Calor

El veranillo de San Miguel. Hay que contar con unos días de calor antes de que el verano toque a su fin y aceptemos de mejor grado quedarnos en casa.

Nadie debería morir con tanto calor.

Miro a mi derecha y hay señoras enlutadas abanicándose, sudando la gota gorda. A mi izquierda, un padre más gordo de lo que le gustaría a su esposa, trata de que su niño vestidito de domingo se esté quieto y calladito. Tiene grandes manchas de sudor en la sisa de la camisa.

Miro hacia arriba buscando algo de aire fresco.

Al ver el techo plano del recinto, me acuerdo de las iglesias de mi pueblo. Dos iglesias y una ermita. Las iglesias pequeñas, altas y frescas. Recuerdo a las viejas en verano con una rebeca encima de los hombros y en invierno con enormes abrigos forrados de plumas o de algodón o de lo cualquier cosa que impidiera que el calor, o el alma, saliera del cuerpo. Iglesias de piedra. Bajo cero en invierno.

Dios está en todos los lados, pero le cuesta a uno imaginarlo entre estas cuatro paredes que más parecen un pisito de soltero, sudando la gota gorda.

El calor impide que me concentre en el discurso. En las elegías sobre el difunto. Un hombre querido, a tenor por la cantidad de gente que hay en la iglesia.

Me sorprendo sonriendo. Me doy cuenta y vuelvo al gesto serio que exige la ocasión. Me había venido a la cabeza la idea de que hayan decidido incinerar el cadáver. Con este calor, es como poner chuletas en la barbacoa.

Bien, esto se acaba.

Miro a los feligreses desde el altillo que hace de púlpito.

  • Hijos míos, podéis ir en paz

Espero unos minutos. Me quito la sotana y me refresco la cara con agua sin bendecir. Me da tiempo a tomar un refresco antes de la siguiente misa.

Dejo mi pisito de soltero y me acerco al bar de Luis.

No me echas tú, me voy yo (I y II)

No me echas tú, me voy yo (I)

  • ¡No me echas tú, me voy yo!

Diciendo esto, metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón. Sacó una pequeña pistola que se veía diminuta en su mano, aproximó el cañón a su sien y apretó el gatillo.

Le correspondía una indemnización de 30.270 € por los años trabajados en la empresa.

En recursos humanos (“recursos humanos”, qué palabras para designar a un trabajador) no saben ahora si ese dinero corresponde a su viuda.

No me echas tú, me voy yo (II)

  • ¡No me echas tú, me voy yo!

Diciendo esto, metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón. Sacó una pequeña pistola que se veía diminuta en su mano, aproximó el cañón a su sien y, con una sonrisa de medio lado, lo giró apuntando a la persona que tenía enfrente.

Le descerrajó 4 tiros y ha conseguido un contrato indefinido en la cárcel de Basauri.

No se puede permitir lujos, pero la seguridad de la rutina y de qué es imposible que le echen le aportan una calma y una tranquilidad que no recuerda haber tenido en su anterior trabajo.

Esto huele a chuletillas de cordero

Me encanta este olor. Me recuerda tanto al verano que casi puedo notar el calor en la cara al acercarme más de lo debido a la parrilla para echar sal y que las llamas no quemen las chuletas. Que queden en su punto exacto.

Los veranos en casa de mis tíos eran estupendos. Ellos vivían allí todo el año y de vez en cuando solíamos ir a verlos, pero los veranos eran diferentes, sobre todo al principio de julio, cuando me quedaba yo sólo algunas temporadas con ellos mientras mis padres seguían trabajando hasta que el sistema decidiera que se habían ganado su derecho a las vacaciones y a las chuletillas de cordero en casa de mis tíos.

Durante esos días sin mis padres, era el pequeño capitán del barco anclado a orillas del Ebro que era la casa. Una casa pequeña en medio de enormes terrenos de viñedo y algún que otro olivo. Mis tíos me dejaban pasear a su mastín, León, un perrazo enorme inconcebible en un ambiente urbano y que entre las viñas poseía el tamaño y carácter exacto de un perro. León me pastoreaba paciente mientras yo me hacía la ilusión de guiarlo por donde quería, alejándome por entre caminos siempre nuevos y que siempre llevaban a viñas ya conocidas por mucho que girase y buscase alternativas.

Lo mejor de esos paseos eran las tormentas. No esas tormentas con truenos e innecesarios alardes pirotécnicos, sino esas otras que se van fraguando pacientemente durante todo el día, oscureciendo poco a poco el cielo y que parece que nunca van a arreciar. Esas tormentas, que descargaban lentamente, que parece que no mocan y que acaban calándote hasta los huesos. Esas tormentas tranquilizaban a León, que miraba al cielo agradecido, aliviado de quitarse el calor siquiera durante unas horas. Esas tormentas, cuyas gotas chisporroteaban en los cables del tendido eléctrico, un ruido blanco y continuo que acababa calando lo mismo que las gotas de agua.

León y yo paseábamos despacio, disfrutando de la lluvia, del sonido de las gotas al caer contra las hojas con el fondo eléctrico de los cables de alta tensión. Sonriendo los dos, porque al volver mi tía nos reñiría cariñosamente y a mi me prepararía una taza de leche con cacao para entrar en calor mientras me secaba el pelo.

A finales de julio, siempre se celebraba la llegada de mis padres con una gran parrillada con chuletillas de cordero, txistorra y panceta, regado todo con vino que hacía mi tío y en la que nos acabábamos juntando siempre doce o quince personas como poco. Los niños estábamos jugando por ahí o ayudando un poco, poniendo la mesa, llevando la sal o la salsa especial de la tía para las chuletas.

Me encantaban esos veranos. Hacía tiempo que no pensaba en eso: la casa de mis tíos, los viñedos, las chuletillas,… es sorprendente qué acontecimientos abren de nuevo las puertas de los recuerdos. Eso pasó hace muchos, muchos años. Toda una vida. Ahora es tiempo de volver a lo que estábamos haciendo.

  • Bien, qué tenemos aquí. La causa de la muerte parece bastante clara, ¿no? ¿Nos lo podemos llevar ya?
  • Hay que esperar a que venga el juez, doctor.
  • Bien, esperaremos.

No ocurría demasiado a menudo, pero siempre había gente que se rendía a la vida y decidía tirarse a las vías del tren. Este pobre desgraciado se había electrocutado y el andén todavía apestaba a carne y ropa chamuscada. Supongo que me sonrisa estaba fuera de lugar entre tanta cara de estupor y asco, pero hace tiempo que el sol estaba acariciando mi cara en aquel andén a varios metros bajo tierra.