33.i Dolor (un cuento entre pucheros): Inicio

El aroma a puchero se desparramaba entre chapa y chapa y por la puerta, bajando tambaleante la escalera de latas hasta el piso y recorría alegre los estrechos pasillos asomando en cada casa y mostrándose con cierto aire de orgullo. Ese aroma, ahora flaco y descuidado, fue una vez el generador de experiencias únicas en un lugar en donde antes nunca las hubo.

Eran las 8 en punto, Marcos observaba perdido, el turbio espejo de caldo en la superficie de la olla donde el reflejo de la luna -que apenas menguaba- reflejaba su rostro, el recuerdo de un hombre con un poco mas de pelo y barriga apoyado con los codos en el pasa platos y los ojos clavados en el reloj de pared frente a la puerta, esperando. Esperando el momento en que la batalla daría comienzo y los clientes comenzasen a llegar, organizado ya su equipo y armados con sus pinzas, sus trapos y cuchillos. Y la comandera comenzara a escupir, uno tras otro, aquellos papelitos que se amontonarían como una guirnalda de pedidos. Así lo veía él, como un verdadero combate. Día tras día se libraba uno, siempre diferentes batallas. Y eso era lo que mas le gustaba, ese eterno lapso convertido en minutos en lo que todo era válido -siempre que el “enemigo” sea respetado, siempre que coma, se sienta feliz y se marche.

Su infancia había sido algo más triste. Al salir de la escuela, Marcos ayudaba a su padre separando la chatarra y cualquier cachivache que pudiera tener valor para la casa, el resto se enviaba al galpón y se cambiaba por algunas monedas. El cobre, por ejemplo; los cables eran muy valiosos aunque sólo daban sesenta centavos por kilo. Cualquier metal estaba bien, a veces se encontraba un manojo de llaves, otras un picaporte y mientras acomodaba la chatarra en un rincón se preguntaba si su padre habría hecho lo mismo de pequeño; su padre nunca hablaba de la vida que había llevado anteriormente y eso era todo un misterio para él. No se preguntaba si merecía tener ese trabajo –si eso es lo que era- sin siquiera haberlo pedido, para él era su trabajo y estaba orgulloso de tener uno, estaba orgulloso de llevar a su casa la tranquilidad de un nuevo día sin hambre.

No podría afirmarse que le gustase el lugar, Marcos había nacido en la villa y ahí se había criado, conocía las buenas y las malas de no tener y aunque conocía lo que era ser un villero y lo que eso le significaba a los de “afuera” el quería a la villa, allí habían pasado sus primeros años y allí pertenecía, esa era su casa, su hogar.

Y a la noche, agotado y con el peso del día encima, se quedaba sentado en la mesa de la sala, apoyados los pies en la tierra seca y observando a su madre, que peleaba con los pulmones ya cansados contra una tos que la debilitaba obligándose a fingir que no era nada -jamás se permitiría ser una molestia-, mientras preparaba lo que sería la cena para él, su hermanita y su cansado viejo. La casa no era muy grande, apenas si cabían ellos cuatro en el collage de chapas oxidadas y maderas viejas. Sus padres habían encontrado el pequeño terreno de apenas unos pocos metros cuadrados y ahí habrían de quedarse por siempre. ¿Porque mudarse? No tendrían nunca que mudarse, no había espacio en sus mentes para una segunda oportunidad de la vida. Tal vez si la policía venía y los corría… eso podría pasar pero nunca se lo preguntaban, no querían correr el riesgo de preguntárselo. Marcos tenía doce años en esos días y Laura, su hermanita contaba con apenas seis. Ambos compartían el dormitorio, luego de ser retirados todos los trastes de la mesa acomodaban la sala para dormir.

Amanecía, la escuela, la chatarra, la cena y de vez en cuando un picadito con quien anduviera cerca del potrero. Nunca un sueño, nunca una pasión que lo entretuviese, su vida rondaba la monotonía alimentada por el afán de tener siempre un pedazo de pan para mojar en el guiso o un guiso en donde mojar el pan. Sus sueños habían escapado aun antes de presentarse ante él, tal vez se dieron cuenta de la perdida de tiempo que se causarían, o tal vez nunca le habían dado una oportunidad. Y así pasaron los siguientes lentos y pesados tres años, y de pronto el tiempo comenzó a pasar a mayor velocidad. Vio como de repente lo que antes había sido la monotonía de una vida alimentada por el afán de tener siempre un pedazo de pan para mojar en el guiso o viceversa, ahora se convertía en una necesidad mas. Su madre había muerto y su padre estaba cansado y muy enfermo. Ya no era el hombre fuerte que empujaba 180 kilos de basura sobre un carrito caminando kilómetros para llevarla hasta su casa y separarla para luego ser trasladada al galpón y cambiada por dinero.

El hombre había envejecido rápido y la muerte lo encontró dormido una fría noche de agosto. ///

El Sr. Gabo nos regala un pedazo cuento del que este texto no es más que el comienzo, ya que es una historia relativamente larga para lo que estamos acostumbrados por aquí.

  1. Inicio
  2. Nudo
  3. Desenlace

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