85 El sentido de la vida, el universo y todo lo demás

La imagen que devuelve el espejo no parece la de un triunfador. La cara sudorosa por el esfuerzo, los ojos vidriosos, un trozo de, ¿qué es realmente eso verde que cuelga de la comisura de los labios? No lo quiero saber. Me lavo rápidamente la cara, me enjuago la boca para quitar el amargor de la bilis y vuelvo a la mesa.

Cena en un japonés. Una brillante idea de mi dorada mujer. La miro y tengo que entrecerrar los ojos de lo que deslumbra. Parece un Golem. Quince años de casado, dos hijos. Tal vez hoy hagamos el amor. No es sábado, pero es mi cumpleaños. Una vez casi hasta follamos, pero hoy no se va a dar.

  • Felicidades cariño

Sonrío para disimular que cierro japonesmente los ojos al mirarla. Noto los restos de bilis y lo que es peor, trozos de esas algas y hierbajos que flotaban en la sopa. Cinco años de carrera, cuatro de doctorado, seis de noviazgo, diez largos años hasta llegar a director.

Pido la cuenta. Son doscientos, el sake es cortesía de la casa.

Me reflejo en mi esposa más nítidamente que en el espejo. Me observo y digo “Cuarenta y dos”. Ahora está claro. Por fin lo entiendo.

Le digo que me he olvidado algo en la oficina, que se lleve el coche, que yo cogeré un taxi. No, no hace falta que espere despierta, comento.

Veo como se aleja en mi BMW, tan caro, bello e inútil, como ella; como yo.

Robo una toalla del cuarto de baño, voy a la parte trasera del restaurante, me deshago de la corbata y me pongo a hacer autostop.

Cuarenta y dos. Ahora sé lo que tengo que hacer.

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