Rostro

Me mira fijamente a los ojos y me cuesta aguantar la mirada al mocoso. Al poco mi vista se cae de sus grandes ojos marrones y resbala por la nariz hasta llegar a la boca, justo a tiempo de ver como se mueve para decir “Señor”.

Amplío el plano. El chiquillo tendrá apenas 10 años y una cara redonda y aceitunada repleta de pecas. No, me fijo mejor, no son pecas. Son salpicaduras de barro que le dan al rostro una expresión pícara que ya se insinuaba.

Los ojos achinados y grandes, enormes, y la boca a juego no dejan apenas hueco a la nariz que se ha abierto camino hacia los lados, buscando el espacio que vista y gusto parece que le niegan. Nariz, olfato ancho y felino para detectar detalles que a los demás se nos escapan: el miedo, la cobardía, el instante justo para atacar.

Juraría que para favorecer la aerodinámica, tiene las orejas pequeñas, bien pegadas a la cabeza y ligeramente puntiagudas y el pelo corto, muy corto.

Veo que de nuevo mueve la boca “Disculpe señor, ¿podría devolvernos el balón?”

Me giro hacia donde señala. Hay una pelota al lado de una maceta rota. La recojo y se la tiro de vuelta.

“Muchas gracias, señor”

Vuelvo a mi silla y contemplo como se aleja sin apenas ruido, ligero, dando golpes a la pelota para reunirse con un grupo de chavales que le espera.

  • Bueno hijo, ya está aquí el café. Te he traído también unas pastas de té, que sé que te gustan
  • Gracias papá
  • ¡Ah, se me olvidó comentarte! Si te viene algún chaval de ese grupo del fondo pidiendo que les devuelvas un balón, tú ni caso. Y menos si es uno moreno con cara de gato. Ese sinvergüenza me ha roto ya tres macetas esta semana

Miro al fondo y veo como llega el chaval junto con sus compañeros. Puedo imaginar el brillo en sus ojos y la media sonrisa mientras gira la cabeza para mirar hacia donde estamos.

  • No te preocupes papá, me acordaré

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