72 Sin la ‘O’

Aturdida y mareada la tribu caníbal desembarca en el Abra. Bajan de la gabarra. Miran a la izquierda, ven valles verdes y piensan en la abundante verdura que se puede cultivar. Miran a la derecha, y atisban iridiscencias de mineral; ideal para sartenes y cucharas.

Miran al frente.

Miran al frente y se asustan ante la delgadez del paseante que se les enfrenta. ¿Es así la gente? ¿Paliducha, delgada y de amplia nariz? Insípida, sin pechuga e irascible ¿Para qué sirven? Ni para ensuciar el agua.

Se miran y se niegan a pasar hambre. Nunca más pasarán hambre, esa es la máxima que dirige este viaje. Se giran y enfilan hacia la gabarra.

“¡A Inglaterra!” gritan. Allí, dicen, las mujeres saben a filete de ternera y puré de patata.

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71 Rostro

Me mira fijamente a los ojos y me cuesta aguantar la mirada al mocoso. Al poco mi vista se cae de sus grandes ojos marrones y resbala por la nariz hasta llegar a la boca, justo a tiempo de ver como se mueve para decir “Señor”.

Amplío el plano. El chiquillo tendrá apenas 10 años y una cara redonda y aceitunada repleta de pecas. No, me fijo mejor, no son pecas. Son salpicaduras de barro que le dan al rostro una expresión pícara que ya se insinuaba.

Los ojos achinados y grandes, enormes, y la boca a juego no dejan apenas hueco a la nariz que se ha abierto camino hacia los lados, buscando el espacio que vista y gusto parece que le niegan. Nariz, olfato ancho y felino para detectar detalles que a los demás se nos escapan: el miedo, la cobardía, el instante justo para atacar.

Juraría que para favorecer la aerodinámica, tiene las orejas pequeñas, bien pegadas a la cabeza y ligeramente puntiagudas y el pelo corto, muy corto.

Veo que de nuevo mueve la boca “Disculpe señor, ¿podría devolvernos el balón?”

Me giro hacia donde señala. Hay una pelota al lado de una maceta rota. La recojo y se la tiro de vuelta.

“Muchas gracias, señor”

Vuelvo a mi silla y contemplo como se aleja sin apenas ruido, ligero, dando golpes a la pelota para reunirse con un grupo de chavales que le espera.

  • Bueno hijo, ya está aquí el café. Te he traído también unas pastas de té, que sé que te gustan
  • Gracias papá
  • ¡Ah, se me olvidó comentarte! Si te viene algún chaval de ese grupo del fondo pidiendo que les devuelvas un balón, tú ni caso. Y menos si es uno moreno con cara de gato. Ese sinvergüenza me ha roto ya tres macetas esta semana

Miro al fondo y veo como llega el chaval junto con sus compañeros. Puedo imaginar el brillo en sus ojos y la media sonrisa mientras gira la cabeza para mirar hacia donde estamos.

  • No te preocupes papá, me acordaré
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70 La familia es la célula de la sociedad moderna

  • Buenos días cariño. Hoy hace un día precioso, ¿no es verdad? Recuerda que mañana tenemos la auditoría y que estaremos concentrados en el hotel. Tenemos bastante papeleo pendiente.

José Luis. 45 años. Un mocetón grandote y medianamente atractivo, incluso ahora. Lleva ya diez años en la misma empresa, no le va mal ni tampoco bien. Tiene un sueldo bastante decente, pero la verdad es que llega justo para mantener a sus dos familias y a una amante. Por suerte tuvo paperas de pequeño y no puede tener hijos, con tres es suficiente. Aun así es inevitable vivir estresado siempre de una casa para otra, recordando qué has dicho en qué sitio y anotando los principales eventos de los hijos. Es un buen padre, o eso le gusta pensar.

Hoy conmemora el décimo aniversario de su otro matrimonio, por eso no irá a (esta) casa a dormir. Se ha esmerado delante del espejo, pero está perdiendo mucho pelo y eso le molesta. Es el estrés; tiene que tratar de tomarse las cosas con más calma.

  • Sí, tranquilo. Ya me lo avisaste ayer. No te preocupes, seguramente quede con Julia. Desde que le dejó el marido está bastante deprimida y le viene bien hablar.

Mari Carmen. Esposa amantísima y gran aficionada al pipermín. De vez en cuando, si está achispada, le gusta poner a prueba su fidelidad, la mayoría de las veces con Julia. Son solo juegos, realmente quiere a su esposo, pero pasa tanto tiempo fuera que una tiene que entretenerse de alguna manera.

Antes hacía macramé pero eso le llevó a fumar demasiada marihuana y le costó el embarazo de Héctor. ¿La relación entre el macramé y la marihuana? Nunca la ha tenido demasiado clara, pero es evidente que haberla, hayla. Desde esa mala experiencia huye de cualquier tipo de taller o tienda de manualidades y aconseja a quien la quiera oír que las eviten, que hagan pilates o jueguen al bingo para completar su vida. Ella odia la gimnasia y los juegos de azar, prefiere el pipermín y los escarceos con Julia.

Si Jose Luis no viene esta noche, lo mejor es convencer a Héctor para que se quede en casa de un amigo. Tiene 18 años, estará encantado.

  • ¡Mamá! ¿Dónde está la camiseta para el entrenamiento? No la encuentro y hoy vienen los ojeadores.

Héctor, hijo de Mari Carmen y su profesor de macramé y también, por qué no, de Jose Luis. Lleva saliendo dos años con Fernando, el delantero centro de su equipo. Esta noche intentará ir a su casa con la excusa de los ojeadores. Su madre no pondrá problemas, dice que Fernando es una buena influencia para él y Héctor opina lo mismo aunque sus notas hayan empeorado ligeramente desde que están saliendo. Una relación como esta acaba robando horas de estudio pero, ¿qué le vamos a hacer? Está contento con Fernando y está contento con los padres que le han tocado en suerte.

José Luis, Mari Carmen y Héctor viven moderadamente felices en un barrio de clase media. Realmente forman una familia feliz digna de ser envidiada.

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69 Cada cual cuenta la feria según le va

Hace un día precioso, con el sol acariciando los cuerpos, dándoles calor en esta mañana de invierno. Y el silencio. No el silencio atemorizado al que estaba acostumbrada. No ese silencio, sino el de la calma, la tranquilidad. La mujer vestida de negro pasea con los ojos cerrados. Camina despacio respirando hondo, atrapando la calma y el olor de los cipreses en sus pulmones. Mira las esculturas de los lados y sonríe. Angelotes gordos, rotundos, revolotean entre las flores.

Las flores. Hay flores por todos los lados: claveles, narcisos, margaritas. Todas abiertas, todas soltando su perfume que se mezcla con el olor a verde del camino y que hace que el paseo bajo el sol resulte perfecto.

Hasta los ruidos de los aviones que aterrizan al lado contribuyen al paisaje. Lo hacen real, tangible, hacen que no sea un sueño ni nada que la mujer pueda estar imaginando. Para cerciorarse, la mujer extiende una mano y haciendo fuerza coge un par de las pequeñas piñas del ciprés más cercano. Se las lleva a la nariz y aspira fuerte. No lleva luto, lleva un traje de gala para una fiesta en la campiña. Fiesta en la que su marido, con traje de pino, es el invitado principal.

Unos pasos por delante de nuestra mujer, camina encorvado un señor mayor. Se detiene un momento y mira a su derecha. Un Cristo agonizante e informe, con la mitad de la cara desgastada le devuelve la mirada. El suelo está húmedo, embarrado, el hombre resbala ligeramente y golpea los restos de unas flores de plástico con los zapatos sucios. La sombra de los cipreses da al conjunto una imagen tétrica, el hombre avanzando con dificultad por un túnel rematado en un agujero fangoso. Mira las telarañas en los cipreses, las manchas de moho en las figuras, los mármoles rotos que dejan al descubierto oquedades llenas de restos de hojas y papeles.

Y los aviones, acarreando turistas sobre su dolor. ¿Es este un lugar para el descanso? Están llegando al hoyo. El viejo se aparta un poco del camino para limpiarse el zapato de barro. Levanta un poco la vista y se encuentra con los contenedores de basura llenos de flores mustias, plástico retorcido y quién sabe qué más porquería. ¿Es este lugar para un héroe de guerra? ¿Es este lugar para un hijo?

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