02 Antonio Latranca

Se llamaba Antonio, como su padre. Antonio Latranca. De pequeño tuvo que aguantar muchas burlas, pero este nombre le llevó al estrellato.

Antonio Latranca era actor. Actor porno. Famoso y reconocido. Sucesor del gran Rocco y de otros menos grandes que se empeñaban en meter su instrumento de trabajo en vasos de cubatas. En el norte, de donde era Antonio, los cubatas se sirven en vaso ancho y no en vaso de tubo, quizá por eso nunca se le ocurrió mojar el pirulí en ron con cocacola.

Como decía, Antonio era actor porno. Le gustaba su trabajo y encima no había tenido que adoptar ningún nombre artístico. Triunfaba en EE.UU. que es donde se mueve el dinero. Grandes super-producciones eróticas, fama, revistas. Vivía bien.

Empezó en esto de broma, por el apellido… y por lo que colgaba, claro. Además era un hombre cumplidor. No es que no se cansara, ni que fuera un super-hombre, pero a Antonio los tacones le volvían loco. En cuanto veía un tacón alto, empezaba a palpitar y conseguía unas tremendas erecciones que eran la envidia de los depilados comedores de Viagra con los que competía.

En este negocio, para goce de Antonio, a las actrices les podía faltar mucho vestuario, pero desde luego nunca faltaban unos buenos zapatos de tacón alto.

Eso había mantenido en pie la carrera de Antonio. No es que las mujeres no le gustaran, ¡claro que le gustaban! Pero le gustaban mucho más los zapatos de tacón. Sus grandes actuaciones se las debía a los zapatos de tacón. Negros con cinta y tacón de 7 cm., abiertos en la punta, con incrustaciones y tacón de cristal, cerrados con cordones y larguísimo tacón de 10 cm.

Un día, tras una una jornada en la que no había andado muy fino (era una escena en una piscina y habían decidido que las chicas no llevasen zapatos… ¡por dios que era una película porno! ¡Hasta en la piscina se pueden llevar zapatos de tacón de aguja sin que el guión se resienta!), se acercó a la zona de vestuario y cogió un par de zapatos. 5 cm, grandes para ser de chica, un 40-41 calculaba a ojo. Allí mismo, se los calzó y se puso de pie. Aguantaba bien. Le apretaban un poco, sobre todo delante que era donde cargaba todo el peso. No se atrevió a andar. Se quedó de pié semidesnudo, calzado con los zapatos y con una de sus gloriosas erecciones.

Antonio, le cogió gusto a calzarse los zapatos de tacón. Tardaba más que los demás en irse a casa. Aguantaba en su camerino un tiempo hasta que los demás se iban a casa. Entonces, localizaba algún zapato que le gustara y se los ponía. “Soy el hombre más fuerte del mundo”, pensaba mientras se miraba en el espejo.

Daba pequeños paseos por el camerino, acostumbrándose al vértigo de verse 5-7 cm más alto, más fuerte, más poderoso. Cada vez andaba con más facilidad y si al principio escogía zapatos con un tacón pequeño, hacía ya semanas que se contoneaba con zapatos de 7 cm de tacón sin ningún problema. Paseando, saludando, girándose, manteniendo el equilibrio con un sólo pie.

Su camerino era estrecho, y alguna vez había pensado en salir al pasillo y corretear con sus zapatos recién estrenados. Pero no se atrevía. ¿Y si le veían? ¿Qué iban a pensar? Su carrera funcionaba bien. Dentro de un par de años podría retirarse, retirarse rico además, y siendo rico, podría ser todo lo excéntrico que quisiera. Jerseys de angora y zapatos de tacón.

  • Este Antonio, que cosas tiene. Es un excéntrico
  • Si es un excéntrico

¿Qué significa excéntrico? ¿Que está fuera del centro? ¿En la periferia?

Si, en un par de años podría estar donde quisiera. En la periferia o en un piso de cristal en el centro de la city londinense viviendo con 27 gatos si quisiera, pero por ahora tenía que tener cuidado.

El paso de 7 a 10 cm. fue algo más complicado de lo que esperaba. Creía que ya dominaba las alturas, que había conquistado las cumbres menores sin problemas y que era hora de enfrentarse a las grandes torres.

Tenía echado el ojo a unos zapatos imposibles. Cerrados hasta los tobillos, con cordones y con un tacón infinito que no dejaba apenas sitio para apoyar el pie. Sólo se apoyaba la punta de los dedos. Desde luego, nada de corretear con estos zapatos. Eran el Everest. La cumbre definitiva que se debía escalar. La prueba final. La que le iba a decidir si estaba listo para vivir y vestir como quisiera o bien debía conformarse de ir con traje y corbata, como un becario bueno que va a la oficina a que le exploten por 600 € al mes.

Estaba preparado. Él se sentía preparado. El jueves subiría el Everest. Sin sherpas ni oxígeno. Antonio Latranca, aventurero y conquistador.

  • Vienes Antonio (antonyo), hay una fiesta en casa de Tamita
  • Si enseguida voy. Tengo que recoger unas cosas. Id yendo, estaré con vosotros en 1 hora o 2.

Dos horas para llegar a la cima.

Nadie en el pasillo. Tranquilo. Tranquilo. Espera 5 minutos más.

Se acercó a la zona donde se guardaban los zapatos y ahí estaba el Everest. Inmenso y pidiendo que alguien lo ascendiera y le diera sentido. Cogió los zapatos y rápidamente se los llevó a su camerino.

Se sentó en su silla, la que tenía grabado su nombre en letras blancas. Se descalzó y respiró hondo mirando los zapatos. Levantó la vista. Que diferente iba ser lo que se viera desde la cumbre.

Aflojó un poco los cordones de los zapatos y se los puso con cuidado. Eran más estrechos de lo habitual. Nadie dijo que fuera fácil.

Fue apretando ahora los cordones. Despacio, notando como el cuero del zapato se ajustaba a sus pies. Disfrutaba la escalada. Sabía que todavía quedaba la parte dura, pero aquí es donde uno gana la confianza necesaria para enfrentarse a los metros finales.

Ya estaba. El Everest en sus pies. Sus suaves, negros y encuerados pies. Veía la cima. Sabía el recorrido. Solo había que coger algo de aire y lanzarse.

Apoyó las manos en los brazos de la silla. Respiró hondo, cogió impulso y se levantó. ¡Había conquistado el Everest!

[The Miami Herald] Esta mañana ha sido encontrado el cuerpo de un actor en los camerinos de una de las principales productoras de películas eróticas del país.

Al parecer el cuerpo presentaba una fuerte contusión en la nuca que pudo provocar la muerte al actor Antonio Latranca.

El cadáver estaba completamente desnudo a excepción de unos zapatos de tacón alto.

La policía cree que la muerte pudo ser accidental, quizá producto de alguna sobredosis, aunque la investigación permanece abierta.

Se le olvidó. Simplemente no pensó en cómo bajaría la montaña. Él sólo quería llegar a la cima, ¿cómo iba a pensar que se despeñaría en el descenso?

En cuanto se puso de pie, se envalentonó. Quería mirarse en el espejo. Levantó un pie tratando de dar un paso y perdió el equilibrio. Toda la caída hasta el suelo fue un continuo desfile de zapatos de tacón y gloriosas erecciones.

Así debe ser el tránsito al paraíso.

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