Torcido

Créeme que lo he intentado. Llevo semanas dándole vueltas. He probado todo lo que puedas imaginar, incluso me cogí un mes de excedencia en el trabajo para tratar de sacarlo adelante. Me refugié en los clásicos tratando de dar con alguna solución. Los clásicos nunca fallan, me dije, son eternos y sus recursos son siempre válidos. Pero estaba claro que a mí no me iban a ayudar. Probé algún método más actual, ya sabes, esas cosas de las que todo el mundo habla y casi todos prueban pero que aprovechamos para descalificar precisamente por eso, porque están de moda. Tampoco. Desesperado, me refugié en el absurdo y, durante un tiempo, parecía que la cosa funcionaba. Tenía un andamiaje, un soporte por el que se movían los personajes aunque fuese a trompicones. De verdad creía que la historia iba a salir, pero chico, cuando un cuento sale torcido no hay nada que hacer.

Hierba verde recién cortada

Lo habitual es que huelan fuerte. Perfumes que rebotan en la nariz, ofensivos, rápidos y violentos, que pelean por ocupar el poco espacio de aire que pueda quedar disponible. Vapores de un tufo viscoso y asfixiante que te envuelve, que te agarra. Nubes gordas, pesadas, como de plomo, que te pegan al suelo y te fuerzan a arrastrarte como un gusano.

O a pis. ¿Cómo demonios puede una flor oler a orines? Como si se hubiera regado siempre con meados. Rosas salvajes que han crecido en descampados oscuros cerca de la zona de bares.

Hay veces que las flores me huelen a desodorante. Un aroma ligero, fresco y que, a pesar de todo, persiste sutil durante horas. Un olor que te eleva y te hace sonreír bobalicón sin que te des cuenta. Pero sé que ese olor no es real; no existen flores que huelan así.

Es mejor que lleves ramas de abeto. Lleva plantas de romero o tomillo a mi tumba. Tráeme hierba verde recién cortada. Me encanta el olor de la hierba verde.