09 Residuo orgánico

Dicen que mientras haya gente muriéndose de hambre en el mundo, ser rico es un crimen.

Es difícil no estar de acuerdo con esta afirmación. Sobre todo con un sueldo de 600 € mensuales, 283 € en el banco y una ex-mujer a la que pasar la pensión.

Trabajando como basurero se es aún más consciente de la certeza de la frase. Con lo que unos tiran a la basura, otros vivirían semanas. Puede resultar algo demagógico tal vez, pero es lo que hay y lo que siento al recoger las bolsas y tirarlas al camión.

Dos meses por el barrio rico, y dentro del barrio rico, la casa de los Jiménez. Constructor, bodeguero y según parece con olfato para los “negocios” y los contactos en la política.

Podría ser un buen ejemplo para los demás. Hacer algo de justicia con uno de los más peligrosos criminales de la zona. Se te ponen los pelos de punta al pensar la cantidad de gente que su dinero está matando.

Le seguía siempre que podía con el camión de la basura. El coche se lo quedó mi ex y era difícil organizar la vigilancia tirando de bonobús. Aparcaba lo más lejos que podía, procurando que no resultara extraña la presencia de un camión municipal de recogida de basura en un barrio de Bentleys y Mercedes.

No salía demasiado de casa. Tampoco es que tuviera mucha necesidad. En una finca de 200 hectáreas y una casa de 3 plantas con más de 400 m2 por planta, podía tener su propio centro comercial si le daba la gana.

Menos mal que me agencié unos prismáticos de mi sobrino, porque si no no habría podido anotar nada en mi libretita de detective anti-sistema.

Por las mañanas, una hora de gimnasio y luego se encerraba en su despacho donde pasaba el resto de la mañana y recibía de vez en cuando a encorbatados personajes.

A las 12 una parada para comer algo ligero. Yo aprovechaba para acercarme al camión que aparcaba normalmente en una cuesta cercana, a unos 200 m, a por el bocadillo de mortadela. Con la pequeña caminata desentumecía un poco las piernas, adormecidas del tiempo que pasaba escondido entre los setos.

12:30, de vuelta al trabajo hasta cerca de las 14:00. Aquí la rutina podía variar aunque, generalmente, solía salir a comer fuera, en coche si tenía que acercarse al centro o, muchas veces, dando un paseo hasta el restaurante de Gorrotxategui, donde siempre tenía mesa reservada.

Por la tarde más de lo mismo: encerrado en el despacho hasta las 18:30 o 19:00 que era cuando dejaba de trabajar y se iba a sus clases de golf.

Llevaba una semana vigilando y el fulano me empezaba a dar lástima. No sabía ni qué castigo aplicarle y ya me estaba rajando. ¿No tenía bastante castigo con una vida tan anodina? ¡Coño, comparado con él yo parecía Indiana Jones!

Cada vez vigilaba menos, y tenía menos cuidado al esconder el camión. Lo dejaba en la misma calle de la casa de Jiménez. En la parte de arriba, a 30-40 m, que subir la cuesta a por el bocadillo de mortadela me costaba cada vez más.

“No puedo ablandarme”, pensaba, “hay que hacer algo por los pobrecitos niños de África. No sé aunque sea, hacerle una pintada con ‘Tonto el que lo lea’ en la puerta.”

Las 14:00. Un reloj el tipo. Hoy toca Gorrotxategui.

Ññññeeeeeeccc… ¿qué es ese ruido? “Mierda, ¡el freno de mano!”
A los 30 m de rigor, el camión municipal de basuras, se ha librado del freno de mano mal echado y baja la cuesta ganando velocidad, directo hacia Julián Jiménez que camina tranquilo hacia el restaurante de Gorrotxategui.

La hora de gimnasia diaria y los millones de Jiménez no son rival para un Ebro de 4 toneladas cargado de basura rodando sin freno cuesta abajo.

Jiménez, las cáscaras de plátano, los restos de pizza, los filetes de lomo y las pasas de corinto. Todo es materia orgánica.

08 La persona equivocada

Cada vez que voy conduciendo y alguien me hace una pirula me pregunto lo mismo, ¿pero quién demonios se mata en la carretera?

Todos los años mueren cientos de personas en accidentes de tráfico, pero todos los días hay alguna noticia en los telediarios sobre un conductor de autobús borracho, atropellos en la ciudad por conductores kamikaces, niñatos pasados de farlopa, éxtasis y anís Del Mono, señoras distraídas por el móvil que se llevan por delante al coche de enfrente, competitivos mozalbetes que circulan a más de 200 km/h para demostrar a sus novietas quien la tiene más larga.

Si cada día me puedo cruzar con 2 ó 3 de ellos, está claro que no son ellos los que se matan en la carretera. Entonces, ¿quién demonios se mata al volante?

Está claro que son las personas equivocadas.

En todo esto pienso cuando vuelvo en coche a casa, ya de noche. En todo eso pienso, cuando el coche que viene de frente, se mete en mi carril pasado de velocidad y me deslumbra con las luces largas. En eso pienso cuando me saca de la carretera, mientras doy vueltas de campana.

07 Rubio y con ojos azules

Pedro siempre había querido tener los ojos azules.

Por eso a su hermana Ana no le sorprendió demasiado cuando encontró a su hermano con la cabeza en el escritorio y dos bolígrafos BIC azules clavados en los ojos.

06 De blancos conejos estresados

  • Llego tarde. Llego tarde. Si, si. Llego muy tarde.

El conejo blanco no para de mirar el reloj en su PDA donde tiene apuntadas las tareas para el día, lo que hace que la chistera se le ladee hacia delante y tenga que apartarla con la mano.

  • Esperadme, estoy llegando. No empecéis la reunión sin mí.

No para de gritar por el pinganillo que une su cuerpo a la PDA de la que, al parecer, obtiene la energía que le permite dar saltos entre los árboles del parque.

Un parque céntrico en el que Alicia, simpática ejecutiva agresiva, morena, treintaypocos y nunca tan delgada como quisiera, solía ir a correr todos los sábados.

¿Qué hacía un conejo blanco en su recorrido semanal? Además hoy es sábado, no hay que ir al trabajo. ¿A qué reunión podrá ir?

Disimuladamente Alicia comenzó a seguir al conejo blanco, nunca se sabe donde puede surgir una oportunidad.

Dejó de escuchar música en su móvil-agenda, del que obtiene la energía a través de un cable terminado en dos pequeños cascos y que le permite correr persiguiendo al conejo blanco y lo puso en modo grabadora para ir anotando el recorrido que ya estaba siendo registrado gracias al GPS que incorporaba.

  • 10:15. Sigo a un conejo blanco a lo que parece una reunión realmente importante.
  • No compres, no vendas, ¡no cambies!. Esperadme, esperadme… Llego tarde. Si si…
  • Sombrerero, pásame el informe y así lo voy leyendo mientras llego. Llego muy tarde. Si si…
  • 10:38. El conejo blanco entra por el hueco de un árbol. Voy detrás suyo. La reunión debe ser ahí dentro. Estarán él, el Sombrerero Loco y todavía no está confirmada la asistencia del Gato de Yorkshire.

Al entrar en el hueco del árbol, Alicia pierde de vista al conejo blanco. Está oscuro y su GPS no funciona. Tampoco parece que haya cobertura.

  • Llego tarde, llego tarde.

¡Por ahí!

Los ojos de Alicia ya se han acostumbrado a la penumbra. No es que esté totalmente oscuro, pero si algo más sombrío que fuera del tronco del árbol.

Hay un pequeño descampado en el que parece que todo está preparado para una reunión. Mesas con botellas de agua mineral y caramelos en el centro y un proyector con un ordenador portátil cerca.

  • 13:22 (¿13:22?). Están todos: el conejo blanco, el Sombrerero Loco, un siete de picas y también la sonrisa del Gato de Yorkshire, así que él andará cerca.

Al parecer la reunión ha terminado hace un buen rato (efectivamente, el conejo blanco llega muy tarde). Por ahí llega dando saltos, sudoroso y con la chistera de medio lado.

  • Lo siento, lo siento. Llego tarde. Disculpad. Si si… llego muy tarde.

El conejo blanco se quita el pinganillo, la chistera y el chaleco en la mesa y de un brinco se mete en la cazuela que hay entre las mesas, en el centro del descampado.

Un cazo con agua, puerros, zanahorias, alguna patata, un buen puñado de albahaca, un generoso chorrito de aceite de oliva virgen y sal.

Un cazo con agua, encima de una cocina de inducción que el Sombrerero Loco maneja con soltura.

  • Conejo. Sabes que tienes que llegar con tiempo. Relájate, no te estreses, que luego tardas mucho más en cocerte y encima la carne queda dura.
  • Si si si… tienes razón perdona. Ya me relajo, ya me relajo. Pon el fuego bajito que eso me ayuda.

Alicia se dio la vuelta algo sorprendida. No sabía que fuera tan tarde y a ella también le estaba entrando algo de hambre.

05 Van dos

Van dos por la calle y se cae el del medio. El pequeño, el más delgado. Su compañero, un tiarrón enorme como una montaña, no se ha dado cuenta y continúa andando calle abajo.

El pequeño, se levanta rápidamente. Tiene las palmas de las manos raspadas por tratar de evitar la caída y la rodilla derecha magullada. Se levanta y va corriendo donde el gigantón.

  • Se puede saber porqué me has hecho la zancadilla – le espeta enfadado
  • ¿La zancadilla? ¡De que hablas! Iba andando tranquilamente a tu lado… bueno a tus dos lados, enano. Ja, ja, ja…

Al gigantón le ha hecho gracia su propia ocurrencia.

  • A tus dos lados… ja ja ja…

El pequeñín le empieza a golpear con los puños en la tripa, y eso aumenta la risa del gigantón. La risa le recorre el cuerpo provocando terremotos gelatinosos que apenas se ven afectados por los golpes del más bajito.

  • Ja, ja, JA, JA, JA… me haces cosquillas… JA JA JA…aaaa

De pronto el gigantón se lleva la mano al pecho, el pequeño le mira asustado y no tiene tiempo de apartarse mientras la enorme masa se desploma sobre él.

Iban dos por la calle y esta vez se cayeron los de los lados.