12 El caso del condón asesino: el inspector Carlos

La tormenta de verano había pillado a Carlos en el piso de unos conocidos. Realmente, en una ciudad tan pequeña era difícil no conocer a todo el mundo.

No era una visita de placer. Nunca es agradable comunicar una muerte y en los últimos meses se había convertido en una dolorosa rutina para el inspector.

Tenía además que mirar si había algo en la habitación de la chica, alguna pista, algún indicio que les pusiera sobre la pista del asesino.

El tipo actuaba con tanta rapidez que Carlos se pasaba más tiempo yendo y viniendo de la morgue, rellenando informes y comunicando desgracias que investigando. El caso no avanzaba, y el asesino iba a un ritmo de muerte por semana. Demasiado para la ciudad y para un cuerpo de policía más acostumbrado a sestear y a comentar los resultados del fútbol que a investigar asesinos en serie.
El llanto de la madre de la chica le trajo de nuevo a la realidad. “Vamos, Carlos, céntrate. Aquí puedes encontrar la aguja que necesitas para empezar a hilar todo este embrollo”.

  • Mari Carmen. Necesitaríamos ver la habitación de Rebeca. Ya sabes, por si hay algo que nos ayude en la investigación.
  • Está por ahí. La segunda habitación al final del pasillo – contestó el marido.
  • Gracias. No tardaremos mucho.
  • Tómese el tiempo que necesite.

No es bueno conocer a la gente cuando ocurre algo así. Hurgar en sus vidas, revolver en su intimidad… Son gente con la que has compartido cosas, aunque sea una partida de mus. Tus hijos van juntos al colegio, coincides en excursiones, eventos,… Y ahora estás aquí, en su casa, buscando entre las cosas de su hija, elucubrando sobre secretos, infidelidades, venganzas,… echando porquería sobre unas vidas hasta hace poco tan ejemplares como las de cualquiera, con sus mismas manchas; ni mayores ni peores.

Supongo que la habitación de la chica es como cabía esperar. Con 18 años se es ya una mujer, pero no acaban de creérselo cuando viven en casa de los padres. Posters de gente que la tele les dice que canta bien, libros y apuntes de la carrera, muñecas, peluches, el ordenador,…

Carlos dejó la casa de sus padres al empezar la carrera. Se fue a Zaragoza a estudiar y cada vez que volvía a casa se sentía prisionero de su habitación y las normas de convivencia de sus padres. La misma habitación en la que antes se hacía fuerte frente al mundo se convertía en una diminuta prisión.

Lejos quedaban ya la ebullición del punk y las crestas rojas y moradas con las que martirizaba sus padres. Quien le iba a decir que acabaría de inspector de policía. “Mucha policía poca diversión. Represión, represión.” Je, cuánta razón tenía entonces. Pero claro, antes no tenía necesidad de llevar un plato de lentejas a la mesa. Y ahora le gustaba que las lentejas llevaran también algo de chorizo. Así que se cambió la cresta por una más que incipiente calva y se comió sus principios, lo que le permitió tener una barriga no excesiva, pero si muy digna.

Paseó la dignidad de su volumen por la habitación de Rebeca, mirando en los cajones, debajo de la cama, entre los libros y encontrando lo que la habitación le había predicho. Un diario con algunos nombres de pretendientes que convendría investigar, pequeñas confesiones de amigas, algún folleto de pubs de moda por los que se tendría que pasar (que pereza) y poco más.

Supuso que el grueso de la información estaría dentro del ordenador y del teléfono móvil. Fotografías, SMS, mensajitos en el messenger,… Lo más tecnológico que Carlos tuvo en su vida fue un vídeo beta, así que les comunicó a los padres que se tendrían que llevar el ordenador y el teléfono móvil a comisaría para que los investigara la “Brigada tecnológica” (el nombre lo había sacado de una novela, y le pareció lo suficientemente redondo y creíble como para utilizarlo).

Listo. Había terminado en la casa.

A ver si del ordenador y del móvil salía algo con lo que poder trabajar. No le gustaría tener que recibir un nuevo ‘mensaje’ del fulano para poder avanzar.

Con lo que tenía hasta ahora no había mucho con lo que trabajar. Apenas su instinto. Y su instinto le decía que era hora de almorzar unos buenos huevos con panceta.

Había que engrasar la maquinaria de pensar.

El caso del condón asesino, una trilogía compuesta de :

  1. El doctor Prim
  2. El inspector Carlos
  3. Rebeca, la víctima

4 Comments

  1. Con el tiempo todos cambiamos, entre los huevos y las lentejas va aacabar con una barriga mas que digna. Esperando la resolución del caso.
    Un saludo.

  2. Este inspector Carlos parece un señor de esos de bar de “poteo” que grita con los amigos después de un partido del Athletic pero no, es un inspector con vida rutinaria y avanza en el caso con el peso de esa rutina… a ver cómo avanza la investigación del caso!! lo seguiremos ¡vive dios!

    Ya “semos” dos comentando! oeoeoeeeeee :o)
    Abrazos

  3. La evolución es preocupante. El tiempo dulcifica el carácter?. Es sólo un malestar pasajero?. Hemos pasado en pocos meses del humor sádico, del que da reparo reírse pero que es catártico, al inspector Carlos, que ya desde la primera frase parece envuelto en rancios olores hogareños y en pantuflas. Trasmite una agradable pereza y somnolencia, sólo espero que por arte de esos giros maquiavélicos a los que nos tienen acostumbrados no se convierta en el asesino en serie…..

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