La chica de al lado

En una mañana soleada de primavera y en la azotea de una casa humilde del extrarradio de Tánger, estaba sentado Ahmed sobre un taburete, un chico de 18 años, alto y bien parecido y con pinta de no haber roto nunca un plato. Tenía en la mano un voluminoso libro de historia y otros desparramados por el suelo. Perentoriamente tenía que prepararse para los exámenes finales de bachillerato que estaban a la vuelta de la esquina. Era un chico serio, muy serio para su edad, no le gustaban las bromas que le gastaban sus amigos de vez en cuando por muy inocentes que fueran. En clase era el mejor, el más aplicado y el más inteligente de todos. Las chicas lo asediaban continuamente para explicarles problemas de matemáticas y otras asignaturas difíciles. Él lo hacía encantado porque le gustaba estar rodeado de chicas que le pedían favores, aunque nunca se atrevía a invitar a alguna por su exagerada timidez.

Con la espalda pegada a la pared y desguarecido del sol debajo de una destartalada lona que cubría una cuarta parte de la azotea, miraba fijamente el mar que se extendía allá en el horizonte rematado por las siluetas de la ribera de enfrente semiborrosa por la bruma reinante. Parecía un autómata con la mirada vaga sin apenas pestañear; y como estaba sumido en su éxtasis onírico no se dio cuenta de que su madre le llamaba insistentemente para bajar a comer.

  • ¿Es que estás sordo, hijo?
  • Lo siento, mamá, estaba reflexionando.

Pero en realidad estaba enamorado de Amina. Una joven vecina de la casa de al lado, que la veía todos los días cuando salía a su azotea a tender la ropa, pero no se atrevía a dirigirle ni siquiera un hola. Ella sabiéndose observada, recurría a todos los movimientos y gestos propios de los encantos femeninos para aumentar aún más el interés del chico hacia ella. Era dos años más joven que él pero tenía un cuerpo esbelto de mujer, de pelo sedoso castaño, ojos azules, nariz respingona, labios menudos y dos hoyuelos a ambos lados de las mejillas que embellecían su angelical cara cuando sonreía. Toda esta belleza física contrastaba con su carácter frívolo. Era el polo opuesto de Ahmed. No le gustaban los estudios. Aprobaba a base de chuletas y ayudas de sus amigas. Le gustaba gastar bromas, hablar con los chicos, chatear por Internet con todo el mundo, en fin, una chica desenfadada, alegre y tremendamente atractiva. A ella le gustaba ese vecino tan apuesto que la comía cada día con la mirada y ella le respondía con miraditas insinuantes acompañadas de sonrisitas como invitación a entablar una conversación. Pero él no podía. Su exasperante timidez bloqueaba cualquier atisbo de acercarse a ella. Sentía que el pecho le ardía como un volcán en erupción, tenía ganas de decirle todo lo que su corazón sentía, de desahogarse, de confesarle su ardiente amor que le torturaba paulatinamente. Esa locura de amor que sentía le estaba ofuscando la mente. Ya ni siquiera prestaba atención a los libros que tenía cerca de él, ya ni siquiera pensaba en los exámenes, en la familia, en los amigos, en el futuro, en nada. Estaba obsesionado por esa chica de la azotea de al lado. Había perdido la noción del tiempo. Nunca antes se había sentido tan perturbado delante de una chica. Estaba como hipnotizado y sentía que una fuerza avasalladora invisible le atraía hacia la chica, le consumía y él luchaba por no ceder, sufriendo lo indecible. De repente oyó una voz que se dirigía a él, una voz que sonaba como una dulce melodía, como proveniente del cielo, de los ángeles.

  • ¡Hola! ¿Cómo te llamas?

Ahmed se puso de pie como un resorte y se quedó embobado viendo a la joven que le sonreía y le hacía aspavientos para que le contestara. ¡No podía ser! La chica de sus sueños le hablaba y estaba delante de él a unos pasos, en la otra azotea de la casa de al lado.

  • ¿Es que estás mudo?

Y lo estaba en esos momentos. Apenas le entraba aire en los pulmones y su corazón latía vertiginosamente. No podía articular palabra alguna por mucho esfuerzo que hacía. Se sonrojaba a cada intento de hablar. La chica, viendo los ridículos gestos de perturbación de Ahmed, y como estaba acostumbrado a tratar con chicos atrevidos y osados, quiso bromear con él conteniendo de paso la risa que la tenía a flor de piel.

Ahmed estaba pasmado delante de la chica, impávido, sin habla y con el libro abierto de par en par, pero con la mirada fija en la chica. Ahmed la conocía desde que era una niña, una niña que iba haciéndose mujer año tras año sin dirigirle una sola palabra. Se encontraba con ella en la calle, en la azotea, a veces en el mercado, y nada, la miraba furtivamente y cuando ella se daba cuenta él disimulaba lo mejor posible su turbación.

Ahora estaba delante de él y le hablaba. Era un sueño hecho realidad. Quería contestar pero se le atragantaban las palabras, apenas balbuceó unas cuantas palabras entrecortadas: ”Estoy…bien, gracias”. Al terminar de pronunciar esta frase, se sintió aliviado como si quitara un gran peso de encima. Las chicas, al sentirse halagadas y deseadas con vehemencia suelen hacerse de rogar sobre todo si delante hay un chico enloquecido por ellas y Amina no iba a ser una excepción. A partir de este momento, comienza el desigual enfrentamiento entre la coquetería sádica de Amina frente a la candidez, credulidad, seriedad y timidez de Ahmed.

  • ¿Te gusto?
  • Sí, y mucho.
  • ¿Serías capaz de hacer cualquier cosa por mí?
  • ¡Claro!

La chica, ufana de su superioridad femenina y dueña absoluta de los sentimientos del chico, meditó unos segundos para terminar diciendo en plan bromista:

  • Por ejemplo…lanzarte desde la azotea a la calle.

El chico aceptó la petición como si fuera una orden, y ni corto ni perezoso, se acercó sonriente y sin dejar de mirar a su amada al bordillo de la azotea que daba al suelo de la calle que se hallaba cuatro pisos más abajo y se detuvo. La chica lo siguió entre asombrada y satisfecha. Ahora jugaba con él como un muñeco teledirigido, sin saberlo, se había apoderado de su voluntad. Estaba sumiso a las caprichosas órdenes de una niña mimada. Y como siguiendo el juego, un juego inocente de niños, le envió la última orden a sabiendas de que era imposible ejecutarla:

  • ¡Salta! Si te atreves

Y se quedó sonriente en actitud arrogante con los brazos en jarras. Pero cual fue su sorpresa cuando vio que el chico, como impelido por una fuerza oculta, saltó de un brinco el bordillo y fue a caer al vacío mientras decía “¡Te quierooooo!” que se iba ahogando a medida que se alejaba hasta terminar con un chasquido seco. La chica no podía creer lo que estaba viendo; horrorizada, se asomó a la calle, y allí estaba el cuerpo inerte del desafortunado Ahmed en medio de un charco de sangre en forma de un corazón partido. Entonces ella lanzó un aterrador grito que estremeció las paredes del vecindario y se lanzó al vacío para seguir un juego macabro que ella empezó y el destino cruel terminó.

Adil Ben Abdellatif nos recuerda con este precioso cuento que por amor se pueden hacer auténticas locuras.

Todo lo que tenían

… y le pesaban tanto los ojos, le ardían, que ya casi no podía ver. De todas formas la subió al auto, le dio un beso escalofriante y apretó el acelerador.

Avanzaron calle arriba, allá, donde se perdía la alta colina. Donde ya no veía la costa.

Ya no quedaba bencina en el tanque, ella sudaba, los vidrios se empañaron por el frío de esa mañana. Él, al intentar limpiar el vidrio para poder ver, aunque poco importaba ya, soltaba el volante y el auto perdía automáticamente el control. Ella se agarraba del asiento con fuerza.

Cuando llegaron a la sima el auto se detuvo. La miró fijo. Si se quería bajar este era el momento de hacerlo.

Ella, hipnotizada lo miraba fijo, jadeante. Navegó otra vez en su oscura mente, llena de ramas y espinas. De amargos sabores, de pasados eternos, de futuros lisiados… se paralizó, acarició su rostro, perdida en él como el primer día. ¿Cómo dejarlo seguir solo? era todo lo que tenía. Presionó con fuerza el acelerador. El tanque ya estaba vacío, igual que su conciencia, y partieron calle abajo…

Todos los que estaban ahí en ese momento dijeron no haber visto nada. Nadie los conocía, nadie lloro, nadie los extrañó jamás. El auto se sumergió en la costa.

No estaban ebrios, no estaban drogados. La depresión les consumió la vida, y después de dos intentos fallidos, esta vez debían conseguirlo. Ni siquiera el amor que ambos sentían los pudo salvar.

Tercero y, por ahora, último cuento de Jocelyn.

La despedida

Se escondía para no verlo. Para no escucharlo. ¿Cómo le gritaba que ya no lo amaba más? Sacudirse el polvo que dejó el tormentoso camino de su matrimonio, y dejarlo ir- ¿o dejarse ir?- fue al baño, abrió la puerta del espejo y cogió unos potes de pastillas. Vistió al niño, como si fuera una ocasión especial, – ¿lo era?- salió con él en el auto y lo llevó a casa de su abuela. Siempre pensó que su madre era mejor madre que ella, y definitivamente era el mejor lugar para albergar su alma, su ansiedad, su dolor. Para albergar la inocencia del niño, que se aproximaba a perder, y que creciera en un buen lugar.

Traía llaves, pero tocó la puerta. Su madre salió a abrir. En el aire estaba la inminente pérdida. La atmósfera se inundó de intrascendencia, de una permanente necesidad de desahogo. Le dejó al niño, y no dijo palabra alguna. La abrazó tan fuerte, como quien afirma algo para que no caiga al vacío, despidiéndose inconsciente y prematuramente.

Ambos, el niño y la madre, tenían la horrenda sensación del desapego, de la pérdida de la respiración, y aún peor, de la fe.

Se subió al auto y comenzó a partir. Siempre fría, siempre tácita.

El niño, como sabido de su decisión, se rehusó a entrar en la casa, y se zafó de los brazos de su abuela mientras gritaba desgarradoramente ¡Mamá, vuelve! Caso omiso a sus gritos, partió, el último viaje que pretendía hacer.

Cuando llegó a la esquina comenzó a llorar, llorar como si estuviera en el funeral de su propia alma, como si supiera lo que sufrirían los demás y se anteponía al duelo. ¿Ahora qué hacía? ¿Era posible arrepentirse, dar vuelta la calle, y recoger al niño, llevarlo a casa y darle un beso de buenas noches como si nada hubiera pasado? La costumbre la había consumido. Le robó la sonrisa, esa hermosa sonrisa que hizo que su marido se enamorara de ella y que hoy incongruentemente se la robaba. Abrió el primer frasco y lo vació en su mano.

Se casó con el porque quería una familia, porque lo amaba. Sí, lo amaba, por eso le era tan inefable no conseguir vivir más tiempo con él, que todo ese amor se transformara en un desprecio inexplicable, que corroía su existencia…

Su mano sudaba, temblorosa… ¿Cuántas formas posibles de matar existen?

El segundo cuento de Jocelyn, preparando ya el día de los difuntos…