¿Por qué yo?

Los cristales me golpean la cara cual ejercito de avispas rabiosas, cierro los ojos para protegerlos de los cortes.

La sangre resbala, con lentitud, desde la frente, envolviéndome en una esfera de hedor nauseabundo. Cierro la boca para no probar su sabor, el hedor no es mío, no es de sangre.

La cabeza me da vueltas y una presión insoportable me hace imaginar lo peor. No recuerdo nada. Ni qué ha sucedido ni cómo.

Giro la cabeza. La lluvia de cristales ha cesado.

Abro los ojos y descubro sorprendido que no estoy solo. A mi lado, en el mismo estado que yo o peor, hay una mujer morena de tez blanca. No parece estar consciente, huele mal, muy mal.

No se quien es, no la recuerdo.

Miro a mí alrededor. ¿Dónde estoy? Parece un coche, ¿mi coche?

Un dolor agudo recorre todo mi cuerpo, comienza en el estomago y se extiende hasta las extremidades. La puerta se ha roto pero no puedo salir, estoy atrapado. ¡El cinturón! ¡Me aprieta! Al igual que una boa se enreda alrededor de su victima para no dejarla huir.

Una voz me dice que me calme, que todo va salir bien.

Miro a la derecha. Envuelto en un aura, de brillo blanquecino, desciende mi arcángel salvador. Va con casco y viste ropa reflectante.

  • ¡Voy a sacarte de aquí! ¿Cómo te llamas?

No contesto, no puedo contestar.

Con la ayuda de una navaja mata a la sierpe que me tiene prisionero.

Me coge de los brazos y me estira… ¿Qué sucede? ¿Por qué sale corriendo?¿Por que no termina de sacarme?

La luz blanca es consumida por otra de tonos anaranjados, el calor es insoportable ¿Dónde esta
el arcángel? ¿Por qué me abandona?

Las llamas del infierno consumen a mi acompañante y, en ese instante, un pensamiento efímero, pero repetitivo, atormenta los últimos segundos de mi existencia: ¿Por qué a mí?

Un cuento de Javier Bachiller.

¿Un accidente?… no lo creo

¡Ahhhhhh! – gritó Sofía.

La muerte había venido por ella, no quedaba mas tiempo… ni un último respiro. Aquí y ahora, la muerte se hallaba frente a ella… ¿con una amplia sonrisa?

Una túnica negra y una gran sonrisa, formaban a la tenebrosa muerte…

¿Alguien dijo que hay que temerle a la muerte?, pues no. Son solo habladurías. O… ¿era aquel un sueño, del que nuestra protagonista no logra despertar?

Y en aquel momento… ¡Desapareció! Si, se “esfumó”

Sofía se despertó, y la pobre no logra saber si era un sueño, o si la muerte esta debajo de su cama… El miedo, se apodera de su ser, pensando cual va a ser su ultimo movimiento, su ultimo respiro, si debajo de su cama la mismísima muerte le arrebataría la vida….

Y en ese mismo momento, en el que Sofía respiro, algo se apoderó de su pie…

No, esperen, esperen… la regla de esta página decía: El único requisito que debe cumplirse es que la muerte aparezca en el cuento. Eso si, la muerte no puede ser un asesinato. Accidentes, enfermedades, abducciones extraterrestres, misteriosas desapariciones… cualquier cosa menos un asesinato.

Bueno, en tal caso antes de que la agarren a Sofía y la asesinen, se resbaló contra su cama, y se pegó la cabeza, tenía asma, y se quedó sin aire, un extraterrestre le absorbió el cerebro, y ahora si… desapareció.

Muchas gracias por el cuento Agustina, me ha gustado mucho el final.
…ya sé que debo muchos cuentos… ya lo sé.

¿Subconsciente?

22 ¿Subconsciente?

Edelweiss siempre aparecía, en los momentos más inesperados.

Aparecía para decirme que venía a buscarme porque tardaba mucho en llegar.

Todas las noches, de distintas formas y en distintos lugares, pero siempre las mismas palabras.

La echaba de menos y por eso, tal vez, me encontraba.

Hace años que ya no me llama, ¿será que lo he superado, o tal vez me he hecho a la idea.?

La idea de que, tras el brutal accidente de coche, ella muriera y yo quedara en una silla de ruedas para siempre.

Esos sueños han desaparecido y Edelweiss ya no me busca.

¿Sería mi subconsciente, que la amnesia buscaba una explicación a lo sucedido?

¿Sería que al encontrar la muerte en plena juventud no quisiera irse porque tenía muchas cosas que vivir?

Tal vez, el día que me reúna con ella en el más allá, sabré la respuesta.

De Eva para una buena amiga.

Eva es la primera persona que me escribe un cuento, así que, ¿cómo no publicarlo?