Calor

El veranillo de San Miguel. Hay que contar con unos días de calor antes de que el verano toque a su fin y aceptemos de mejor grado quedarnos en casa.

Nadie debería morir con tanto calor.

Miro a mi derecha y hay señoras enlutadas abanicándose, sudando la gota gorda. A mi izquierda, un padre más gordo de lo que le gustaría a su esposa, trata de que su niño vestidito de domingo se esté quieto y calladito. Tiene grandes manchas de sudor en la sisa de la camisa.

Miro hacia arriba buscando algo de aire fresco.

Al ver el techo plano del recinto, me acuerdo de las iglesias de mi pueblo. Dos iglesias y una ermita. Las iglesias pequeñas, altas y frescas. Recuerdo a las viejas en verano con una rebeca encima de los hombros y en invierno con enormes abrigos forrados de plumas o de algodón o de lo cualquier cosa que impidiera que el calor, o el alma, saliera del cuerpo. Iglesias de piedra. Bajo cero en invierno.

Dios está en todos los lados, pero le cuesta a uno imaginarlo entre estas cuatro paredes que más parecen un pisito de soltero, sudando la gota gorda.

El calor impide que me concentre en el discurso. En las elegías sobre el difunto. Un hombre querido, a tenor por la cantidad de gente que hay en la iglesia.

Me sorprendo sonriendo. Me doy cuenta y vuelvo al gesto serio que exige la ocasión. Me había venido a la cabeza la idea de que hayan decidido incinerar el cadáver. Con este calor, es como poner chuletas en la barbacoa.

Bien, esto se acaba.

Miro a los feligreses desde el altillo que hace de púlpito.

  • Hijos míos, podéis ir en paz

Espero unos minutos. Me quito la sotana y me refresco la cara con agua sin bendecir. Me da tiempo a tomar un refresco antes de la siguiente misa.

Dejo mi pisito de soltero y me acerco al bar de Luis.

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