Ay Leopoldo

No ha de extrañaros, ni penséis que es inmoral o extraño que se coma carne humana, sea blanca o negra ¿Acaso nuestro señor Jesucristo no dijo “tomad y comed todos de él porque éste es mi cuerpo”? Así pues, comed tranquilos del cuerpo de nuestro rey, filántropo, ferviente católico y él mismo gran devorador de almas.

El banquete-funeral estaba servido y a pesar del alto precio del cubierto condes, duques, reyezuelos, familiares más o menos cercanos y amantes abarrotaban el enorme salón dispuesto para la ocasión.

Había más asco que pena en la mesa y aunque el plato principal fuera viejo y reseco, el postre que podía llevar asociado hacía que mereciese la pena. Si París bien valía una misa, el Congo Belga supondría una comida y más de un ardor de estómago.

La baronesa de Vaughan ocupaba una presidencia de la mesa, mientras la otra era encabezada por el difunto y plato principal. Comía divertida fruta escarchada bañada en chocolate negro, la favorita de Leopoldo, de Leo, mientras paseaba la mirada entre los asistentes. Al acabar, tras limpiarse ligeramente la comisura de los labios, se dirigió a los sirvientes de librea: “Podéis comenzar a servir”.

Obedientes, los sirvientes aproximaban los platos argentos a la bandeja, recogían la pieza que tocaba y la ofrecían según el orden que la baronesa había establecido previamente. “¿Salsa?” “Sí. Muchas gracias”

Qué tontería – pensaba la baronesa – cosas mucho más desagradables he visto hacer a todos y cada uno de los comensales. Sin banquete no hay herencia y sin herencia, bueno, la baronesa no nació para labrar la tierra. Hace una seña a uno de sus sirvientes, le murmura algo al oído y sigue saboreando las delicias escarchadas.

Al poco tiempo, retorno el sirviente cargado con un plato dorado y humeante con una pieza de no menos de media libra de carne, recubierta de hierbas aromáticas y con acompañamiento de verduritas. Es la hora de la homilía.

Excelentísimos caballeros y damas. Amigos todos. Quiero agradeceros a todos vuestra asistencia al funeral de nuestro amado Leopoldo. Sé que no es fácil en estos momentos de dolor y que quizá el encargo sea difícil de digerir, pero Leopoldo no fue siempre bien entendido y aun así, bien sabéis que gracias a él, gracias a las decisiones difíciles que tomó en vida, hemos progresado todos.

Leopoldo concibió la vida como un sacrificio y quiso celebrar la muerte como una continuación lógica, por eso estamos aquí, celebrando este banquete, para honrar su memoria.

Tras la comida, tal y como Leopoldo dejó dispuesto, procederemos a la lectura del testamento que se realizará en la Habitación de los Espejos.

Damas y caballeros, el camino a la Habitación de los Espejos pasa por este suculento y extraño banquete. Así pues bon appetit.

Dando ejemplo, la baronesa se sienta nuevamente, coge el tenedor y el cuchillo de cachas de marfil y comienza parsimoniosa a cortar la carne. Aunque sabe que, al contrario de los demás, en su plato hay corzo, pero le cuesta llevarse el tenedor a la boca. Ni ahogados en salsa entraban los filetes al buche.

Ay Leopoldo. Tantos años juntos y no conocía yo esta rama guasona tuya.

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