Dolor (un cuento entre pucheros): Desenlace


[…] Marcos se adueñó de ese estilo y con los años, se transformó en el número uno de Gualtier pasando por cada uno de sus restaurantes dejando tras de sí, su propio rastro inconfundible, marcando su propio estilo. Su jornada tenía diez, doce y hasta trece horas de trabajo duro y al terminar, como si sus piernas lo condujeran por instinto, se dejaba caer en una mesa del bar y así bajar de ese estado de alteración que dejaba la cocina con un par de cervezas hasta que ya estaba bien entonado como para irse a su casa tranquilo. Esa era la rutina.

En Bubba conoció a Dorita quien era la recepcionista de allí y que siempre estaba mirando su reloj esperando la hora de finalizar su trabajo. Dorita no era gastronómica, odiaba salir tan tarde de trabajar. Le encantaba despertarse muy temprano y hacer cuanto pudiese. Aprovechaba la mañana para correr, ir al gimnasio y demás cosas de las que Marcos estaba muy poco familiarizado. Vivía con sus padres en el barrio de Caballito y estudiaba ciencias en la universidad. Y si bien no tenían mucho en común por alguna razón comenzaron a salir juntos, se casaron y tuvieron una hija a la que llamaron Micaela.

Marcos abandonó las noches de fiesta y las amanecidas en bares, su vida de familia le reclamaba estar un poco en su hogar aunque solo sea para dormir. Pero lo que no podía hacer era faltarle a su trabajo, se la pasaba de restaurante en restaurante supervisando cada uno de ellos. Cuando salía de uno, entraba en otro, de la mañana a la noche. Su vida era el restaurante -o los- y aunque realmente quería a su familia, sentía que lo comprenderían.

Micaela era hermosa, tenía los ojos del papá y la boca de la madre pero también había venido al mundo con una infección en su corazón y dependía de mucho cuidado. Si bien al principio pareció ceder, con el tiempo, la infección se estaba apoderando de su cuerpo. Marcos sabía que ella le exigía, su mujer le exigía también pero sus cocinas dependían de él. Ganaba muy bien, vivían en un hermoso departamento en la avenida Callao y hacía cuanto podía por ayudar a su hijita. Pero era muy difícil verlo al costado de la cama de hospital tomando su mano.

  • Sería bueno que algún día visites a tu hija
  • ¿Y no lo hago?
  • Una vez a la semana, y no todas – protestó Dorita – Que te ocupes más, ella te necesita… y yo también.
  • Y como querés que haga ¿me decís? – prosiguió él – Vos sabés que tengo nueve restaurantes que dependen de mí y también sabes que es lo que pasa si no estoy ahí ¿o no? Hago lo que puedo, gasto mucha plata en este hospital, en las operaciones y en todos sus cuidados ¿Qué más puedo hacer?
  • Mirá Marcos, la vida de tu hija, de nuestra hija – se corrigió ella – está en juego, fíjate qué vale más, tu trabajo o ella.
  • Ella obvio…

Pero Marcos no obedecía a sus palabras con hechos ni lo demostraba con actos. Su mujer le exigía pasar más tiempo con su hija pero sus restaurantes dependían de él.

Una noche, mientras Dorita dormía en la silla al costado de la cama de hospital donde su hija descansaba, el espectro sin rostro envuelto en su manto negro tomó la mano de la chiquita y se la llevó por siempre. Telefonearon a Marcos a la mañana siguiente y este se dirigió corriendo al hospital a abrazar a la niña pero sólo encontró su cuerpo frío sobre la cama. Su corazón había sucumbido y hasta allí lo soportó. Micaela yacía en brazos de Marcos; todo alrededor se enmudeció, él la sostenía fuerte entre sus brazos mientras su esposa lloraba y le miraba llenando su corazón de culpa. Sus ojos se cerraron y el silencio de la sala se cubrió de un bramido cargado de angustia, ahogado en impotencia que brotó de su más profundo dolor.

La amargura que le producía el remordimiento de haber podido hacer más por su pequeña hija, de haber estado ahí cuando ella lo necesitó, lo fue consumiendo, los meses pasaron y los bares fueron convirtiéndose poco a poco en un sedante a su dolor.

Ya no vivía en aquel hermoso departamento de la avenida Callao, ni Dorita lo esperaba como de costumbre lo hacía, durmiendo con el televisor prendido. Ahora estaba solo, pasando sus días en un estrecho apartamento en el barrio de once, calmando su pena en pesadas giras nocturnas cargadas de excesos esperando amanecer hasta entrar por la puerta trasera del restaurante, dirigirse a quien tuviera más cerca y expresarle su dolor salvajemente. Sus cocinas demandaban más pero él ya no tenía fuerzas, poco a poco fue perdiendo la pasión y la razón. Sus nueve restaurantes se redujeron al sector de carnes de uno de ellos -si apenas podía mantenerse activo unas cuantas horas- y al concluir la jornada escapaba hacia el bar más cercano para hundir en él sus pesares y su demencia, que estaba naciendo. Fue expulsado de la cocina, Gualtier le dio la espalda y su delirio se tragó su dinero, como el borracho su último vaso de whisky antes de volcarlo al tiempo que su frente golpea el ya mojado mostrador.

Así fue como se vio de nuevo regresando a su hogar, cargando aquel carrito que alguna vez había visto a su viejo empujar, separando las botellas de plástico verde de las transparentes, las latas de cerveza y gaseosa de las de tomate – que eran mas pesadas y tenían otro valor -, juntaba los diarios por un lado y los apilaba en un rincón y mientras, amontonaba los cartones que le darían ese pan para mojar en el guiso; en un improvisado primer piso, como si nunca se hubiera ido, como si el tiempo lo hubiera olvidado. Ahora volvía y ella lo esperaba: su casa, su hogar, la villa.

Fin del cuento del Sr. Gabo. Realmente merece la pena leerlo del tirón

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