Víctima de guerra

En cuanto vi los sacos terreros rodeando la fuente del parque de los patos eché a correr por la callejuela de Bailén para acortar el trayecto a casa.

Subí las escaleras de dos en dos y en menos de tres minutos estaba llamando a la puerta de casa.

¡No está mal con lo que fumo!

Esos tres minutos de carrera me dejaron sin resuello y con la cara más pálida de lo que debiera a juzgar por la cara de mi padre al abrir la puerta.

  • ¿Estás bien? Pasa anda, pasa y siéntate un poco que ahora te traigo un vaso de agua.
  • Padre… puf, cof… la fuente… en el parque de los patos… buf…
  • Calma anda, calma. Espera a recuperar el aire, que no hay quien te entienda. ¿Qué pasa donde los patos?
  • No. Digo que la fuente del parque de los patos, está completamente cubierta por sacos terreros.
  • ¿Sacos?
  • Sí.
  • Bueno… la verdad es que no me extraña. Se veía venir.

¿Se veía venir? La verdad es que siempre consigue sorprenderme esa calma que transmiten las personas mayores. ¿Se veía venir? ¿Cuándo? ¿Cómo? No sé cuantas veces han visto ellos la fuente rodeada y protegida por sacos, yo desde luego nunca, ni en mi imaginación siquiera.

  • ¿Qué pasa? – mi madre saliendo de la cocina
  • Nada. Tu hijo. Que dice que ha visto la fuente vestida con sacos llenos de arena. Ya sabes mujer, como en las películas de guerra, ¿algo así?
  • Sí. La tienen rodeada de sacos terreros. Apenas si han dejado sitio para pasar. Como en la guerra, sí.

A mi madre le mudó el color de la cara como si ella también hubiera venido corriendo desde la otra punta del pueblo.

Se giró y salió disparada hacia la salita.

Mi padre y yo nos miramos incrédulos y al de un rato vimos aparecer a mi madre. Aún más pálida que a la ida, aún más fatigada.

  • ¿Qué ocurre madre?
  • Tu tío… tu tío Onofre… tú tío ha muerto. Ha muerto en la guerra…
  • Lo sé. Mi tío Onofre murió en la guerra, casi al final, antes de que yo naciera.
  • No. Tú tío ha muerto en la guerra que acabas de traer a casa. La de la fuente del parque de los patos.
    Tú tío llevaba escondido en un cuarto oculto tras la pared de la salita. Estaba mayor y enfermo. Fíjate, más de 50 años sin salir de ahí. No quiso salir,no se fiaba. Decía que nos estaban engañando, que querían que se confiara para poder atraparle. Pero no les iba a dar el gusto.
    Y cuando oyó lo de los sacos… ¡se acabó! Le he encontrado seco con las manos sujetándose el pecho. Ya no respiraba.

Mi padre y yo nos mirábamos estupefactos y mirábamos como mi madre desgranaba la historia de su hermano.

Madrid lleva en obras mas de 10 años. Calles levantadas, aceras abiertas, andamios, ruido polvo. Seguro que mi tío Onofre no es la única víctima que se han cobrado estas obras pero dudo que haya una víctima más sorprendente.

Ahora mi tío descansa en paz sin miedo a que le atrapen. Confío en que vaya al cielo, porque no creo que sea justo que pase la eternidad en un cajón aún más pequeño que el hueco en que pasó los últimos 50 años de vida.

Una historia mucho más lograda que esta por supuesto, la escribió Francisco Ayala para su libro La cabeza del cordero

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