Fantasmas

Recuerdo la primera vez que la vi. Yo me encontraba en el único rincón de la barra del bar que solía frecuentar, que bañaba la sombra dejando ver, únicamente, mi mano y la copa de licor que sostenía. Ella entro sin hacer ruido alguno, recorrió el bar sin que nadie se percatara de su presencia y entró en el servicio sin mover apenas la cortinilla.

No logre verla con total exactitud, quizás por el avanzado estado de embriaguez en que me encontraba, sin embargo me pareció la criatura más hermosa que jamás había visto.

Salió tan silenciosamente como entró, luciendo un fino vestido blanco ceñido a un delgado cuerpo, una larga melena azabache que apenas se movió pese a sus veloces pasos. Salí del bar apresuradamente mas una vez fuera ella ya había desaparecido, así que, tras un breve tiempo de desilusionada reflexión, me decidí en ir ha buscar mi coche que había aparcado cerca del cementerio. Fue allí donde la encontré, arrodillada al lado de una tumba llorando desconsoladamente. Permanecí varios minutos inmóvil, observándola, pensando en entrar y decirle algo mas el miedo me impidió entrar, miedo que fue convirtiendo poco a poco en rabia, como cuando vas a buscar trabajo y te ignoran de tal manera que acabas saliendo de la oficina del paro pataleando y despotricando a gritos intentando al menos captar su atención para que, si mas no, llamaran a la policía, pero eso nunca sucedía, me dejaban marchar sin darle mucha importancia, por no decir ninguna, a lo que yo hiciera. Cuando hube regresado de tales recuerdos observé que la chica ya se había marchado.“Lástima”, pensé, y entré en el cementerio para conocer el nombre de aquel o aquella a quien lloraba la chica.

FRANCISCO SÁNCHEZ.

A la noche siguiente, cuando me dirigía al bar, vi como entraba en el cementerio de nuevo, pechos pequeños y perfectamente formados, una cintura estrecha y un trasero redondo, en perfecta armonía con la delicadeza de sus piernas.

Me acerque lentamente e intentando no hacer demasiado ruido y, cuando la tuve al lado, reuní todo el valor que pude para decir:

  • Debería ser un hombre muy bueno si vienes a llorar su muerte cada noche.

La chica se giró asustada pero, repentinamente, se tranquilizó y, bajando la mirada de nuevo a la lapida contestó:

  • No, en realidad no lo era, pero le quería.

La chica acarició la lápida, como buscando consuelo y siguió

  • Lo conocí con apenas quince años, y entonces si que lo era…, de bueno…
  • ¿Y entonces?

No pude verle la cara, pero una atmósfera de tristeza, más si cabía, envolvió a la joven.

  • El monstruo le atrapó.
  • ¿Monstruo?
  • El monstruo de largos tentáculos que, una vez te alcanza, no quiere soltarte y te consume cuerpo y mente, trasformando tu mente y tu físico asta dejarte irreconocible e impidiéndote reconocer a los tuyos tal y como son realmente.

Sus palabras eran confusas, sin embargo, me resultaron extrañamente claras, obviamente hablaba de la droga.

  • Tengo que irme

Se levantó y se fue, rápida y silenciosamente, dejándome inmerso en un mar de sensaciones y pensamientos que, sin saber muy bien por qué, me resultaban estremecedoramente familiares.

A la noche siguiente me acerque más temprano llevando conmigo unas flores que había cogido a la entrada del cementerio y esperé a que ella llegara.

  • Buenas noches – dijo suavemente con su calmada voz.
  • Buenas noches – contesté sorprendido mientras le mostraba el… – Vaya…, te había traído flores pero…
  • Muy amable – dijo y, supongo que por cortesía o, simplemente, por seguir lo que creyó una broma alargó la mano como para recoger el ramo.
  • No se que habrá sucedido – balbuceé mientras escaneaba minuciosamente el suelo con la mirada para encontrar el ramo.
  • No importa, en serio, imaginaré que lo has traído – y con una sonrisa hizo el gesto de colocar las flores sobre la tumba.
  • ¿Qué sucedió anoche?
  • ¿Anoche…? Nada, tenia que irme.
  • Y…- me resultaba muy difícil formular la pregunta, sin embargo, la curiosidad era inmensamente grande, así que, con voz temblorosa, seguí – ¿Cómo murió?
  • No lo sé. – entró en un silencioso pero profundo sollozo – Mis padres no me han querido decir nada, de hecho, me ignoran por completo. Desde que he vuelto es como si no existiera para ellos.
  • ¿….?
  • Perdona, debes estar confuso. Como ya te dije ayer, le conocí con quince años, a los dieciséis quede en estado y, fue entonces cuando el monstruo… – el hasta ahora silencioso sollozo se hizo audible, terriblemente audible, me senté a su lado y la rodeé con mi brazo, hizo una pausa y continuó – La vida a su lado se hizo del todo inaguantable así que, me marché.
    Mi hija… – una leve risa de alivio se le escapó tímidamente al pensar en su hija – Ahora tendrá diecisiete años, a esa edad me separaron de ella.
  • ¿Por qué?
  • Yo era una niña de diecisiete años a la que el monstruo también había atrapado, no tenia trabajo, vivía en una casucha ocupada en algún pueblo de la costa catalana y… –
    se llevó las manos a la cara en un claro gesto de humillación desesperada – El monstruo me hizo olvidar, mi nombre, mi vida e incluso olvidé que tenia una pequeña parte de mi a mi cargo.
    Pasaron unos años en los que conseguí abandonar al monstruo. El pensamiento de recuperar a mi hija y volver a la casita en la orilla del lago, donde viven ahora mis padres, fue mi espada y escudo para luchar contra el monstruo.
  • Pero… una noticia inesperada verdad…- las palabras sobraron en ese momento, ella miró disimuladamente su brazo izquierdo y de nuevo se eché a llorar – No había vuelto a verlo hasta ahora, al monstruo – De nuevo la vergüenza y el arrepentimiento se apoderaron de ella y, yo, sentí tales sentimientos tan familiares, como…, como si en una vida anterior yo también hubiera estado en manos de dicho monstruo – Pero nadie me hizo saber que había muerto, simplemente, desde allí donde me encontraba, lo sentí y regresé.

Sentí, en ese momento, que la conversación tenía que cesar, acaricié suavemente su hombro con la mano con la que la tenía cogida y, con la otra le giré lentamente la cara hasta que sus ojos se encontraron con los míos.

Me sorprendió la oscuridad de estos, busqué dentro de ellos pero parecían estar totalmente vacíos, un vacío que me fue envolviendo lentamente y, cuando me di cuenta, nuestros labios se habían juntado. Mis manos se deslizaros por su cuello, luego por sus hombros hasta sus piernas, ella se había tumbado en la tumba y cuando aquello, que tan pacientemente había esperado era inminente, ella se levantó enfurecida y, con la parte superior de vestido por la cintura me dijo:

  • No quiero volverte a ver. Mañana no quiero que vuelvas, ni saber nunca más de ti hasta el día de mi…, mi…

No terminó la frase, pero no hizo falta. Se subió el vestido y se marchó.

La oscuridad me envolvía, me consumía, tanteé la penumbra con las manos era un sitio pequeño, estrecho, era…, era…

¡Un ataúd!

  • ¡Socorrroooooooo! ¡Sacadme de aquí!

Mi cuerpo se estremeció, sentí que no estaba solo, alguien me acompañaba. Miré a un lado cuando una cadáver levantó la cabeza y se colocó encima mío. Mis gritos se ahogaron en el interior del ataúd.

Unos cabellos largos y blancos me cayeron sobre la cara. El muerto, que me resultaba extrañamente familiar, me agarró por los hombros.

Bajé la mirada para evitar verle la cara y, descubrí asombrado que tenía pechos, dos pellejos que colgaban sinuosamente desagradables. Alcé de nuevo la mirada y, allí estaba la muerta, abrió la boca y me besó, introduciendo una repugnante lengua que se metió asta la garganta, tan adentro que me dejó sin respiración.

  • ¡Nooooooo!

El sol se me clavó en los ojos como cuchillos afilados. Me encontraba tumbado encima de la tumba donde la noche anterior había estado con la chica.

Me levanté y me dirigí decidido a la casa de la muchacha, no me resignaría a renunciar a ella.

La casa era típica casa de anciano, lúgubre y descuidada, paredes oscurecidas por la humedad y la suciedad, a decir verdad resultaba escalofriante incluso a la luz del día.

Llamé a una puerta de madera robusta con una pequeña ventanilla que se abrió súbitamente, un ojo de parpados arrugados asomó por la ventanilla. No se oyó voz alguna, la ventanilla se cerró de golpe y, tras unos segundos, se abrió la puerta.

  • Eres uno de ellos ¿verdad?

Me sorprendió la pregunta y, a decir verdad, no la entendí, pero estaba tan decidido a hablar con ella de nuevo, averiguar como se llamaba, que no le di importancia.

  • Has venido a llevártela, lo sé, por favor no lo hagas, es aún muy joven.
  • No señora, tan solo quiero hablar con ella.
  • Ya perdimos una hija, Ana es muy joven, tan solo diecisiete años, por favor.

Un sinfín de pensamientos, imágenes y sensaciones se entrecruzaron en mi mente, totalmente incomprensibles hasta tal punto que me aturdieron y, sin poder articular unas palabras de despedida me marché cabizbajo, confuso.

El crepúsculo cayó sobre las calles La conversación con la anciana me había dejado tan confuso que supe averiguar que había hecho durante el día.

Me acerqué al cementerio y allí se encontraba ella, llorando sobre la tumba.

  • Ana – se giró bruscamente
  • ¿Ana?, hacía tiempo que no escuchaba ese nombre.
  • Es tu… – repentinamente los pensamientos e imágenes que durante el día me habían envuelto tomaron forma comprensible, pues esa mujer no podía tener diecisiete años, sin embargo…- No me dijiste que tenías una hermana.
  • No tengo hermanos.
  • No lo entiendo, he ido a ver a tu madre…
  • ¿Cómo te has atrevido – su rostro se enfureció por la rabia, ahora parecía estar algo más consumida y sus ojeras eran evidentes incluso a la tenue luz de la luna.
  • Me dijeron que ya habían perdido una hija y…, que tú…. – todo tenía ya sentido, pero me resistía a creérmelo – Tienes diecisiete años.
  • No tengo diecisiete…

Un aura de oscuridad la envolvió, sin embargo, parecía emitir una tenue luz blanquecina. Abrazó la tumba de su eterno enamorado y lloró desconsoladamente. Sus sollozos parecieron provenir de un lugar lejano, un lugar en donde ella ya había estado y comenzaba a regresar lentamente.

  • No, no, ¡NOOOOOOOOOOOOO!

Al girarse la dulce y hermosa mujer se había transformado en un ser que pronto reconocí, pues era aquel cadáver que había atormentado mis sueños la noche anterior.

Lógicamente eche a correr cuando aquel engendro se me abalanzó, salté la valla del cementerio y eché a correr por las calles. Aquella criatura no dejaba de gritar estridentemente.

Cruzamos un par de calles y mientras cruzaba la avenida del pueblo unas luces me cegaron y luego silencio.

Aquel coche pasó por encima mío y siguió su camino sin inmutarse. Nadie chilló, nadie de los que en la calle se encontraban dieron importancia alguna a lo sucedido.

Yo seguía de pie. Miré desconcertado a la criatura que me perseguía, parecía asombrada e incluso, por como había cambiado su expresión, feliz.

Bajé la mirada para comprobar los estragos del accidente y descubrí aterrado un cuerpo delgado, consumido, demacrado. El brazo izquierdo me dolía y pese a no querer comprobarlo, lo hice, varias marcas de antiguos pinchazos me escocían, una de esas marcas comenzó a sangrar, el fino hilo se deslizó por el brazo escribiendo en el suelo un nombre del cual había renegado durante años y que revelaba un hecho que, al igual que la muchacha, había estado esquivando durante años.

FRANCISCO SÁNCHEZ

Javier también es uno de los habituales por esta web.
Otros de sus cuentos:

Olor a nardo

Desde que era un niña, me acostumbre a el.

La funeraria de papá está arreglada con muchos tipos de flores: rosas, tulipanes, lilas, geranios, girasoles, incluso lirios.

Pero cuando alguien llegaba a velar a un difunto, allí, en ese cuarto, color café, muy frío, de largas cortinas negras y espectaculares floreros…

En los floreros, en esos enormes floreros metálicos que con el tiempo se fueron haciendo pequeños, o tal vez yo crecí… o los cambiaban con el tiempo. En fin, en ellos, colocaban brazados gigantescos de nardos; esas flores blancas, con aspecto a cera, pero que tienen un olor muy particular, que yo adoraba.

Siempre se ha dicho que por la curiosidad muere el gato y yo siempre fui curiosa. Sabia que una vez que olía nardo, alguien estaba en la planta baja, en una caja, rodeado de flores velas y llantos.

Desde entonces miraba los rostros de todos los que morían en el pequeño pueblo donde yo vivía.

Con el tiempo yo enfermé. Ya no salía de la casa y me regalaron a Popí, un maltés de 6 meses. Pasaba los días encerrada en cualquier habitación de mi casa. El olor a nardo llegaba cada 2 o 3 meses y con el tiempo se hizo más regular.

Una mañana, el olor a nardo fue tan intenso que me despertó inmediatamente. Yo, como toda niña curiosa, baje a mirar de quien se trataba, pues no había olido tal intensidad de esa esencia de nardo tan exquisita.

Conocía a la mayoría de los que se hallaban, allí, tío Manuel, tía Lucia, papa Saúl, abuela Irma, primo Andrés y mamá…

Pero no comprendía el motivo de sus lágrimas.

Sin preguntar me acerque a la caja balance, rodeada de nardos, subí al banquito junto a la mesa cubierta por el paño de ánimas, me asomé y allí hallé…

Mi propio rostro…

Karen Asura se incorpora como cuentista. Espero que os guste.

Recordad que hay más cuentos de otros autores, cada cual con sus particularidades.

El poder de la sugestión

Tuve que dejar el pueblo porque la gente empezaba a mirarme mal. Expliqué lo sucedido a la policía y me miraban pensando eso no hay quien se lo crea”. Sin embargo no encontraron nada y tras unos meses de acoso me tuvieron que dejar ir.

Tras finalizar la universidad conseguí trabajo en la única farmacia del pueblo. Era un pueblo bastante grande y con una sola farmacia siempre había alguien al quien atender.

En invierno no es que el pueblo se quedara físicamente aislado, pero todo el mundo se encerraba en sus casas, en sus pensamientos, en sus conchas y salía lo justo y necesario.

En invierno la gente acudía al farmacéutico como al camarero del bar, a contarle sus penas, tristezas que les provocaban dolores físicos para los que buscaban tratamiento. Confiaban en que aliviando el dolor físico se pasara el espiritual. Ya se sabe, acabado el dolor de estómago se van las penas… ¡que cosas tiene la gente!

El caso es que de tanto tratar dolores del alma con placebos, jarabes para la tos y aspirinas se me iba envenenando la mente con tanto quejido. Año tras año los mismos males recurrentes, ora como terribles migrañas ora como punzadas en el estómago.

Les miraba, sonreía y pensaba… “el año pasado fue la pierna, este año la garganta, ¡a ver que tenemos el que viene!”

Me salió sin pensarlo demasiado, supongo que si lo hubiera meditado un poco habría continuado con la rutina invernal, pero ya mi voz salía libre sin que conscientemente yo hubiera dicho nada.

  • ¿Sabe señora Encarna? La verdad es que me tiene usted preocupada. ¿Se acuerda de los dolores que tenia en el pecho el año pasado? Le oprimían y apenas le dejaban respirar, ¿recuerda? Y este año el brazo izquierdo.
  • Si, hija mía, una ya está mayor y tiene achaques por todos los lados
  • Venga mujer, usted no es tan mayor. No… yo creo que es otra cosa. Francamente, últimamente está usted muy desmejorada. No sé. Me preocupa. Me preocupa mucho. Recuerdo leer en una revista de medicina un caso con unos síntomas muy parecidos a los suyos. Era en Francia. Una enfermedad muy peligrosa e incurable. Acabó con la vida de 12 personas en una semana y luego… ¡zas! Como vino se fue. Nadie supo qué fue exactamente lo que paso. Una desgracia.
  • ¡Qué me dices! ¿Y yo tengo esos síntomas? ¿Los de esa enfermedad mortal?
  • La verdad es que son muy parecidos, si. Por si acaso, en lugar de la pomada para el brazo, le voy a dar unas pastillas. Son experimentales y pueden tener efectos secundarios, pero no me gustaría arriesgarme.
  • Ay, si si hija… dame ya esas pastillas. La verdad es que también me ha dolido mucho la cabeza estos días, pero no le había prestado atención.
  • ¿La cabeza? Encarna, haga el favor de comenzar a tomar las pastillas ya. Una cada 12 horas durante dos semanas.

Cogí una caja de placebos de color azul y se los pasé a la asustada mujer.

  • Recuerde, una pastilla cada 12 horas. No se le vaya a olvidar.
  • Descuida hija, no se me pasará.

La mujer falleció al cabo de 3 días. No veía relación con lo que le había contado. Realmente era una señora bastante mayor y su muerte entraba dentro de lo normal.

Yo seguía con mi juego. Recetando placebos letales. Los médicos asustan, pero a una farmacéutica se le enseñas llagas como si fuera un miembro de la familia. Les puedes recomendar lo que sea, que te harán caso.

Daba tratamientos experimentales de azucarillos de colores a gente que venía con pequeñas heridas en la boca. Les asustaba con las graves consecuencias que podría tener ese rasguño en la pierna.

Había aguantado sus lloros, sus enfermedades imaginarias durante años, no veía que había de malo en ser yo la que se inventara enfermedades y remedios.

No debió de pensar así la policía y tras la quinta muerte del invierno, me hicieron una visita. Sospechaban que había envenenado a las víctimas… pero no había más que azúcar en sus estómagos. “¿Insinúa señor policía que les he matado con azucarillos?”

Curioso el poder de la sugestión.