El caso del condón asesino: Rebeca, la víctima

  • No sé tía, yo creo que debería esperar más, ¿no?
  • ¿Más? ¡Estás loca tía! La Universidad es para pasárselo bien y está llena de tíos buenos, que no te van a hacer ni caso como sigas así de mojigata.
  • Es que no sé… yo nunca he… ya sabes, nunca le he chupado a nadie… eso. Me da un poco de asco.
  • No seas boba. Además, no tienes que chupársela directamente. ¿No has oído hablar de los condones?
  • ¿Chupar un plástico? Eso me parece aún peor.
  • Los hay de sabores, no seas mema. Fresa, menta, tutti-fruti,… es como escoger un helado.
    A mi el de tutti-fruti me encanta.
  • ¿Tú ya lo has hecho?
  • ¡Pues claro boba! Ten, te voy a dejar unos de fresa a ver si te gustan. Puedes probarlos antes… imagínate que estás comiendo un chicle.
  • No sé. Bueno, déjamelos y ya veré. ¿Vas a ir este viernes al Trip?
  • Si claro… no me lo pierdo.

El descubrir la sexualidad de uno siempre cuesta trabajo, sobre todo si vas con retraso respecto a tus amigas. Rebeca sabía que muchas de sus amigas ya habían tenido relaciones sexuales, algunas hace tiempo, y le hacían sentir como una niña pequeña que no se entera de lo que ocurre a su alrededor.

De los 8 que estaban allí hablando, al menos 5 que ella supiera ya lo habían hecho.

Mañana probaría a ver.

Dicen que a los tíos les encanta y a ella le gustaban las fresas. Haría como le habían dicho, se metería un condón de fresa en la boca y lo masticaría como si fuera un chicle.

Si realmente sabía a fresa, no habría ningún problema y dejaría de sentirse desplazada del grupo.

¿Habría también con sabor a coca-cola?

El caso del condón asesino, una trilogía compuesta de :

  1. El doctor Prim
  2. El inspector Carlos
  3. Rebeca, la víctima

El caso del condón asesino: el inspector Carlos

La tormenta de verano había pillado a Carlos en el piso de unos conocidos. Realmente, en una ciudad tan pequeña era difícil no conocer a todo el mundo.

No era una visita de placer. Nunca es agradable comunicar una muerte y en los últimos meses se había convertido en una dolorosa rutina para el inspector.

Tenía además que mirar si había algo en la habitación de la chica, alguna pista, algún indicio que les pusiera sobre la pista del asesino.

El tipo actuaba con tanta rapidez que Carlos se pasaba más tiempo yendo y viniendo de la morgue, rellenando informes y comunicando desgracias que investigando. El caso no avanzaba, y el asesino iba a un ritmo de muerte por semana. Demasiado para la ciudad y para un cuerpo de policía más acostumbrado a sestear y a comentar los resultados del fútbol que a investigar asesinos en serie.
El llanto de la madre de la chica le trajo de nuevo a la realidad. “Vamos, Carlos, céntrate. Aquí puedes encontrar la aguja que necesitas para empezar a hilar todo este embrollo”.

  • Mari Carmen. Necesitaríamos ver la habitación de Rebeca. Ya sabes, por si hay algo que nos ayude en la investigación.
  • Está por ahí. La segunda habitación al final del pasillo – contestó el marido.
  • Gracias. No tardaremos mucho.
  • Tómese el tiempo que necesite.

No es bueno conocer a la gente cuando ocurre algo así. Hurgar en sus vidas, revolver en su intimidad… Son gente con la que has compartido cosas, aunque sea una partida de mus. Tus hijos van juntos al colegio, coincides en excursiones, eventos,… Y ahora estás aquí, en su casa, buscando entre las cosas de su hija, elucubrando sobre secretos, infidelidades, venganzas,… echando porquería sobre unas vidas hasta hace poco tan ejemplares como las de cualquiera, con sus mismas manchas; ni mayores ni peores.

Supongo que la habitación de la chica es como cabía esperar. Con 18 años se es ya una mujer, pero no acaban de creérselo cuando viven en casa de los padres. Posters de gente que la tele les dice que canta bien, libros y apuntes de la carrera, muñecas, peluches, el ordenador,…

Carlos dejó la casa de sus padres al empezar la carrera. Se fue a Zaragoza a estudiar y cada vez que volvía a casa se sentía prisionero de su habitación y las normas de convivencia de sus padres. La misma habitación en la que antes se hacía fuerte frente al mundo se convertía en una diminuta prisión.

Lejos quedaban ya la ebullición del punk y las crestas rojas y moradas con las que martirizaba sus padres. Quien le iba a decir que acabaría de inspector de policía. “Mucha policía poca diversión. Represión, represión.” Je, cuánta razón tenía entonces. Pero claro, antes no tenía necesidad de llevar un plato de lentejas a la mesa. Y ahora le gustaba que las lentejas llevaran también algo de chorizo. Así que se cambió la cresta por una más que incipiente calva y se comió sus principios, lo que le permitió tener una barriga no excesiva, pero si muy digna.

Paseó la dignidad de su volumen por la habitación de Rebeca, mirando en los cajones, debajo de la cama, entre los libros y encontrando lo que la habitación le había predicho. Un diario con algunos nombres de pretendientes que convendría investigar, pequeñas confesiones de amigas, algún folleto de pubs de moda por los que se tendría que pasar (que pereza) y poco más.

Supuso que el grueso de la información estaría dentro del ordenador y del teléfono móvil. Fotografías, SMS, mensajitos en el messenger,… Lo más tecnológico que Carlos tuvo en su vida fue un vídeo beta, así que les comunicó a los padres que se tendrían que llevar el ordenador y el teléfono móvil a comisaría para que los investigara la “Brigada tecnológica” (el nombre lo había sacado de una novela, y le pareció lo suficientemente redondo y creíble como para utilizarlo).

Listo. Había terminado en la casa.

A ver si del ordenador y del móvil salía algo con lo que poder trabajar. No le gustaría tener que recibir un nuevo ‘mensaje’ del fulano para poder avanzar.

Con lo que tenía hasta ahora no había mucho con lo que trabajar. Apenas su instinto. Y su instinto le decía que era hora de almorzar unos buenos huevos con panceta.

Había que engrasar la maquinaria de pensar.

El caso del condón asesino, una trilogía compuesta de :

  1. El doctor Prim
  2. El inspector Carlos
  3. Rebeca, la víctima

El caso del condón asesino: el doctor Prim

Prim, el doctor Prim, era y siempre había sido una persona corriente, vulgar incluso. Nunca había tenido grandes sobresaltos y su vida transcurría… como podía dejar de hacerlo.

Llevaba años como médico forense en una capital de provincia pequeña, lo que le permitía llevar una vida calmada y sin sobresaltos. Llegó allí de rebote, y ese único rebote le agotó tanto que no ha vuelto a moverse.

El hospital donde trabajaba Prim era pequeño y funcional, más lo primero que lo segundo, y no podemos decir que fuera un lugar de investigación de primer orden, ni que los cadáveres se agolparan a la puerta de la morgue esperando que el sabio doctor diagnosticara la enrevesada causa de la muerte que había pasado desapercibida a todos. Ni mucho menos. Por eso estas cuatro últimas semanas suponían una excepción y una molesta ruptura de la rutina.

5 cadáveres en 5 semanas. 4 chicas y un muchacho, entre 16 y 21 años. Una desgracia para sus familias (“pérdida irreparable” solían decir los periódicos). Hoy volvía a tener en la mesa a una chica. 18 añitos bien llevados que podrían haberse alargado más si, como se temía el buen doctor, no hubiese cometido la misma estupidez que los anteriores fiambres.

Prim, el doctor Prim, se acercó a la chica. Cogió unas pequeñas pinzas y le abrió la boca. “Vamos directos”, pensó, “no vamos a destrozar a la muchacha si lo que le causó la muerte está aquí”.

“Aha. Aquí lo tenemos… Y de fresa, como los demás. Más trabajo para Carlos.”

Prim, el doctor Prim, se fue al ordenador y empezó a teclear. “Causa de la muerte: Asfixia por objeto extraño”. Objeto extraño… el quinto condón de fresa que extraía este mes.

Hay que joderse.

El caso del condón asesino, una trilogía compuesta de :

  1. El doctor Prim
  2. El inspector Carlos
  3. Rebeca, la víctima