Carolina

Hoy hace 2 años desde que terminé de vender las pequeñas botellas de vidrio que se usan ahora como colgantes llenos de polvo de colores…

No…, pocos conocían mi nombre. Pocos sabían de mi amor por ella, de mi demencia provocada, de mi euforia encarnada al verla pasar…
Pero todo el mundo la añoraba, todos deseaban saber quien era en realidad, tocar sus cálidas manos, besar sus labios castaños y escuchar en su pecho su palpitar y lo único concreto que podíamos hacer todos era disfrutar de su elegante caminar…

Su nombre era Carolina, radiante y bella como muchas, inteligente y admirable como nadie…

La historia no es larga.

Todos sabíamos que le asustaba el mar, y que prefería el sol que en el agua estar. Tarde tras tarde  pretendía vencer ese miedo y, sin caer en la desesperación, lo consiguió. Después de ello, de la noche a la mañana en campeona de natación se convirtió.

No es eso lo triste ni lo extraño, sólo que ello nos sorprendió.

Trajo cientos de trofeos a la escuela, pero nunca dejo de ser lo que era. Yo deseaba que fuera mía, que pudiera tenerla en mi regazo y llenarla de mimos, callar sus tristezas y apaciguar sus miedos.

Siempre estaba allí mirándola en sus prácticas y ratos libres. Un día sin más  entré a las albercas, decidido a declarar mis sentimientos, mientras yo la miraba salir del agua, avanzaba a ella hasta que por fin la tuve de frente.

La tarde caía rápidamente, y los últimos  rayos del sol alumbraban su rostro, el mismo que me quedé admirando unos segundos…

  • Hola… – dije sin mayor relevancia.
  • Hola! – dijo mientras se secaba con una toalla rosada.
  • ¿Sabes quién soy?- pregunté
  • …. no, perdona
  • No… – dije bajando la mirada – Sólo quería decirte…que… – suspiré – Eres  una mujer maravillosa y estoy muy contento de conocerte… – no dije más.

Ella me miró con una sonrisa y de sus labios como beso dijo “Gracias” Nos dimos la espalda y cada uno caminó a su destino.

Tal vez debí regresar, tal vez debí haberle dicho que la amaba, pero no pude… No volteé a mirarla ni un segundo pero el reflejo de los cristales de ese lugar me dejaban  mirar como se alejaba paso a paso. Tal vez debí haber hecho muchas otras cosas, pero no lo hice.

A la mañana siguiente, la escuela estaba rodeada por patrullas, y una ambulancia que se llevaba un cadáver. Pensé todo, pensé en muchas cosas. Miré a todos llorando, miré a todos sufriendo por alguien. Las voces, los sollozos, todas las tristezas se juntaron en mi mente,  revoloteándome hasta que escuché… Carolina… Escuché de la boca del maestro de natación, ese es su nombre… era el cadáver Carolina.

Estaba aterrorizado no podía creerlo. Yo corrí sin más a través del pasto intentando contener el llanto. Regresé a mi salón y quedé quieto.

Así pasó la tarde de aquel triste verano,  mientras la lluvia caía,  pensaba como hubiese sido si le hubiera dicho lo que sentía, pero realmente no lo concebía…
Asistimos todos al funeral de la bella Carolina. Era tan estúpido pensar que se había resbalado con la pastilla de jabón y había muerto, pero… Ella sola había resbalado con los mosaicos húmedos de las regaderas de la escuela se había roto la sien y muerto inmediatamente, Carolina estaba ahora bajo tierra, y de todos nosotros que la amábamos nadie la tenía, fue entonces cuando caí en la demencia.

Muy por la noche, aún con la lluvia, decidí dormir, para olvidar  lo que había mirado, los labios de Carolina, sus cejas, sus pestañas, sus ojos… Sus ojos, ¡se habían abierto Desperté de inmediato, bajé al garaje y busqué una pala. Con ideas mal intencionadas subí a mi auto y conduje hasta donde estaba el cementerio. Busqué la tumba de Carolina y con la torrencial lluvia sobre mi no deje de escarbar, tramo a tramo hasta encontrar su ataúd,  “¡Perdóname Carolina!” Profané su tumba y la saqué de su ataúd. Yo deseaba que siguiera conmigo hasta que muriera y todos nosotros la queríamos, no tenía ningún derecho a abandonarnos. La subí a mi auto, y manejé frenéticamente hasta mi casa. Rujía el cielo entre mil destellos, miraba su rostro húmedo, parecía dormida. Carolina… Carolina… No pensaba nada más. Llegué a casa y tomé a Carolina en mis brazos. Entré a la sala y la senté frente al televisor. La admiré por un instante “¿Qué haré contigo?” me pregunté un poco angustiado. Acaricié su rostro,  y no dejaba de recordarla. La manera en que caminaba, en la que hablaba, en la que me miraba. Levanté su mano y la puse en mi cara,  cuando la solté repentinamente. “Está muerta” me dije. Me senté en la  esquina de la sala sin nada más que digerir su muerte.

Iba a quedarse sola bajo la tierra e iba a ser comida por los gusanos.

Yo no iba  a permitirlo. Decidí calcinar su cuerpo en mi sótano,  pero antes de eso, abrí su pecho y saque su corazón. La envolví en una sabana blanca, y le derramé alcohol mientras corría la sangre en todo el suelo, y le encendí fuego.

La miré desaparecer poco a poco bajo las llamas de la habitación, cuidando que sus cenizas no escaparan de esa esquizofrénica dimensión.

Ya pasadas más de dos horas junté sus restos en un recipiente y los separé  en botellas más pequeñas. “Vamos a tenerte para siempre”, dije pintando sus cenizas de diferentes colores.

Las amarré a un hilo vistoso y las guardé todas. Espere a la mañana para poder volver a la escuela.

Era viernes, y lleve todas las botellitas de colores y comencé a venderlas. De alguna manera todos se sentían atraídos por obtenerlas: verdes, azules, moradas, amarillas… de todos los colores sin faltarme más que un solo color.

El color que faltaba era el que yo traía colgando, era el rojo de su corazón…

Francamente… no me esperaba el final. Una combinación de amor, muerte… y botellas de colores ¡Genial!
Otro cuento del mismo autor: Olor a nardo

¿Error o arrepentimiento?

48 ¿Error o arrepentimiento?

Habían pasado 30 años desde la última vez que se vieron.

Se conocían desde que habían nacido porque se habían criado en el mismo pueblo.

Candela era una joven guapa, extrovertida, con ganas de comerse el mundo.

Mario era todo lo contrario, introvertido, con miedo a expresar sus sentimientos y dejarse llevar.

Mario amaba a Candela desde la primera vez que la vio cuando tan solo tenían 5 años y coincidieron para ir junto a sus madres al colegio el primer día.

Fue imposible que Mario se declarara a Candela debido a los complejos que tenía ya que todos los niños se habían reído siempre de él, bajando su autoestima de tal forma que siempre había creído que no merecía ser feliz.

Fueron creciendo, Candela se fue a Madrid a estudiar diseño, Mario, debido a su timidez no se veía capaz de vivir en una gran ciudad, saliendo del círculo familiar y de todo lo conocido (casa, pueblo…)

Hoy, después de 30 años, Mario había vuelto a ver a Candela, en el barrio donde se criaron.

Les había costado reconocerse porque el tiempo no había pasado en balde, sin embargo, Candela se paró a hablar con él.

Mario llegó a casa a punto de darle un infarto al corazón de los nervios que traía, el corazón le latía a cien por hora después de haber hablado con el amor de su vida.

Estuvo todo el día pensando en ella, con una sonrisa que no se le borraba de la cara, su familia no podía creer lo que veían cuando le miraban a los ojos.

Pasaron varios meses y Mario, después de pensarlo mucho, se decidió a ir a casa de Candela para declararle su amor, no podía soportar más tiempo el callarse lo que sentía por ella.

Candela había vuelto, después de haber dejado la carrera a medias para casarse con un joven al que había conocido en el campus de la universidad.

Volvió después de 28 años dedicados exclusivamente a su matrimonio, y que terminó cuando lo pilló en la cama con su mejor amiga de universidad.

Volvió a su pueblo, a casa de sus padres, sin nada: sin casa, ni dinero, y casi sin dignidad, él se había quedado con todo.

Mario, salió temprano de casa para comprarle unas flores a Candela, además de para llevar algo en las manos en el momento en el que se presentara en su casa para expresarle sus sentimientos.

En el momento en el que salía de casa, llegó su hermana corriendo para darle una mala noticia.

  • Mario, no sé cómo decirte esto – dijo Irene
  • Irene, ¿qué pasa? ¿ha ocurrido algo malo?
  • Mario, Candela ha muerto

Mario no podía creer lo que su hermana decía, “no puede ser”, pensaba.

Corrió a casa de los padres de Candela.

La casa estaba llena de gente ya que es tradición velar a los muertos en el domicilio desde donde partían hacia la iglesia y posteriormente al cementerio.

  • Pobrecilla, con lo joven y guapa que era – decía la vecina de enfrente llorando
  • Dicen que tenía un tumor y que ha venido a casa para morir entre su familia, a modo de despedida – contaba la carnicera

Mario no podía creerlo, llegó hasta el lugar donde se encontraba la caja con los restos de Candela, haciéndose sitio entre la multitud que llenaban la casa, unos porque verdaderamente sentían la pérdida y otros para cotillear.

Se asomó para ver si era ella y cuando vio su cara, lo guapa que estaba, parecía que dormía, salió corriendo de la casa hasta la calle.

Las flores cayeron al suelo al mismo tiempo que Mario, donde empezó a encontrarse mal.

Un fuerte dolor oprimía su corazón, se iba deslizando hacia el brazo izquierdo, no podía respirar.

De repente quedó inerte en el suelo, donde acudieron deprisa los que presenciaron todo.

No pudieron hacer nada, Mario también había muerto.

Su corazón no puedo aguantar más, el hecho de que Candela, el amor de su vida, hubiera muerto y también porque no podía resistir la idea de pasar toda su vida sin ella y sin haberle dicho lo que sentía.

Una historia de amor preciosa de la colaboradora más prolífica de Tragedias Cotidianas. Gracias Eva.

Otros cuentos de Eva:

Honaino heltzen dira Bermeoko itoginak

Estaba sentada en la mesa más apartada de la única ventana del bar. Se la intuía más que vérsela y tal vez por eso se sintió atraído por ella. Morena, con el pelo largo, la cara llena de pecas y ojos verdes. Ojos marinos de mar revuelto, pensó cuando pudo vérselos.

Los bares del puerto habían ido perdiendo la grasa marinera al mismo ritmo que iban desapareciendo los barcos pesqueros sustituidos por yates de recreo y turistas salvajemente enrojecidos por el sol. Apenas si quedaban cuatro tascas con algo del antiguo rumor a sal y en uno de estos supervivientes la encontró, acodada en la mesa sobre un café a medio tomar.

  • Hola
  • ¿Puedo sentarme aquí? – el bar no estaba precisamente lleno, pero es lo primero que se le ocurrió
  • Perdona, ya sé que hay mesas libres, pero están cerca de la ventana y ahora mismo no me apetece ser encontrado – bueno… eso era lo mejor que podía hilvanar enfrentándose a esa mirada
  • Haz lo que quieras

Ha venido a hacer unos trámites y se nota que ella es del pueblo. Al menos se la ve cómoda en el sitio, como si llevara ahí toda la vida. Se acerca a la barra para pedir un café y un bocadillo mientras piensa como continuar la conversación.

  • ¿Estás aquí para las fiestas?
  • No, nunca me quedo en fiestas. Esta tarde cojo el autobús y me voy a pasar unas semanas fuera. Así me olvido.
  • ¿Olvidarte? – se fija en el macuto que está en el suelo. Una bolsa de tela verde desgastada por el uso – ¿Olvidarte de qué?
  • Eres de fuera, ¿verdad? Veo que no conoces la historia de Ingrid “la loca”
  • Pues no, la verdad
  • Mejor. Te la contaré yo y así al menos no acabará tan distorsionada como suele. Por cierto, me llamo Ingrid Otaola… “la loca”.Seguro que conoces algo del origen de las fiestas. En 18xx, Bermeo y Elantxobe se disputaban la propiedad de una isla en medio de los dos pueblos y para decidir a quien pertenecía, organizaron una carrera de traineras hasta la isla.

    Bermeo ganó la disputa y desde entonces, renuevan la propiedad de la isla tirando una teja para indicar hasta donde llegan las goteras de Bermeo con la consabida frase pronunciada por el alcalde: honaino heltzen dira Bermioko itoginak.

  • Si, esa es la historia que yo conozco.
  • Supongo. Es la oficial y la que todo el mundo prefiere transmitir. La real es algo más estúpida y difícil de creer.Verás, yo tengo sangre noruega por parte materna. Hace un par de siglos, los marineros vascos estaban desperdigados por todo el mundo. Unos tipos noblotes y duros… vamos como los que nos venden en las caricaturas de los periódicos.

    Uno de ellos, John Otaola, estaba embarcado en un barco atunero cerca de Oslo, el Bermioko Izarra. Mi bisabuela siempre andaba cerca del puerto y en cuanto le vio, quedó prendida del muchachote. Le perseguía siempre que podía, pero sin dejarse verte.

    Cuando terminó la temporada de pesca y el Bermioko Izarra hubo de partir, mi bisabuela les siguió. Cruzó el Mar del Norte hasta llegar al Cantábrico y situarse al lado de su enamorado en una tierra desconocida.

  • Una bonita historia de amor, sin duda. Supongo que finalmente se conocieron y al de un par de generaciones llegaste tú, ¿no?
  • Algo así.Mi bisabuela le rondaba sin atrever a mostrarse. John salía de vez en cuando con una pequeña barca y, un verano, mi bisabuela se puso a nadar a su lado haciéndose la encontradiza.

    En cuanto John la vio se enamoró loca e inconscientemente. Sin mediar palabra, se tiró al agua y se estuvieron besando y haciendo el amor hasta que agotados, se tuvieron que despedir o sin antes citarse para el día siguiente.

    Al día siguiente John se presentó en el mismo sitio con su barca mucho antes de la hora acordada.

    Mi bisabuela ya estaba allí esperando. Tenía que contarle un secreto y no estaba segura de que John lo entendiera.

    John le decía que no se preocupara, que a partir del día en que la conoció supo que no habría nada más en el mundo y que jamás habría secretos entre los dos.

    Temerosa, mi bisabuela nadó alrededor de la barca y lo que le John vio le hizo enloquecer. Cogió rápidamente los remos y enfiló la proa camino del puerto tan rápido como se lo permitían sus brazos.

    Al llegar a puerto estaba fuera de si, completamente ido. Hubo que encerrarlo y acabó sus días en el manicomio.

    Mi bisabuela quedó embarazada de aquella única tarde de pasión y hubo de criar a la hija que tuvo sola y sin la ayuda de aquel al que había amado.

  • No lo entiendo. ¿Por qué se volvió loco John? ¿Y qué tiene que ver eso con las fiestas de Bermeo?
  • John se volvió loco porque la mujer a la que amaba era una sirena, mitad mujer mitad pez, y así lo repetía en su celda del manicomio a sus visitas y a todo el que quisiera escuchar.La gente, obviamente, no le creyó nunca, pero por si acaso, se cogió la costumbre de ir a la zona donde John decía que había estado con la sirena y lanzar una piedra o teja para que no regresara y trajera la desgracia a otro joven del pueblo.

    Yo soy la descendiente de esa sirena a la que lanzaban tejas.

  • Es curioso. No me he presentado, me llamo Ander Gunnarson. También tengo algo de sangre noruega, por parte de padre.En mi familia siempre ha circulado una historia de la que hace mucho que no me acordaba. Se cuenta que mi bisabuelo se enamoró perdidamente de una sirena y que la siguió hasta la costa del Cantábrico.

    Nunca la llegó a encontrar y, con el tiempo, se estableció y se casó con una mujer del lugar.

    ¿Curioso verdad?

  • Si. Supongo que si.

* Hasta aquí llegan las goteras de Bermeo, en euskera.