30 La despedida

Se escondía para no verlo. Para no escucharlo. ¿Cómo le gritaba que ya no lo amaba más? Sacudirse el polvo que dejó el tormentoso camino de su matrimonio, y dejarlo ir- ¿o dejarse ir?- fue al baño, abrió la puerta del espejo y cogió unos potes de pastillas. Vistió al niño, como si fuera una ocasión especial, – ¿lo era?- salió con él en el auto y lo llevó a casa de su abuela. Siempre pensó que su madre era mejor madre que ella, y definitivamente era el mejor lugar para albergar su alma, su ansiedad, su dolor. Para albergar la inocencia del niño, que se aproximaba a perder, y que creciera en un buen lugar.

Traía llaves, pero tocó la puerta. Su madre salió a abrir. En el aire estaba la inminente pérdida. La atmósfera se inundó de intrascendencia, de una permanente necesidad de desahogo. Le dejó al niño, y no dijo palabra alguna. La abrazó tan fuerte, como quien afirma algo para que no caiga al vacío, despidiéndose inconsciente y prematuramente.

Ambos, el niño y la madre, tenían la horrenda sensación del desapego, de la pérdida de la respiración, y aún peor, de la fe.

Se subió al auto y comenzó a partir. Siempre fría, siempre tácita.

El niño, como sabido de su decisión, se rehusó a entrar en la casa, y se zafó de los brazos de su abuela mientras gritaba desgarradoramente ¡Mamá, vuelve! Caso omiso a sus gritos, partió, el último viaje que pretendía hacer.

Cuando llegó a la esquina comenzó a llorar, llorar como si estuviera en el funeral de su propia alma, como si supiera lo que sufrirían los demás y se anteponía al duelo. ¿Ahora qué hacía? ¿Era posible arrepentirse, dar vuelta la calle, y recoger al niño, llevarlo a casa y darle un beso de buenas noches como si nada hubiera pasado? La costumbre la había consumido. Le robó la sonrisa, esa hermosa sonrisa que hizo que su marido se enamorara de ella y que hoy incongruentemente se la robaba. Abrió el primer frasco y lo vació en su mano.

Se casó con el porque quería una familia, porque lo amaba. Sí, lo amaba, por eso le era tan inefable no conseguir vivir más tiempo con él, que todo ese amor se transformara en un desprecio inexplicable, que corroía su existencia…

Su mano sudaba, temblorosa… ¿Cuántas formas posibles de matar existen?

El segundo cuento de Jocelyn, preparando ya el día de los difuntos…

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: