Esto huele a chuletillas de cordero

Me encanta este olor. Me recuerda tanto al verano que casi puedo notar el calor en la cara al acercarme más de lo debido a la parrilla para echar sal y que las llamas no quemen las chuletas. Que queden en su punto exacto.

Los veranos en casa de mis tíos eran estupendos. Ellos vivían allí todo el año y de vez en cuando solíamos ir a verlos, pero los veranos eran diferentes, sobre todo al principio de julio, cuando me quedaba yo sólo algunas temporadas con ellos mientras mis padres seguían trabajando hasta que el sistema decidiera que se habían ganado su derecho a las vacaciones y a las chuletillas de cordero en casa de mis tíos.

Durante esos días sin mis padres, era el pequeño capitán del barco anclado a orillas del Ebro que era la casa. Una casa pequeña en medio de enormes terrenos de viñedo y algún que otro olivo. Mis tíos me dejaban pasear a su mastín, León, un perrazo enorme inconcebible en un ambiente urbano y que entre las viñas poseía el tamaño y carácter exacto de un perro. León me pastoreaba paciente mientras yo me hacía la ilusión de guiarlo por donde quería, alejándome por entre caminos siempre nuevos y que siempre llevaban a viñas ya conocidas por mucho que girase y buscase alternativas.

Lo mejor de esos paseos eran las tormentas. No esas tormentas con truenos e innecesarios alardes pirotécnicos, sino esas otras que se van fraguando pacientemente durante todo el día, oscureciendo poco a poco el cielo y que parece que nunca van a arreciar. Esas tormentas, que descargaban lentamente, que parece que no mocan y que acaban calándote hasta los huesos. Esas tormentas tranquilizaban a León, que miraba al cielo agradecido, aliviado de quitarse el calor siquiera durante unas horas. Esas tormentas, cuyas gotas chisporroteaban en los cables del tendido eléctrico, un ruido blanco y continuo que acababa calando lo mismo que las gotas de agua.

León y yo paseábamos despacio, disfrutando de la lluvia, del sonido de las gotas al caer contra las hojas con el fondo eléctrico de los cables de alta tensión. Sonriendo los dos, porque al volver mi tía nos reñiría cariñosamente y a mi me prepararía una taza de leche con cacao para entrar en calor mientras me secaba el pelo.

A finales de julio, siempre se celebraba la llegada de mis padres con una gran parrillada con chuletillas de cordero, txistorra y panceta, regado todo con vino que hacía mi tío y en la que nos acabábamos juntando siempre doce o quince personas como poco. Los niños estábamos jugando por ahí o ayudando un poco, poniendo la mesa, llevando la sal o la salsa especial de la tía para las chuletas.

Me encantaban esos veranos. Hacía tiempo que no pensaba en eso: la casa de mis tíos, los viñedos, las chuletillas,… es sorprendente qué acontecimientos abren de nuevo las puertas de los recuerdos. Eso pasó hace muchos, muchos años. Toda una vida. Ahora es tiempo de volver a lo que estábamos haciendo.

  • Bien, qué tenemos aquí. La causa de la muerte parece bastante clara, ¿no? ¿Nos lo podemos llevar ya?
  • Hay que esperar a que venga el juez, doctor.
  • Bien, esperaremos.

No ocurría demasiado a menudo, pero siempre había gente que se rendía a la vida y decidía tirarse a las vías del tren. Este pobre desgraciado se había electrocutado y el andén todavía apestaba a carne y ropa chamuscada. Supongo que me sonrisa estaba fuera de lugar entre tanta cara de estupor y asco, pero hace tiempo que el sol estaba acariciando mi cara en aquel andén a varios metros bajo tierra.

Dos cadáveres, dos autopsias, un desenlace (III)

Irene llevaba una semana en el hospital, sola en una habitación, apartada del resto de pacientes.

Pasaba los días de forma normal, lo malo llegaba cuando el sol comenzaba a descender y las horas diurnas daban paso a la noche cerrada.

Su cuerpo experimentaba cambios: escalofríos, convulsiones, fuerte dolor de cabeza, cuerpo, alma…

Todos estos síntomas duraban un par de horas, después, su cuerpo volvía a su estado normal.

No quería convertirse en vampira, vivir siempre de noche, ser inmortal en esas circunstancias.

Deseaba con todas sus fuerzas seguir siendo la misma de siempre, su rutina.

Como era el primer caso, nadie sabía cómo terminaría.

Pasó el tiempo y solo ella supo su final.

Pensaba que pasaría a ser una vampira chupa-sangre, pero todo lo contrario, no podía imaginar su mutación.

Por el día era Irene, la estudiante de filología, por la noche, Empusa, succionaba la fuerza vital causando la muerte de los jóvenes con los que yacía.

Fin de una historia más habitual de lo que nos creemos 😉
Dos cadáveres, dos autopsias, un desenlace:

  1. Primera parte
  2. Segunda parte
  3. Tercera parte

Dos cadáveres, dos autopsias, un desenlace (II)

Javier, uno de los policías que llevaba el caso, tenía en sus manos los resultados de las autopsias de los vampiros.

Estaba nervioso por saber la causa de las muertes pero tenía que esperar a que todo el equipo estuviera en la sala de reuniones.

Pasados unos minutos y ver que estaban todos, comenzó a leer los informes forenses.

La causa de las muertes era “¿ALERGIA?”.

No podían creer lo que estaban escuchando.

Se encontraban con el primer y único caso de muerte por alergia en la historia de los vampiros.

Mientras, Irene, seguía en observación.

Los médicos e investigadores debían estudiar exhaustivamente los pormenores.

Al parecer, Irene tenía un grado altísimo de ajo en su sangre.

Los vampiros tenían un elevado nivel de anticuerpos, esto había causado la bajada de presión sanguínea y cerrado de bronquios por lo que concluyó con su asfixia.

Sospechaban que habían más vampiros y desde lo acontecido hacían rondas por toda la ciudad, con bastante miedo, ya que eran muy escurridizos y tampoco tenían una formación como para poder combatirlos.

Debían seguir con el estudio para ver si se podía desarrollar algún tipo de “vacuna” con el que, por una parte, inmunizar a la población en caso de mordedura, y por otro lado, con el que poder exterminarlos.

Irene, seguía debatiéndose entre la vida humana y vampírica./// Continuar →

Dos cadáveres, dos autopsias, un desenlace:

  1. Primera parte
  2. Segunda parte
  3. Tercera parte