43 Cuando el mundo parece ponerse mas gris aún

El reloj en la pared era lo único con vida en aquella habitación oscura. Ni el bombillo en el techo podía darle calor al corazón de la chica oculta en las tinieblas.

Sola, en un rincón sin dejar de llorar, allí, allí estaba ella. La vida le había quitado todo lo que poseía menos su propia vida, pero eso para esta pequeña mujer no era nada.

Habían pasado ya casi 3 meses desde el funeral de sus padres.

“Que estúpidos fueron”, se decía para si misma esta chica de solo 16 años. Su nombre era Saavedra.

De cabello negro y ojos violeta, era única en su especie, no solo por ese aire de dolor que dejaba en cada paso si no por que, cuanto mas triste estaba, mas feliz parecían ponerse todos a su alrededor, como si su propia alma fuera una aspiradora para los pesares ajenos.

En donde ella vivía había un refrán: Apégate a Saavedra y en 3 días volverás a sonreír.

Pero, al parecer esto no podía ser aplicado sobre la chica. Ella cada día parecía ponerse peor.

Finalmente decidió cambiar aquella que era una funesta fama para si misma. Fue directamente hacia el parque donde las familias jugaban y sin darle tiempo a nadie de saludarle siquiera dijo a gran voz:

  • Toda persona que busque consuelo conmigo lo tendrá, pero oigan mis palabras, de ahora en adelante, la persona que se me acerque de una u otra forma morirá, he dicho

La gente no supo que decir, pero apenas se hubo ido Saavedra, las risas fueron inevitables, Saavedra no era estúpida, sabía bien la reacción de la gente, por lo que, ya oculta en su casa, se dijo entre risas.

  • Y todo aquel que me haga llorar, también morirá je je je

Dicho esto, se hecho a dormir tras un par de minutos de llanto.

A la mañana siguiente, el diario publicó lo siguiente: “Mueren 14 adultos y 3 niños en el parque, autopsia no revela nada”.

Saavedra no estuvo segura de que había pasado, pero francamente, no le importó.

Así comenzó la nueva vida de Canto Saavedra, la chica con aura de muerte.

Tras un periodo sin recibir cuentos, la cercanía del día de los difuntos parece que se hace notar.
Joshua Alberto nos trae esta historia y promete más, ya que esta es el Capítulo 1.
Hay más cuentos de otros autores, cada cual con sus particularidades.

Calor

El veranillo de San Miguel. Hay que contar con unos días de calor antes de que el verano toque a su fin y aceptemos de mejor grado quedarnos en casa.

Nadie debería morir con tanto calor.

Miro a mi derecha y hay señoras enlutadas abanicándose, sudando la gota gorda. A mi izquierda, un padre más gordo de lo que le gustaría a su esposa, trata de que su niño vestidito de domingo se esté quieto y calladito. Tiene grandes manchas de sudor en la sisa de la camisa.

Miro hacia arriba buscando algo de aire fresco.

Al ver el techo plano del recinto, me acuerdo de las iglesias de mi pueblo. Dos iglesias y una ermita. Las iglesias pequeñas, altas y frescas. Recuerdo a las viejas en verano con una rebeca encima de los hombros y en invierno con enormes abrigos forrados de plumas o de algodón o de lo cualquier cosa que impidiera que el calor, o el alma, saliera del cuerpo. Iglesias de piedra. Bajo cero en invierno.

Dios está en todos los lados, pero le cuesta a uno imaginarlo entre estas cuatro paredes que más parecen un pisito de soltero, sudando la gota gorda.

El calor impide que me concentre en el discurso. En las elegías sobre el difunto. Un hombre querido, a tenor por la cantidad de gente que hay en la iglesia.

Me sorprendo sonriendo. Me doy cuenta y vuelvo al gesto serio que exige la ocasión. Me había venido a la cabeza la idea de que hayan decidido incinerar el cadáver. Con este calor, es como poner chuletas en la barbacoa.

Bien, esto se acaba.

Miro a los feligreses desde el altillo que hace de púlpito.

  • Hijos míos, podéis ir en paz

Espero unos minutos. Me quito la sotana y me refresco la cara con agua sin bendecir. Me da tiempo a tomar un refresco antes de la siguiente misa.

Dejo mi pisito de soltero y me acerco al bar de Luis.

No me echas tú, me voy yo (I y II)

No me echas tú, me voy yo (I)

  • ¡No me echas tú, me voy yo!

Diciendo esto, metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón. Sacó una pequeña pistola que se veía diminuta en su mano, aproximó el cañón a su sien y apretó el gatillo.

Le correspondía una indemnización de 30.270 € por los años trabajados en la empresa.

En recursos humanos (“recursos humanos”, qué palabras para designar a un trabajador) no saben ahora si ese dinero corresponde a su viuda.

No me echas tú, me voy yo (II)

  • ¡No me echas tú, me voy yo!

Diciendo esto, metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón. Sacó una pequeña pistola que se veía diminuta en su mano, aproximó el cañón a su sien y, con una sonrisa de medio lado, lo giró apuntando a la persona que tenía enfrente.

Le descerrajó 4 tiros y ha conseguido un contrato indefinido en la cárcel de Basauri.

No se puede permitir lujos, pero la seguridad de la rutina y de qué es imposible que le echen le aportan una calma y una tranquilidad que no recuerda haber tenido en su anterior trabajo.