62 Ejercicio de otoño

Ante la ausencia de presencias me vi solo. Cogí la calle camino de la parada del autobús, rodeado de hojas enrojecidas por los primeros fríos y por los aullidos dolientes del viento.

El frío me subía desde los pies, insuficientemente cansados para la época, víctimas de la moda de los demás que hace imposible encontrar algo cómodo y del gusto del usuario.

La cabeza rendida ante el calabobos, pensando en los dedos azules dentro del calzado mojado, avanzaba firme en la noche prematura camino de la parada que me acercase al sueño.

Jugaba con las monedas, 1.10 €, necesarias para pagar a Caronte la noche en la barca de la línea circular de la compañía municipal de autobuses.

Cogía el autobús-cama en el inicio de mi hibernación, que este año se había adelantado. Generalmente me retiraba a mi cueva del penúltimo asiento a la derecha cuando la temperatura empezaba a tontear con cambiar de signo y cuando las cuevas-albergue se llenaban de gente más previsora.

Llegué a la parada golpeando el aire con decisión al caminar sorprendido por el silencio repentino tras la noble marquesina (la “noble” marquesina). La lucha con el fiero otoño bien merece un descanso.

Ahí viene Caronte en su barca azul y amarilla. Hay almas dentro. Subo muerto de frío a ocupar mi lugar. He pagado pero no para que me orille en el reino de Hades, si no, si hay suerte, para que me deje dormir caliente mientras da vueltas durante 100 años o al menos 6 o 7 horas.

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61 Ocurrió en Londres, cerca de Baker Street

10 de mayo de 1993, Londres… me acababa de mudar a Baker Street, pagando tan solo 1.000 dólares al año como alquiler de piso. Y fue allí, en Baker Street, donde la conocí.

Era una pelirroja de apenas 20 años, su cara estaba salpicada de pecas y su piel era blanca, fina, pura…como una sábana tras hacer la colada. Sus ojos eran azules, más claros que el agua, menos que el cielo. Su nombre era Amber, Amber Buller.

Tras la mudanza decidí irme a tomar algunas copas, para conocer el lugar y eso, y fue cuando me senté en la barra y llamar camarero cuando la vi, aquel camarero no era nada más y nada menos que ella, la mujer más hermosa nunca vista vestida de camarera de casino. Las cartas volaron, y los días pasaron. Me hice un cliente frecuente de aquel lugar pero, para mi sorpresa, no era por la cerveza y las tapas por lo que iba allí. No, no tenía nada que ver, yo tan solo quería verla a ella, hablarle y verla servirme copas de vodka.

Pasaron unas semanas, y por fin, me atreví a hablarle. La llamé después de su trabajo detrás del casino sin saber muy bien qué iba a decirle.

  • Hola Carlos. Qué raro que no me llames en la barra de pedidos – se rió ella
  • Hola Amber… mira, yo… te amo ¿sabes? Llevo observándote todo este tiempo… por favor… sal con… – pero ella no me dejó terminar.
  • ¡Carlos me haces muy feliz! Yo no me atrevía a decirte…pero…Sí, Carlos, salgamos juntos.

Ya pasaron unas semanas de aquello, y todavía me acuerdo…poco después de aquello empezamos a salir. Pero Amber cambió. Ya no era la misma chica sonriente, sus ojos no me miraban…cuando hablábamos, hacíamos el amor o salíamos, sé que no era yo quien quería que fuese. Era Roger, su jefe.

Pasaron los años y decidí por fin proponerme a Amber, quería que se fijase en mí y no en Roger…pero…cuando fui a verla, ella no iba sola, estaba con Roger en un banco dándose el lote. Arrojé la caja del anillo y salí corriendo, rabioso…esa furcia me había engañado… ¡la mujer de mi vida…!

Tomé un cuchillo en mis manos, lo limpié, y cuando Amber volvió a casa por la noche, le pregunté por qué hizo aquello.

  • Yo nunca haría algo así, Carlos… yo te quiero ¿cómo puedes pensar algo así?

Sabía que mentía, siempre, cuando lo hacía, se frotaba mucho las manos. Comencé a llorar, la maldecí alrededor de mil veces…No sabía por qué pero acabé apuñalándola. Para vengarme, también maté a Roger…Estaba tan arrepentido de aquello, que me entregué a la policía yo mismo. Igualmente, Amber no volvería y Roger tampoco. Ese hijo de puta me arruinó la vida…ya no me queda ni por qué de vivir. Y con una soga, me ahorqué, en una mazmorra de las profundidades del dolor.

Hace meses (¿años?) de la última colaboración externa. Este cuento es de Sakura, espero que os guste.
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