88 No somos más que carne y vísceras

Huele terriblemente a meados antiguos y a humedad. Sentado en el suelo, la sensación empeora. Estás a la altura de toda la porquería: las colillas, la basura, los trozos de papel higiénico sucios de los restos de algún culo en apuros. Sentado, con la nariz saturada por el hedor, dirijo la mirada primero hacia el muchacho y luego a mi mano apoyada en el vientre. El chico mantiene sus ojos sorprendidos sobre mí y el cuchillo le retiembla. Imagino que no pensó que esto fuera a acabar así. Yo tampoco.

Me miro la mano cubierta de sangre sujetando el abdomen desgarrado, y más que la imagen, me asusta el olor dulzón y persistente que exhala de la herida mezclado con el de los orines, las cañerías atascadas por excrementos añejos, el temor del muchacho y mi propio miedo. ¿Se puede vomitar en mi estado? Me sobrevienen arcadas que hacen que una sangre negruzca borbotee de la herida y con ella más olores, más vísceras. Aparto la cabeza y vomito. El chico sale corriendo del baño de la gasolinera. Supongo que no es un espectáculo agradable. Ahora entiendo a mi padre.

Mi padre y mi madre no tenían mucho en común, diría que la lectura era lo único que les podía unir y aun así los Sven Hassel o Lafuente Estefanía de mi padre miraban burlones a los Dostoievski, Kafka o Chéjov del bando de mi madre.

Mi padre era un buen tipo que, inevitablemente, sacaba de sus casillas a mi madre, especialmente cada vez que contaba la historia de mi nacimiento.

  • Y ahí iba yo, con mi R8 sacando chispas, rezando para que Natalia aguantara. Sus chillidos y mis juramentos se debían oír por toda la ciudad. Estábamos en la circunvalación, apenas a dos kilómetros del hospital, pero no íbamos a llegar. ¡Diablos! Me gritó que parara, que el crío ya venía así que lancé el coche al arcén y me fui al asiento de atrás, a ver qué podía hacer.¿Qué podía hacer? Mirar, eso es lo que hice, poco más. Veía a Natalia sudorosa, hinchada y deforme y yo con las manos abiertas pidiéndole que respirara de tal o cual manera. Joder, lo que había visto en las películas. El crío ya venía. Se veía algo sucio y sanguinolento salir de entre las piernas. Yo seguía animando como si estuviera en un partido de fútbol y Natalia, como un ogro rojo, haciendo fuerzas. Al final la cosa salió y con él un buen chorro de mierda. ¡Os lo juro! De tanta fuerza que hizo, salió todo lo que tenía dentro. Los nervios, la peste del sudor, la sangre y los excrementos fueron demasiado para mí, vomité todo lo que llevaba en la maltratada alfombrilla del R8. ¡Qué espectáculo! Casi vomito encima de mi primogénito, ¿lo podéis creer?

Aquí mi padre siempre aprovechaba para echar un trago, hacía una pequeña pausa y observaba la reacción del público.

  • Mientras me recuperaba, Natalia cogió al niño y lo limpió lo mejor que pudo. Yo fui a buscar un teléfono para llamar al hospital y al cabo de veinte minutos, oíamos las sirenas de la ambulancia. Cuando se llevaron a Natalia y al pequeño al hospital, yo enfilé entre arcadas hacia una gasolinera para limpiar todo el desaguisado que había quedado detrás.

Y esta es la historia de mi nacimiento, mil veces contada entre las muecas de disgusto de los asistentes y el enfado de mi madre. Pero como digo, mi padre no era un mal tipo, simplemente no sabía cuándo estar callado. Yo me parezco más a mi madre.

Casi no duele. Parece que la tripa se haya comido la mano. Ya no queda nada que detener, todo está fuera, a mi alrededor, en un charco de sangre y suciedad. En el borde, una hoja manchada y con las esquinas quemadas; “Alguien debió de haber calumniado a Joseph K., porque sin haber hecho nada malo, fueron a arrestarlo una mañana”. Como si las acciones necesitaran de un motivo. Mírame a mí Joseph, ¿crees que me esperaba esto? ¿Que lo merecía? ¿Que el chico sabía lo que hacía? ¿Crees que el bueno de Kafka te escribió para que acabaras en un baño de gasolinera medio calcinado y cubierto de mierda? A veces, simplemente, las cosas ocurren.

Oigo las ambulancias. Tampoco esta vez van a llegar a tiempo. Es una lástima, porque tengo curiosidad por saber quién va a limpiar este desaguisado.

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