La tortuga

El perro ladraba sin parar tratando de imponerse sobre el incesante cacareo de las gallinas. El relincho de los caballos colaboraba a la confusión y, en definitiva, en la granja reinaba un tremendo guirigay de ladridos, mugidos, cloqueos, balidos, cacareos y todo tipo de voces de los animales que habían acudido a la reunión.

En el centro del tumulto había una tortuga, pequeña e intimidada.

  • ¡Habla! – le ladraba el perro
  • ¡Bufa al menos! – balaban en coro las ovejas
  • ¡Di algo o te aplasto! – amenazaba el caballo percherón, relinchando y pateando el suelo
  • ¿No sabes siquiera croar? – hasta los sapos y las ranas se atrevían con ella

Pero, ¿qué puede decir una tortuga? Ha visto cosas, es cierto. Ha cruzado el océano y ha vivido más que todos los animales de la granja juntos pero, ¿qué dice una tortuga?

Una tortuga no bala, ni brama, ni croa, ni ruge. Una tortuga no ladra ni maúlla, ¿qué puede decir una tortuga? ¿De qué le vale a la tortuga todo ese conocimiento si ni muge, ni pía, ni ladra?

Así, la tortuga se mete dentro del caparazón y espera. Y reza por ser capaz de emitir algún sonido que le salve de la multitud ensordecedora.

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