La risueña

Sentaos, por favor, sentaos y escuchad. Perdona, ¿tienes un cigarro? Gracias ¿Fuego?

Nadie conoce su historia exactamente, nadie excepto yo. Lo conocí una  tarde lluviosa de noviembre, yo me dirigía a mi agujero del parque de la mitjana cuando, a la altura de Indivil i Mandoni, llegaron a mis oídos unos gorgoteos estremecedores que de tan horriblemente desafinados, acabaron por parecerme bellos.

Eché un vistazo hacia abajo y vi a un hombre mayor, de viejas y rotas vestiduras, barba enredada y aliñada con migas de pan. Parecía tocar una guitarra inexistente, de estar equivocado, transparente como mínimo.

GRATUCM FOLTRA DIGTZCGRNOF
MUSTRELKJ CUORE TROZRGFTRESKA

No, no me he atragantado, tranquilos, tan solo intentaba recordar la letra de la canción que cantaba.
A pesar de  tan extravagante letra, lo que me sorprendió, fue su mirada. Sin duda estaba allí, pues podía ver sus ojos y, pese a no hacerlo, juraría que habría podido clavarle un bastoncillo en uno de sus ojos y no faltaría la sangre, así como, algún tipo de muestra de dolor, sin embargo, parecía estar ausente.

Conseguí, tras varios días de visita y varios céntimos de propina, entablar cierta amistad con el. Contaba historias curiosas, fuente de inspiración para sus letras, según decía.

Cantaba que antaño conoció a una chiquilla, también en una tarde de noviembre, como era de esperar, llovía.

Él se encontraba bajo un puente de alguna ciudad. Cantaba el mismo tipo de canciones cuando, una voz fina y aguda, perfectamente afinada, irrumpió su recital. Se traba de una niña, un precioso angelito inocente, de mirada ausente y despreocupada, que caminaba sola en la oscuridad.

  • Buenas noches -saludó la niña, dedicando una sincera sonrisa al anciano.
  • Buenas noches -respondió- ¿Qué hace una niña como tú caminando por calles tan oscuras?.
  • No me asusta la oscuridad señor.
  • Evidentemente muchacha, la oscuridad, no es más que la ausencia de luz  y ello no puede hacerte daño mas aquello que en ella se esconde si debería asustarte.
  • ¿Cómo vos? – la niña mostró una leve sonrisa. Como si no se acabara de creer que aquel anciano, cuyas canciones no podían entenderse, fuera a hacerle daño alguno.
  • Exactamente, algo como yo – contestó el anciano mientras sacaba de su bolsa un trozo de pan y embutido.
  • Gracias señor pero no siento hambre, ni miedo, ni dolor, ni pena, ni nada de todo aquello a lo que el tiempo está ligado. Ya no señor.

Recuerdo que siempre me decía que aquella frase fue una gran incongruencia, pues la pronunció con tal tristeza que no pudo evitar soltar un par o trescientas de lágrimas mas ella no se desprendió de su rostro risueño.

La niña se marchó despreocupada, dejando tras ella a un hombre triste. Triste por ver como un ser tan joven carecía de motivo alguno por vivir.

Pasaron meses hasta que el anciano no volvió a verla. Fue en una noche de las mismas características de las anteriormente mencionadas. Ella caminaba de nuevo despreocupada con la misma ropa estival y la misma melodía suave y tranquilizadora.

El anciano se levanto del rincón, en donde dormitaba, con una mano apretándose el costado izquierdo del vientre y una chaqueta en la otra.

  • Niña ponte esto, vas a coger frío – dijo entre esputos y tosidos.
  • No importa, la lluvia no puede dañarme, al igual que a ti, ahora la canción nos protege. La canción nos guía.
  • Tal vez para alguien como yo, cuyas sendas ya han sido  abiertas para ser cerradas de nuevo, mas las tuyas no están siquiera empezadas niña.
  • Poco importa abrir un camino, cuando al día siguiente, no eres capaz de recordar de donde viniste ni a donde te dirigías

La niña, cuya sonrisa nunca desdibujó de su rostro, agarró al anciano de una mano, se lo acercó y besó sus labios ensangrentados. Un sin fin de imágenes se cruzaron en la mente del anciano, imágenes ya olvidas, algunas que nunca  pudo olvidar y otras que creyó eran de la niña.

Ella se apartó con delicadeza y dedicando al anciano su mayor sonrisa dijo:

  • Dicen que solo aquellos que están apunto de morir pueden ver a los ya muertos. Dicen también, que los muertos siempre se quedan cerca de aquellos o aquello que amaron en vida. Me alegro de haberte vuelto a ver abuelo.

Aquella fue la última vez que el anciano vio a la niña. Yo, tras escuchar esta historia, recibí el mismo beso y, aquella, fue la última vez que vi a mi padre.

Javier Bachiller no es nuevo en Tragedias Cotidianas.

Si te ha gustado este cuento, lee también ¿Por qué yo?

Deja un comentario