71 Rostro

Me mira fijamente a los ojos y me cuesta aguantar la mirada al mocoso. Al poco mi vista se cae de sus grandes ojos marrones y resbala por la nariz hasta llegar a la boca, justo a tiempo de ver como se mueve para decir “Señor”.

Amplío el plano. El chiquillo tendrá apenas 10 años y una cara redonda y aceitunada repleta de pecas. No, me fijo mejor, no son pecas. Son salpicaduras de barro que le dan al rostro una expresión pícara que ya se insinuaba.

Los ojos achinados y grandes, enormes, y la boca a juego no dejan apenas hueco a la nariz que se ha abierto camino hacia los lados, buscando el espacio que vista y gusto parece que le niegan. Nariz, olfato ancho y felino para detectar detalles que a los demás se nos escapan: el miedo, la cobardía, el instante justo para atacar.

Juraría que para favorecer la aerodinámica, tiene las orejas pequeñas, bien pegadas a la cabeza y ligeramente puntiagudas y el pelo corto, muy corto.

Veo que de nuevo mueve la boca “Disculpe señor, ¿podría devolvernos el balón?”

Me giro hacia donde señala. Hay una pelota al lado de una maceta rota. La recojo y se la tiro de vuelta.

“Muchas gracias, señor”

Vuelvo a mi silla y contemplo como se aleja sin apenas ruido, ligero, dando golpes a la pelota para reunirse con un grupo de chavales que le espera.

  • Bueno hijo, ya está aquí el café. Te he traído también unas pastas de té, que sé que te gustan
  • Gracias papá
  • ¡Ah, se me olvidó comentarte! Si te viene algún chaval de ese grupo del fondo pidiendo que les devuelvas un balón, tú ni caso. Y menos si es uno moreno con cara de gato. Ese sinvergüenza me ha roto ya tres macetas esta semana

Miro al fondo y veo como llega el chaval junto con sus compañeros. Puedo imaginar el brillo en sus ojos y la media sonrisa mientras gira la cabeza para mirar hacia donde estamos.

  • No te preocupes papá, me acordaré
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70 La familia es la célula de la sociedad moderna

  • Buenos días cariño. Hoy hace un día precioso, ¿no es verdad? Recuerda que mañana tenemos la auditoría y que estaremos concentrados en el hotel. Tenemos bastante papeleo pendiente.

José Luis. 45 años. Un mocetón grandote y medianamente atractivo, incluso ahora. Lleva ya diez años en la misma empresa, no le va mal ni tampoco bien. Tiene un sueldo bastante decente, pero la verdad es que llega justo para mantener a sus dos familias y a una amante. Por suerte tuvo paperas de pequeño y no puede tener hijos, con tres es suficiente. Aun así es inevitable vivir estresado siempre de una casa para otra, recordando qué has dicho en qué sitio y anotando los principales eventos de los hijos. Es un buen padre, o eso le gusta pensar.

Hoy conmemora el décimo aniversario de su otro matrimonio, por eso no irá a (esta) casa a dormir. Se ha esmerado delante del espejo, pero está perdiendo mucho pelo y eso le molesta. Es el estrés; tiene que tratar de tomarse las cosas con más calma.

  • Sí, tranquilo. Ya me lo avisaste ayer. No te preocupes, seguramente quede con Julia. Desde que le dejó el marido está bastante deprimida y le viene bien hablar.

Mari Carmen. Esposa amantísima y gran aficionada al pipermín. De vez en cuando, si está achispada, le gusta poner a prueba su fidelidad, la mayoría de las veces con Julia. Son solo juegos, realmente quiere a su esposo, pero pasa tanto tiempo fuera que una tiene que entretenerse de alguna manera.

Antes hacía macramé pero eso le llevó a fumar demasiada marihuana y le costó el embarazo de Héctor. ¿La relación entre el macramé y la marihuana? Nunca la ha tenido demasiado clara, pero es evidente que haberla, hayla. Desde esa mala experiencia huye de cualquier tipo de taller o tienda de manualidades y aconseja a quien la quiera oír que las eviten, que hagan pilates o jueguen al bingo para completar su vida. Ella odia la gimnasia y los juegos de azar, prefiere el pipermín y los escarceos con Julia.

Si Jose Luis no viene esta noche, lo mejor es convencer a Héctor para que se quede en casa de un amigo. Tiene 18 años, estará encantado.

  • ¡Mamá! ¿Dónde está la camiseta para el entrenamiento? No la encuentro y hoy vienen los ojeadores.

Héctor, hijo de Mari Carmen y su profesor de macramé y también, por qué no, de Jose Luis. Lleva saliendo dos años con Fernando, el delantero centro de su equipo. Esta noche intentará ir a su casa con la excusa de los ojeadores. Su madre no pondrá problemas, dice que Fernando es una buena influencia para él y Héctor opina lo mismo aunque sus notas hayan empeorado ligeramente desde que están saliendo. Una relación como esta acaba robando horas de estudio pero, ¿qué le vamos a hacer? Está contento con Fernando y está contento con los padres que le han tocado en suerte.

José Luis, Mari Carmen y Héctor viven moderadamente felices en un barrio de clase media. Realmente forman una familia feliz digna de ser envidiada.

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69 Cada cual cuenta la feria según le va

Hace un día precioso, con el sol acariciando los cuerpos, dándoles calor en esta mañana de invierno. Y el silencio. No el silencio atemorizado al que estaba acostumbrada. No ese silencio, sino el de la calma, la tranquilidad. La mujer vestida de negro pasea con los ojos cerrados. Camina despacio respirando hondo, atrapando la calma y el olor de los cipreses en sus pulmones. Mira las esculturas de los lados y sonríe. Angelotes gordos, rotundos, revolotean entre las flores.

Las flores. Hay flores por todos los lados: claveles, narcisos, margaritas. Todas abiertas, todas soltando su perfume que se mezcla con el olor a verde del camino y que hace que el paseo bajo el sol resulte perfecto.

Hasta los ruidos de los aviones que aterrizan al lado contribuyen al paisaje. Lo hacen real, tangible, hacen que no sea un sueño ni nada que la mujer pueda estar imaginando. Para cerciorarse, la mujer extiende una mano y haciendo fuerza coge un par de las pequeñas piñas del ciprés más cercano. Se las lleva a la nariz y aspira fuerte. No lleva luto, lleva un traje de gala para una fiesta en la campiña. Fiesta en la que su marido, con traje de pino, es el invitado principal.

Unos pasos por delante de nuestra mujer, camina encorvado un señor mayor. Se detiene un momento y mira a su derecha. Un Cristo agonizante e informe, con la mitad de la cara desgastada le devuelve la mirada. El suelo está húmedo, embarrado, el hombre resbala ligeramente y golpea los restos de unas flores de plástico con los zapatos sucios. La sombra de los cipreses da al conjunto una imagen tétrica, el hombre avanzando con dificultad por un túnel rematado en un agujero fangoso. Mira las telarañas en los cipreses, las manchas de moho en las figuras, los mármoles rotos que dejan al descubierto oquedades llenas de restos de hojas y papeles.

Y los aviones, acarreando turistas sobre su dolor. ¿Es este un lugar para el descanso? Están llegando al hoyo. El viejo se aparta un poco del camino para limpiarse el zapato de barro. Levanta un poco la vista y se encuentra con los contenedores de basura llenos de flores mustias, plástico retorcido y quién sabe qué más porquería. ¿Es este lugar para un héroe de guerra? ¿Es este lugar para un hijo?

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68 Sin City, por El Greco

Los sábados por la mañana son para esto: cañas, discos y tebeos.

He agotado mi presupuesto para vicios en las cañas y los discos (unas maquetas de Soundgarden y el primer disco de Incubus) así que mientras los demás entran a por tebeos me quedo fuera para evitar tentaciones.

Revuelvo la bolsa para buscar el disco de Incubus cuando una falda mínima me distrae. Vicio. Levanto la cabeza para seguir la falda, bajo hasta los tacones y subo hasta los hombros. Dentro de la falda están la desesperación y la necesidad, así que me quedo justo fuera. Mejor promesas de vicio en la cabeza que las certezas de la vista.

Se acerca un pellejo arrugado a la Falda. Pellejo en blanco y negro: tez cetrina, jersey de punto gris oscuro y pantalones negros. La bola de papel arrugado mira de frente al escote de la Falda. Para él es rutina y desesperación.

Giro la cabeza para evitar la escena justo a tiempo para ver a dos turistas despistados. La parejita se agarra fuerte de la mano y acelera el paso. Una mano sujetando la de la pareja y la otra agarrando el bolso; Miedo e Inseguridad cruzan la plaza esquivando a los personajes. Inseguridad, pajarito asustado, golpea unos cartones en su huida y va al suelo. Miedo la ayuda a levantarse y, ¡oh milagro!, los cartones cobran vida y se yerguen ligeramente.

Inseguridad arrodillada, Miedo inclinado hacia ella y ambos mirando al Cartón Milagroso con los ojos como platos y el corazón agitado. No lo veo, pero sé que detrás del Cartón Milagroso un halo de luz ha formado una corona que enmarca al Cristo Borracho del Pelo Grasiento. Inseguridad y Miedo se transforman los dos en un único ser, Piesparaqueosquiero, que rompe la mística del momento saliendo zumbando entre gritos y sollozos.

Se ve que al Cristo le han crucificado mil veces y ha resucitado otras tantas, quizá de ahí la cara de zombi con la que observa la escena. Después de un par de miradas turbias, se amorra al brik para una transfusión y se envuelve de nuevo en el sudario de Fagor. Dormir es morir un poco. Resucitará al de unas horas y con suerte no será tarde para ir a por algo de pan. Amén.

Justo cuando se habían apagado los sollozos, nuestro beodo señor volvía junto a sus muertos, la extraña pareja de Falda y Pellejo negociaba la transacción y yo me volvía a centrar en el disco, un ángel tullido se puso a gritar desde las alturas: “Putas, ¡largaos de aquí de una vez!”.

Gabriel irritado; Gabriela. Puño en alto, hartazgo vengador desde el balcón del segundo piso. Seguro que hasta ahí llegaba también el olor sulfuroso de los meados. “Putas, ¡voy a llamar a la policía!”. El 112 en el teléfono, la espada de fuego de Gabriela, un cuerpo comprimido lleno de ira y dificultad para moverse.

Vuelven los colegas.

  • ¿Qué habéis comprado?
  • Sin City, de Frank Miller. Me han dicho que es la ostia.
  • Sí, está entretenido. Yo acabo de ver ahora la versión que dibujó El Greco.
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