Todo lo que tenían

… y le pesaban tanto los ojos, le ardían, que ya casi no podía ver. De todas formas la subió al auto, le dio un beso escalofriante y apretó el acelerador.

Avanzaron calle arriba, allá, donde se perdía la alta colina. Donde ya no veía la costa.

Ya no quedaba bencina en el tanque, ella sudaba, los vidrios se empañaron por el frío de esa mañana. Él, al intentar limpiar el vidrio para poder ver, aunque poco importaba ya, soltaba el volante y el auto perdía automáticamente el control. Ella se agarraba del asiento con fuerza.

Cuando llegaron a la sima el auto se detuvo. La miró fijo. Si se quería bajar este era el momento de hacerlo.

Ella, hipnotizada lo miraba fijo, jadeante. Navegó otra vez en su oscura mente, llena de ramas y espinas. De amargos sabores, de pasados eternos, de futuros lisiados… se paralizó, acarició su rostro, perdida en él como el primer día. ¿Cómo dejarlo seguir solo? era todo lo que tenía. Presionó con fuerza el acelerador. El tanque ya estaba vacío, igual que su conciencia, y partieron calle abajo…

Todos los que estaban ahí en ese momento dijeron no haber visto nada. Nadie los conocía, nadie lloro, nadie los extrañó jamás. El auto se sumergió en la costa.

No estaban ebrios, no estaban drogados. La depresión les consumió la vida, y después de dos intentos fallidos, esta vez debían conseguirlo. Ni siquiera el amor que ambos sentían los pudo salvar.

Tercero y, por ahora, último cuento de Jocelyn.

Deja un comentario