Torcido

Créeme que lo he intentado. Llevo semanas dándole vueltas. He probado todo lo que puedas imaginar, incluso me cogí un mes de excedencia en el trabajo para tratar de sacarlo adelante. Me refugié en los clásicos tratando de dar con alguna solución. Los clásicos nunca fallan, me dije, son eternos y sus recursos son siempre válidos. Pero estaba claro que a mí no me iban a ayudar. Probé algún método más actual, ya sabes, esas cosas de las que todo el mundo habla y casi todos prueban pero que aprovechamos para descalificar precisamente por eso, porque están de moda. Tampoco. Desesperado, me refugié en el absurdo y, durante un tiempo, parecía que la cosa funcionaba. Tenía un andamiaje, un soporte por el que se movían los personajes aunque fuese a trompicones. De verdad creía que la historia iba a salir, pero chico, cuando un cuento sale torcido no hay nada que hacer.

Vicio malo

Solo le quedaba un cigarrillo. Un señor cigarro. Un último pitillo. Un concentrado de hierbas, alquitrán y algún saborizante maligno. Posiblemente con gluten, aceite de palma y trazas de sésamo. Lactosa, azúcares añadidos y grasas saturadas.

Triste, observaba esa pequeñez infame envuelta en un tubito de papel. En un sudario cubretodo. Un minúsculo féretro blanco, con un niño perverso en su interior.

“Eres hierba y en cenizas te convertirás”, pensaba solemne, y lo acercó a la llama del mechero. Su último pitillo. Un señor cigarro. El único cigarrillo que le quedaba, arde ahora entre sus dedos.