglos, nadie te la ha ganado, nadie es inmortal. Pero recuerda, la guerra me la ganarás si consigo que la victoria y el triunfo lleguen a ti cuando yo así lo determine, nunca antes. Entonces podré rendirme ante ti, con el mismo desprecio que siento ahora, pero con el mayor respeto que un guerrero puede conceder a su enemigo.

La primera vez que osaste mostrarte ante mí, yo era una niña de apenas seis años. Y te vencí, sí, lo sabes muy bien aunque te cueste aceptarlo; aquella batalla te la gané yo, con mi fuerza y mi valor si bien el pánico y el terror que sentía ante tu presencia, te hacían creer lo contrario.

Noche tras noche, antes de conciliar mi sueño, te presentabas ante mí en forma de enorme nube gris. Abrías tu capa y me invitabas, con suma educación, a acompañarte. Pero no lo conseguiste. Tu rostro, y sobre todo, tu mirada sin ojos, aunque me hacían temblar de pánico, no consiguieron vencerme. Me defendía de ti con el escudo que fabriqué con mis sábanas y mis mantas. Y ni una sola noche fui lo suficientemente cobarde como para llamar a mis padres. Aparecías, sí, y yo te esperaba, e inmediatamente mi cabeza se escondía tras mi escudo con olor a colonia infantil.

Durante años, fuiste un invitado despreciado, odiado y temido. Pero el tiempo pasó, y yo crecí. Eso no te gustó y te independizaste al fin de mí, pero no de forma absoluta. A mis dieciocho años, regresaste para, una vez más, someter a prueba mi valor y mi coraje. Esta vez, afortunadamente, no nos vimos, no pudimos coincidir: yo estaba en clase de Historia. Pero él sí que estaba cerca de ti. Y no le advertiste de nada. Ejecutaste tu labor sin piedad: una bala le partió el corazón. Y te quedaste en paz, porque fue un accidente; al menos, eso dijeron los Jueces, ¿no?

Me tocó vivir aquella muerte con estupor, más que con dolor – si bien éste fue bastante grande y cruel-. No entendía nada, y menos, por qué habías vuelto a mi vida. Y hoy, aún me lo sigo preguntando….Ya te lo dije de niña, NO ME GUSTAS, NO ME INSPIRAS CONFIANZA, ¡VETE!

El tiempo pasaba y, desgraciadamente, aunque de forma esporádica, seguía teniendo noticias tuyas: habías visitado y engañado a un vecino, al padre de una amiga o a otros muchos; y a todos ellos, habías convencido para que te acompañaran. Y los infelices, lo hicieron sin tener ninguna otra opción.

No te había olvidado, no, pero no eras un tormento en mi cabeza. Podía controlar tu intento de aparición en mis pensamientos.

Y nació él. Lo más bonito de mi vida. Claro, no era difícil adivinarlo, ¿verdad?. Esa criatura era mi punto débil, mi lado más vulnerable. ¡Y lo atacaste, inculcándome miedo, terror y pavor hasta la desesperación y las lágrimas! Pero me di cuenta de que sólo estabas jugando. Tan grande era tu aburrimiento, o tan grande era tu inactividad por aquél entonces, que decidiste de nuevo examinarme. Y casi suspendo, si no consigo dar la orden justa y precisa a mi cerebro. Te volví a vencer, te gané una nueva batalla y tuviste que desaparecer de nuevo.

Pero tu empeño en luchar, no sólo conmigo, sino con todos los mortales del planeta Tierra, y sobre todo, tu afán por ganar cualquier batalla, hizo que te presentaras ante él cuando cumplió los seis años.

No voy a describir lo que sentí porque no puedo, no hay palabras… Pero cuando ese niño salía de su habitación sudando y temblando porque tú, ¡maldito o maldita seas!, desde hacía tiempo, noche tras noche le visitabas para…¡para qué, idiota!, para ¿amedrentarle?…No, no creas que me asusto, pero que sepas que me envenena mi propia rabia. ¡Has ido a por el niño, has hecho con él lo mismo que hacías conmigo!….Lo siento, Arcano Sin Nombre, pero te ha salido mal la jugada. Tú mismo me enseñaste a vencerte, ¿no lo recuerdas?, ¿acaso has olvidado que antes que él, estaba yo?; ¿acaso te creías, pobre estúpido o estúpida, que ibas a poder angustiarle durante muchas más noches? Lo siento, querido o querida,  se te olvidó un gran detalle: ¡que es mi hijo! Y su escudo no está formado por sábanas ni mantas, sino por mi entereza, mi seguridad y mi valor.

Ya no te teme. Yo he hablado con él. Yo le he explicado quién eres, qué haces y a qué te dedicas. Y te ha superado. Lo siento, pero de nuevo, te he ganado otra batalla. Y no dudes de que ésta, es muy importante para mí.

Pero con Güeli no pude. Si bien todo el mundo te veía muy próximo a ella, yo, no sé por qué, bajé la guardia y me las daba de feliz. Te has llevado a Güeli, sí, y esto me ha trastocado y aturdido. No pude hacer nada, ni debía hacerlo. Sin embargo, y a tu manera, a esta gran mujer la has respetado: la fuiste a buscar cuando ella te lo pidió con  sinceridad, cuando ella lo quiso realmente. No te hiciste de rogar, no, ¡faltaría más! Hiciste acto de presencia en décimas de segundos. Le mostraste tu capa abierta y tu falsa sonrisa, y Güeli decidió acompañarte.

No te odio ni te culpo de esta muerte, Arcano Sin Nombre. Te confieso que no quería que se marchara contigo, sin embargo, te muestro mi agradecimiento por la delicadeza con la que te la llevaste sin causarle ni un ápice de dolor. Conseguiste que su despedida del mundo fuera dulce, serena y digna.

Muestro mi bandera blanca y pido un alto el fuego en esta guerra para inclinar mi cabeza ante ti y comunicarte mi enorme agradecimiento.

Y ahora, ya puedes regresar al frente. La guerra continúa…

¡María al rescate!

Batallando y siendo consciente de que hay veces que las batallas son mucho más importantes que la guerra.

Antonio Latranca

Se llamaba Antonio, como su padre. Antonio Latranca. De pequeño tuvo que aguantar muchas burlas, pero este nombre le llevó al estrellato.

Antonio Latranca era actor. Actor porno. Famoso y reconocido. Sucesor del gran Rocco y de otros menos grandes que se empeñaban en meter su instrumento de trabajo en vasos de cubatas. En el norte, de donde era Antonio, los cubatas se sirven en vaso ancho y no en vaso de tubo, quizá por eso nunca se le ocurrió mojar el pirulí en ron con cocacola.

Como decía, Antonio era actor porno. Le gustaba su trabajo y encima no había tenido que adoptar ningún nombre artístico. Triunfaba en EE.UU. que es donde se mueve el dinero. Grandes super-producciones eróticas, fama, revistas. Vivía bien.

Empezó en esto de broma, por el apellido… y por lo que colgaba, claro. Además era un hombre cumplidor. No es que no se cansara, ni que fuera un super-hombre, pero a Antonio los tacones le volvían loco. En cuanto veía un tacón alto, empezaba a palpitar y conseguía unas tremendas erecciones que eran la envidia de los depilados comedores de Viagra con los que competía.

En este negocio, para goce de Antonio, a las actrices les podía faltar mucho vestuario, pero desde luego nunca faltaban unos buenos zapatos de tacón alto.

Eso había mantenido en pie la carrera de Antonio. No es que las mujeres no le gustaran, ¡claro que le gustaban! Pero le gustaban mucho más los zapatos de tacón. Sus grandes actuaciones se las debía a los zapatos de tacón. Negros con cinta y tacón de 7 cm., abiertos en la punta, con incrustaciones y tacón de cristal, cerrados con cordones y larguísimo tacón de 10 cm.

Un día, tras una una jornada en la que no había andado muy fino (era una escena en una piscina y habían decidido que las chicas no llevasen zapatos… ¡por dios que era una película porno! ¡Hasta en la piscina se pueden llevar zapatos de tacón de aguja sin que el guión se resienta!), se acercó a la zona de vestuario y cogió un par de zapatos. 5 cm, grandes para ser de chica, un 40-41 calculaba a ojo. Allí mismo, se los calzó y se puso de pie. Aguantaba bien. Le apretaban un poco, sobre todo delante que era donde cargaba todo el peso. No se atrevió a andar. Se quedó de pié semidesnudo, calzado con los zapatos y con una de sus gloriosas erecciones.

Antonio, le cogió gusto a calzarse los zapatos de tacón. Tardaba más que los demás en irse a casa. Aguantaba en su camerino un tiempo hasta que los demás se iban a casa. Entonces, localizaba algún zapato que le gustara y se los ponía. “Soy el hombre más fuerte del mundo”, pensaba mientras se miraba en el espejo.

Daba pequeños paseos por el camerino, acostumbrándose al vértigo de verse 5-7 cm más alto, más fuerte, más poderoso. Cada vez andaba con más facilidad y si al principio escogía zapatos con un tacón pequeño, hacía ya semanas que se contoneaba con zapatos de 7 cm de tacón sin ningún problema. Paseando, saludando, girándose, manteniendo el equilibrio con un sólo pie.

Su camerino era estrecho, y alguna vez había pensado en salir al pasillo y corretear con sus zapatos recién estrenados. Pero no se atrevía. ¿Y si le veían? ¿Qué iban a pensar? Su carrera funcionaba bien. Dentro de un par de años podría retirarse, retirarse rico además, y siendo rico, podría ser todo lo excéntrico que quisiera. Jerseys de angora y zapatos de tacón.

  • Este Antonio, que cosas tiene. Es un excéntrico
  • Si es un excéntrico

¿Qué significa excéntrico? ¿Que está fuera del centro? ¿En la periferia?

Si, en un par de años podría estar donde quisiera. En la periferia o en un piso de cristal en el centro de la city londinense viviendo con 27 gatos si quisiera, pero por ahora tenía que tener cuidado.

El paso de 7 a 10 cm. fue algo más complicado de lo que esperaba. Creía que ya dominaba las alturas, que había conquistado las cumbres menores sin problemas y que era hora de enfrentarse a las grandes torres.

Tenía echado el ojo a unos zapatos imposibles. Cerrados hasta los tobillos, con cordones y con un tacón infinito que no dejaba apenas sitio para apoyar el pie. Sólo se apoyaba la punta de los dedos. Desde luego, nada de corretear con estos zapatos. Eran el Everest. La cumbre definitiva que se debía escalar. La prueba final. La que le iba a decidir si estaba listo para vivir y vestir como quisiera o bien debía conformarse de ir con traje y corbata, como un becario bueno que va a la oficina a que le exploten por 600 € al mes.

Estaba preparado. Él se sentía preparado. El jueves subiría el Everest. Sin sherpas ni oxígeno. Antonio Latranca, aventurero y conquistador.

  • Vienes Antonio (antonyo), hay una fiesta en casa de Tamita
  • Si enseguida voy. Tengo que recoger unas cosas. Id yendo, estaré con vosotros en 1 hora o 2.

Dos horas para llegar a la cima.

Nadie en el pasillo. Tranquilo. Tranquilo. Espera 5 minutos más.

Se acercó a la zona donde se guardaban los zapatos y ahí estaba el Everest. Inmenso y pidiendo que alguien lo ascendiera y le diera sentido. Cogió los zapatos y rápidamente se los llevó a su camerino.

Se sentó en su silla, la que tenía grabado su nombre en letras blancas. Se descalzó y respiró hondo mirando los zapatos. Levantó la vista. Que diferente iba ser lo que se viera desde la cumbre.

Aflojó un poco los cordones de los zapatos y se los puso con cuidado. Eran más estrechos de lo habitual. Nadie dijo que fuera fácil.

Fue apretando ahora los cordones. Despacio, notando como el cuero del zapato se ajustaba a sus pies. Disfrutaba la escalada. Sabía que todavía quedaba la parte dura, pero aquí es donde uno gana la confianza necesaria para enfrentarse a los metros finales.

Ya estaba. El Everest en sus pies. Sus suaves, negros y encuerados pies. Veía la cima. Sabía el recorrido. Solo había que coger algo de aire y lanzarse.

Apoyó las manos en los brazos de la silla. Respiró hondo, cogió impulso y se levantó. ¡Había conquistado el Everest!

[The Miami Herald] Esta mañana ha sido encontrado el cuerpo de un actor en los camerinos de una de las principales productoras de películas eróticas del país.

Al parecer el cuerpo presentaba una fuerte contusión en la nuca que pudo provocar la muerte al actor Antonio Latranca.

El cadáver estaba completamente desnudo a excepción de unos zapatos de tacón alto.

La policía cree que la muerte pudo ser accidental, quizá producto de alguna sobredosis, aunque la investigación permanece abierta.

Se le olvidó. Simplemente no pensó en cómo bajaría la montaña. Él sólo quería llegar a la cima, ¿cómo iba a pensar que se despeñaría en el descenso?

En cuanto se puso de pie, se envalentonó. Quería mirarse en el espejo. Levantó un pie tratando de dar un paso y perdió el equilibrio. Toda la caída hasta el suelo fue un continuo desfile de zapatos de tacón y gloriosas erecciones.

Así debe ser el tránsito al paraíso.