La amistad está sobrevalorada

El caso es que yo tengo un amigo con el que me llevo muy bien y él, a su vez, tiene otro amigo al que yo no conocía de nada. Un día se presentó con él y estuvimos tomando unos vinos. La verdad es que es un tipo francamente simpático y desde entonces hemos quedado más veces, mi amigo, su amigo y yo, sin ningún problema y lo hemos pasado bien. No sé muy bien a santo de qué, pero un viernes, este amigo (el amigo de mi amigo), aparece en una de estas quedadas con dos personas, amigos suyos, según parece, que ni yo ni mi amigo conocíamos con antelación. Donde caben tres caben cinco y en lugar de tres vinos y tres pinchos, se sacaban cinco vinos y cinco pinchos y santas pascuas. No es cuestión de discutir.

Sea como fuere, esta acumulación de amistades me hizo pensar. No es que yo tenga nada en contra de los amigos del amigo de mi amigo, pero ¿dónde está el límite? ¿Puedo considerarlos amigos míos? ¿Sus amigos, si los tuvieran, serían a su vez amigos míos? Si, por circunstancias, hubieran procreado y tuvieran hijos, ¿serían sus hijos necesariamente amigos míos? ¿Y sus cuñados, tíos, nietos? ¿No es esto tomarse la amistad muy a la ligera? Yo a mi amigo le conozco desde que éramos críos, nuestras familias eran vecinas y hemos estudiado juntos la mitad de la vida. Su amigo, bueno, su amigo es simpático, ya lo he dicho, pero no le conozco tanto y ya, si encima se trae a sus propios amigos, ¿no desplaza y degrada mi amistad original? Para ser sinceros, ahora mismo me encuentro algo incómodo en este grupo de amigos, ligeramente perdido entre tanta muestra de amistad, sobre todo porque yo soy más bien contenido.

A lo que iba. El caso es que yo tengo un amigo, bueno, un conocido…

Deja un comentario