El grano

—Mamá, ¡mamá! Tengo un grano en la cara, me ha salido un grano, ¿me escuchas? En el lado derecho, como un lunar infecto.

—Uhm

—Un grano, mamá. ¡Un grano!

—Bien. Bueno, no será tan grave. Date alguna pomada y se te va enseguida.

—No se va, mamá. No se va a ir. Está aquí para quedarse, ¡oh Dios! ¿Te imaginas? ¿Imaginas que esté aquí siempre? No podría vivir con ello. No podría vivir con este alien en la cara. Un monstruo, mamá, un monstruo.

—Estás exagerando. Siempre exageras. Yo a tu edad…

—Tú a mi edad estabas casada hace años con papá. Estabas embarazada de mi hermano y no creo que te quedase tiempo para fijarte en granos en la cara con el tripón que tenías entonces. No me vengas con historias, madre, te llamo porque tengo un grano en medio de la jeta que me tapa la mitad de la cara.

—Pero ¿tan grande es? A ver si va a ser… ya sabes… el bicho.

—¿Cáncer? Pero mamá, a ti se te va a la olla. Es un asqueroso grano.

—¿Seguro? Mira que a tu tía Luci…

—Seguro mamá, no me vengas con paranoias.

—Mejor, mejor. Me dejas más tranquila. Entonces date algo de pomada y se pasa.

—Mamá, ya te he dicho que me he dado pomada y no se va, esto no se va. Tengo un alienígena en la cara, un extraterrestre gordo y desagradable.

—¿Y no puede esperar todo esto? Son las once de la noche, nos has pillado en la cama y tu padre está aquí protestando y diciendo que cuelgue. ¿No lo podemos hablar mañana?

—¡Estás loca! ¿Mañana? Si se ve gigante a estas horas, imagínate cómo estará por la mañana. Seguro que es como una planta, está vivo, con la luz del sol crecerá y crecerá. ¡Qué asco, mamá! ¡Qué asco!

—Bueno cálmate. Échate a dormir. Quédate en la cama un par días. Di en el trabajo que tienes gripe, a fin de cuentas, es como si estuvieras enferma, ¿no? Yo te llevo la comida, no te preocupes, y evita los espejos, todos. No te maquilles, la cara limpia, lávate solo con agua y jabón. Frótate con bicarbonato en el grano dos veces al día, por la mañana y por la noche, antes de acostarte. Esparce el bicarbonato y masajea suavemente la zona con los dedos índice y corazón, en círculos, durante uno o dos minutos. Cuando hagas esto, ten la pierna del lado del grano… ¿la derecha?

—La derecha

—Bien, ten la pierna derecha levantada, ¡no te tumbes! Haz todo esto estando de pie. Mantén la pierna derecha levantada, como te digo. Si puedes haciendo un ángulo recto, de noventa grados. Es recomendable, pero no estrictamente necesario. Debes aguantar durante los dos minutos que te estás masajeando la cara con el bicarbonato. Es normal que no aguantes con la pierna en ángulo recto todo el tiempo, pero no la apoyes nunca en el suelo, ¡nunca! Evita el café, y todos los lácteos, sobre todo el queso, es muy graso y contaminante, no te hace bien, y el segundo día ayuna por completo, toma solo agua y zumo de pomelo sin azúcar. El zumo de pomelo te lo debes tomar tres veces al día: nada más levantarte, a mediodía y a las seis de la tarde. Tiene propiedades secantes y sirve para tensar la piel y eliminar las arrugas. Recuerda lo de los espejos; no te mires en ellos. No es que no te vayas a reflejar, como los vampiros, es porque hay mucho componente psicosomático en la desecación de un grano. Si te miras la cara y lo ves, te estresas y generas endorfinas que inciden en su curación. Tu cuerpo es sabio, cariño, y reacciona de forma desagradable si tú te encuentras desagradable. Es un espejo interior, te lo creas o no.
Descanso en cama, bicarbonato, pomelo y evitar los espejos. No hay más. Con eso en dos días tendrás la cara impoluto y mucho más suave de lo que nunca la has tenido.

—Gracias mamá. Mil gracias. No sé qué haría sin ti, eres un sol. Ahora mismo mando un correo al trabajo para decir que no me encuentro bien, y mañana por la mañana aviso de que estoy enferma y que no iré a trabajar. Eres sol.

—Muy bien cariño. Ahora a dormir. Un beso.

—Un beso mamá, y dale otro a papá. Descansad.

—Dirás lo que quieras Mari Carmen, pero esta generación es medio boba o boba entera.

—No te quito la razón, Manolo, no te quito la razón. Vamos a dormir, anda. Apaga la luz.

La amistad está sobrevalorada

El caso es que yo tengo un amigo con el que me llevo muy bien y él, a su vez, tiene otro amigo al que yo no conocía de nada. Un día se presentó con él y estuvimos tomando unos vinos. La verdad es que es un tipo francamente simpático y desde entonces hemos quedado más veces, mi amigo, su amigo y yo, sin ningún problema y lo hemos pasado bien. No sé muy bien a santo de qué, pero un viernes, este amigo (el amigo de mi amigo), aparece en una de estas quedadas con dos personas, amigos suyos, según parece, que ni yo ni mi amigo conocíamos con antelación. Donde caben tres caben cinco y en lugar de tres vinos y tres pinchos, se sacaban cinco vinos y cinco pinchos y santas pascuas. No es cuestión de discutir.

Sea como fuere, esta acumulación de amistades me hizo pensar. No es que yo tenga nada en contra de los amigos del amigo de mi amigo, pero ¿dónde está el límite? ¿Puedo considerarlos amigos míos? ¿Sus amigos, si los tuvieran, serían a su vez amigos míos? Si, por circunstancias, hubieran procreado y tuvieran hijos, ¿serían sus hijos necesariamente amigos míos? ¿Y sus cuñados, tíos, nietos? ¿No es esto tomarse la amistad muy a la ligera? Yo a mi amigo le conozco desde que éramos críos, nuestras familias eran vecinas y hemos estudiado juntos la mitad de la vida. Su amigo, bueno, su amigo es simpático, ya lo he dicho, pero no le conozco tanto y ya, si encima se trae a sus propios amigos, ¿no desplaza y degrada mi amistad original? Para ser sinceros, ahora mismo me encuentro algo incómodo en este grupo de amigos, ligeramente perdido entre tanta muestra de amistad, sobre todo porque yo soy más bien contenido.

A lo que iba. El caso es que yo tengo un amigo, bueno, un conocido…

Torcido

Créeme que lo he intentado. Llevo semanas dándole vueltas. He probado todo lo que puedas imaginar, incluso me cogí un mes de excedencia en el trabajo para tratar de sacarlo adelante. Me refugié en los clásicos tratando de dar con alguna solución. Los clásicos nunca fallan, me dije, son eternos y sus recursos son siempre válidos. Pero estaba claro que a mí no me iban a ayudar. Probé algún método más actual, ya sabes, esas cosas de las que todo el mundo habla y casi todos prueban pero que aprovechamos para descalificar precisamente por eso, porque están de moda. Tampoco. Desesperado, me refugié en el absurdo y, durante un tiempo, parecía que la cosa funcionaba. Tenía un andamiaje, un soporte por el que se movían los personajes aunque fuese a trompicones. De verdad creía que la historia iba a salir, pero chico, cuando un cuento sale torcido no hay nada que hacer.