65 Corre Josemari, corre

Reunión de gallinas cluecas“, piensa Josemari al pasar frente a la salita donde todos los jueves se reúne su mujer con las amigas. Enfundado en una bata de cuadros escoceses, arrastra las zapatillas de felpa hacia la cocina. Prepara un vaso de leche caliente, 4 galletas y de vuelta al sillón de la habitación.

Viejas cotorras, pellejos chismosos, loros desplumados“. Para a coger aliento delante de la salita. Escucha.

  • Pero algún capricho ya te darás ¿no, Mari? No me digas que no vas a darte alguna alegría.
  • ¡Ni lo dudes! Un viajecito o dos seguro que cae. ¡Habrá que ejercer de viuda alegre! Pero primero quiero remodelar el piso, que huele a alcanfor. Sacar un dinerillo con la colección de sellos de Josemari, que seguro que tienen más valor que la pensión de viudedad que me quede. ¡Y el escritorio! Ese trasto lleva en la familia siglos, seguro que vale un dineral. Hoy en día se vende todo por Internet me ha dicho mi hija.
  • ¿Y la ropa del viejo?
  • Para Cáritas, si la quieren
  • Chica, desde luego rica no te harás pero ¡oye!, más que suficiente. Y siempre te puedes echar un nuevo marido.
  • ¿Y perder la pensión? Mejor un querido, o dos
  • ¡Picarona! ¡Muy planeado lo tienes todo!
  • En un par de meses Josemari está abonando las lilas del cementerio. ¿Has visto como tiene la tensión? ¡16 le dio la última vez! ¿Y los triglicéridos?

Carroñeras, miserables viejas sin oficio, hienas desdentadas. ¡Os voy a sobrevivir a todas garrapatas inmundas!

Josemari avanza hacia su habitación con dificultad, sujetando el vaso con las dos manos para evitar que la leche se derrame con el movimiento, con las galletas en la boca y la cara congestionada por la ira y por la dificultad para respirar.

¡Chochas! ¡16 de tensión! ¡Eso lo bajo en menos de una semana! Iré a todos vuestros funerales con una sonrisa de oreja a oreja. No somos nada, diré, no somos nada. ¡Viejas chochas!

El viejo se encierra en su habitación y empieza a rebuscar en los armarios. Se cambia de ropa con dificultad, a su edad es normal. Se repasa en el espejo de cuerpo entero del armario, satisfecho a medias con lo que ve y se dirige a la puerta. Va a salir.

  • Cariño, bajo a la calle a dar un paseo.
  • Pero lleva un abrigo, que hace fresco.

José María López Cortázar, 86 años de pura decisión. Pantaloneta gris, muñequeras y cinta para el pelo, sudadera gris con capucha “por si refresca”, calcetines negros (es lo que encontró) y zapatillas blancas.

A José María López Cortázar le empuja el afán de sobrevivir a su mujer. Alrededor del parque de San Adrián la gente disminuye su zancada para no adelantar la carrera famélica del corredor.

José María corre y murmulla entre dientes, “gusano, buitre, desperdicio, buena para nada… te incineraré y echaré tus cenizas por el retrete. ¡Ya veremos quién ríe el último!

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