44 El poder de la sugestión

Tuve que dejar el pueblo porque la gente empezaba a mirarme mal. Expliqué lo sucedido a la policía y me miraban pensando eso no hay quien se lo crea”. Sin embargo no encontraron nada y tras unos meses de acoso me tuvieron que dejar ir.

Tras finalizar la universidad conseguí trabajo en la única farmacia del pueblo. Era un pueblo bastante grande y con una sola farmacia siempre había alguien al quien atender.

En invierno no es que el pueblo se quedara físicamente aislado, pero todo el mundo se encerraba en sus casas, en sus pensamientos, en sus conchas y salía lo justo y necesario.

En invierno la gente acudía al farmacéutico como al camarero del bar, a contarle sus penas, tristezas que les provocaban dolores físicos para los que buscaban tratamiento. Confiaban en que aliviando el dolor físico se pasara el espiritual. Ya se sabe, acabado el dolor de estómago se van las penas… ¡que cosas tiene la gente!

El caso es que de tanto tratar dolores del alma con placebos, jarabes para la tos y aspirinas se me iba envenenando la mente con tanto quejido. Año tras año los mismos males recurrentes, ora como terribles migrañas ora como punzadas en el estómago.

Les miraba, sonreía y pensaba… “el año pasado fue la pierna, este año la garganta, ¡a ver que tenemos el que viene!”

Me salió sin pensarlo demasiado, supongo que si lo hubiera meditado un poco habría continuado con la rutina invernal, pero ya mi voz salía libre sin que conscientemente yo hubiera dicho nada.

  • ¿Sabe señora Encarna? La verdad es que me tiene usted preocupada. ¿Se acuerda de los dolores que tenia en el pecho el año pasado? Le oprimían y apenas le dejaban respirar, ¿recuerda? Y este año el brazo izquierdo.
  • Si, hija mía, una ya está mayor y tiene achaques por todos los lados
  • Venga mujer, usted no es tan mayor. No… yo creo que es otra cosa. Francamente, últimamente está usted muy desmejorada. No sé. Me preocupa. Me preocupa mucho. Recuerdo leer en una revista de medicina un caso con unos síntomas muy parecidos a los suyos. Era en Francia. Una enfermedad muy peligrosa e incurable. Acabó con la vida de 12 personas en una semana y luego… ¡zas! Como vino se fue. Nadie supo qué fue exactamente lo que paso. Una desgracia.
  • ¡Qué me dices! ¿Y yo tengo esos síntomas? ¿Los de esa enfermedad mortal?
  • La verdad es que son muy parecidos, si. Por si acaso, en lugar de la pomada para el brazo, le voy a dar unas pastillas. Son experimentales y pueden tener efectos secundarios, pero no me gustaría arriesgarme.
  • Ay, si si hija… dame ya esas pastillas. La verdad es que también me ha dolido mucho la cabeza estos días, pero no le había prestado atención.
  • ¿La cabeza? Encarna, haga el favor de comenzar a tomar las pastillas ya. Una cada 12 horas durante dos semanas.

Cogí una caja de placebos de color azul y se los pasé a la asustada mujer.

  • Recuerde, una pastilla cada 12 horas. No se le vaya a olvidar.
  • Descuida hija, no se me pasará.

La mujer falleció al cabo de 3 días. No veía relación con lo que le había contado. Realmente era una señora bastante mayor y su muerte entraba dentro de lo normal.

Yo seguía con mi juego. Recetando placebos letales. Los médicos asustan, pero a una farmacéutica se le enseñas llagas como si fuera un miembro de la familia. Les puedes recomendar lo que sea, que te harán caso.

Daba tratamientos experimentales de azucarillos de colores a gente que venía con pequeñas heridas en la boca. Les asustaba con las graves consecuencias que podría tener ese rasguño en la pierna.

Había aguantado sus lloros, sus enfermedades imaginarias durante años, no veía que había de malo en ser yo la que se inventara enfermedades y remedios.

No debió de pensar así la policía y tras la quinta muerte del invierno, me hicieron una visita. Sospechaban que había envenenado a las víctimas… pero no había más que azúcar en sus estómagos. “¿Insinúa señor policía que les he matado con azucarillos?”

Curioso el poder de la sugestión.

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