El paseo

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. A los cinco segundos el zurullo deja de humear. Desenrollo la bolsa de plástico negro con la mirada fija en la caca para no perderla de vista, aunque es difícil que se escape: un par de manchitas marrones sobre la hierba escarchada. Hace un frío hiriente que no te deja permanecer quieto por mucho tiempo. Con la mano derecha torpe y aterida embolso la porquería con cuidado y hago un nudo en el extremo. Puska me mira durante toda la operación, no hay otra distracción a estas horas de la mañana. Ni siquiera se ven pájaros entre los árboles. Los pájaros le entretienen. Si hay alguno en la copa de los árboles, en seguida me arrastra hacia allí, da vueltas de un lado a otro tratando de buscar la entrada, algo que le permita encaramarse hasta la rama y dar al pájaro un susto de muerte. Hasta ahora no ha dado con la puerta, así que se limita a mirar al cielo, ladrar y escarbar la tierra; “Ya te atraparé”, le chilla al pájaro. Le chilla con ese ladrido agudo de perro pequeño hasta que el pájaro levanta el vuelo en busca de un vecindario más tranquilo. Entonces nos miramos y continuamos el paseo. Pero hoy no hay pájaros a los que molestar.

Con la bolsa en la mano, nos obligo a deambular por el parque, tenemos que pasear. Tiro la bolsa en la papelera y continuamos. Nos metemos por el carril bici, cruzamos la zona de juegos infantiles, atravesamos por medio del jardín, dejo que marque con orín el laurel que pusieron enfrente del bar, la farola de al lado de la papelera, la esquina del edificio del gimnasio pijo, unas hierbas altas. Dejo que marque con el olor de sus meados los trescientos metros a la redonda que hay alrededor mi casa. Que agote las reservas de su no tan pequeña vejiga, que mee por todas las esquinas, que diga apestoso “Puska estuvo aquí”. Puska estuvo aquí, pero también Lagun, Olie, Ada, Sibila, Nero. En el campo esto no pasaba pero en un barrio, los territorios apenas duran. Son Balcanes caninos. Las fronteras se fijan, se diluyen y se transforman en horas. Mientras tratas de asentar tus dominios, otro chucho ha abierto brecha por algún extremo. No hay forma de hacer país.

Llevamos diez minutos de paseo y no nos hemos cruzado con ningún perro. Con un par de corredores (leotardos para el frío, chaqueta cortavientos, reloj inteligente para contar calorías y kilómetros, zapatillas de colores, gorro, braga para proteger la garganta, cascos con música estimulante) y varios curritos camino del trabajo (chaquetón, botas, cabeza gacha y ojeras) pero ningún paseador de perros. Mejor. A mí me gustan los perros; a Puska no. A ver si hay suerte y tenemos un paseo tranquilo. Hace unas semanas, un perro era un incordio, una molestia que había que esquivar para evitar esas caras de sorpresa del dueño como diciendo, “Vaya con la mosquita muerta”. Sin llegar a mayores. Hace unas semanas, la cosa estaba así, paseábamos, Puska veía a un perro a lo lejos y según le conviniera, le ladraba o no. Ahora, si durante los paseos aparece una sombra que pueda parecerse a un can, toma posesión de su cuerpecillo una rabia infinita, un odio ciego que intenta arrastrarnos contra su némesis. Archienemigos sin leotardos, peludos, con capucha algunos. Perros que en su interior guardan la semilla del mal escondida tan profundamente, que es necesario arrancarles la piel a dentelladas, avanzar entre sus vísceras y allí, entre todo ese revoltijo nauseabundo, allí se encuentra la raíz del mal. Eso es lo que me transmite Puska cuando me mira con los ojos encendidos, tirando sin tregua de la correa extensible, buscando metros adicionales que le permitan llegar al malo malote y así salvarnos a todos. Eso es lo que dicen sus ojos, su cuerpo entero inclinado hacia delante. A mí me da pena no creerle. Las convenciones sociales de hoy en día no me lo permiten. Si el perro es más pequeño y, sobre todo, si lleva capucha, estoy tentado de hacer la prueba, de dejarle llegar hasta el fondo. En esos casos, ya vas planeando lo que le dirás al dueño, “Perdona. Es tan pequeño que no lo he visto, lo habré pisado sin querer”, “Mi perro lo ha confundido con una rata, disculpa”. Palabras. Pero no lo hago y a cambio vivo en un sobresalto continuo. Somos dos y él no ayuda. Hago un paseo sospechoso, sobresaltado, siempre alerta tratando de adelantarme a lo que pueda aparecer. Aprovecho sus meadas para escanear la zona, le distraigo antes de doblar una esquina para poder pasar con tiempo suficiente. Anteayer nos topamos con un border collie, Dios que perro más asqueroso. Tenía que haber olido a ese ovejero desubicado, pero no lo hice. Doblamos la esquina de la guardería y venía de frente con el parado de su dueño. Puska aprovechó la cuerda floja y se fue a por él. Bloqueé la correa y lo detuve en el aire. Como en una película de acción, Puska dio un par de volteretas en el aire y aterrizo con las cuatro patas, sin problemas. “Él hace sus propias escenas de riesgo”, pensé y aproveché la inercia del golpe para iniciar el arrastre de perro. Es como pescar pero aquí no hay que ceder sedal a no ser que la distancia con la presa sea considerable. Recoges correa. Paras para ver la reacción. Ladrido, tirón, ladrido inflamado. Recoges correa. Recoges todo y, en las situaciones críticas donde la presa pasa a cazador, tiras fuerte de la correa, poniendo a Puska a salvo por elevación y sujetándolo fuerte entre los brazos hasta que pasa el peligro. Deportes de riesgo para evitar una lucha absurda.

Veinticinco minutos. Estoy agotado. Hay niebla y tengo que forzar la vista para diferenciar entre todas las sombras de la ciudad. El de hoy ha sido un paseo bastante calmado. “¿Vamos para casa Puska?” Es una pregunta retórica, claro. El chuchito me mira resignado porque para él no ha sido suficiente. Nunca es suficiente. Los cinco últimos minutos los pasamos reforzando la frontera oeste del efímero reino. Seto, farola, cuadro de electricidad y esquina del edificio. Cuatro orines cortos para unir los puntos, para componer la divisoria. “¡Para casa!”. Y para casa vamos. Él, contento y vacío. Yo, exhausto. Llevo una hora levantado y tengo que ir andando a trabajar. En casa, le pongo agua fresca, le acaricio la cabeza, me lavo las manos y voy a cambiarme. Me calo el chaquetón, las botas, paso por el baño de nuevo para tratar de disimular las ojeras y, con la cabeza gacha, voy para el trabajo.

El grano

—Mamá, ¡mamá! Tengo un grano en la cara, me ha salido un grano, ¿me escuchas? En el lado derecho, como un lunar infecto.

—Uhm

—Un grano, mamá. ¡Un grano!

—Bien. Bueno, no será tan grave. Date alguna pomada y se te va enseguida.

—No se va, mamá. No se va a ir. Está aquí para quedarse, ¡oh Dios! ¿Te imaginas? ¿Imaginas que esté aquí siempre? No podría vivir con ello. No podría vivir con este alien en la cara. Un monstruo, mamá, un monstruo.

—Estás exagerando. Siempre exageras. Yo a tu edad…

—Tú a mi edad estabas casada hace años con papá. Estabas embarazada de mi hermano y no creo que te quedase tiempo para fijarte en granos en la cara con el tripón que tenías entonces. No me vengas con historias, madre, te llamo porque tengo un grano en medio de la jeta que me tapa la mitad de la cara.

—Pero ¿tan grande es? A ver si va a ser… ya sabes… el bicho.

—¿Cáncer? Pero mamá, a ti se te va a la olla. Es un asqueroso grano.

—¿Seguro? Mira que a tu tía Luci…

—Seguro mamá, no me vengas con paranoias.

—Mejor, mejor. Me dejas más tranquila. Entonces date algo de pomada y se pasa.

—Mamá, ya te he dicho que me he dado pomada y no se va, esto no se va. Tengo un alienígena en la cara, un extraterrestre gordo y desagradable.

—¿Y no puede esperar todo esto? Son las once de la noche, nos has pillado en la cama y tu padre está aquí protestando y diciendo que cuelgue. ¿No lo podemos hablar mañana?

—¡Estás loca! ¿Mañana? Si se ve gigante a estas horas, imagínate cómo estará por la mañana. Seguro que es como una planta, está vivo, con la luz del sol crecerá y crecerá. ¡Qué asco, mamá! ¡Qué asco!

—Bueno cálmate. Échate a dormir. Quédate en la cama un par días. Di en el trabajo que tienes gripe, a fin de cuentas, es como si estuvieras enferma, ¿no? Yo te llevo la comida, no te preocupes, y evita los espejos, todos. No te maquilles, la cara limpia, lávate solo con agua y jabón. Frótate con bicarbonato en el grano dos veces al día, por la mañana y por la noche, antes de acostarte. Esparce el bicarbonato y masajea suavemente la zona con los dedos índice y corazón, en círculos, durante uno o dos minutos. Cuando hagas esto, ten la pierna del lado del grano… ¿la derecha?

—La derecha

—Bien, ten la pierna derecha levantada, ¡no te tumbes! Haz todo esto estando de pie. Mantén la pierna derecha levantada, como te digo. Si puedes haciendo un ángulo recto, de noventa grados. Es recomendable, pero no estrictamente necesario. Debes aguantar durante los dos minutos que te estás masajeando la cara con el bicarbonato. Es normal que no aguantes con la pierna en ángulo recto todo el tiempo, pero no la apoyes nunca en el suelo, ¡nunca! Evita el café, y todos los lácteos, sobre todo el queso, es muy graso y contaminante, no te hace bien, y el segundo día ayuna por completo, toma solo agua y zumo de pomelo sin azúcar. El zumo de pomelo te lo debes tomar tres veces al día: nada más levantarte, a mediodía y a las seis de la tarde. Tiene propiedades secantes y sirve para tensar la piel y eliminar las arrugas. Recuerda lo de los espejos; no te mires en ellos. No es que no te vayas a reflejar, como los vampiros, es porque hay mucho componente psicosomático en la desecación de un grano. Si te miras la cara y lo ves, te estresas y generas endorfinas que inciden en su curación. Tu cuerpo es sabio, cariño, y reacciona de forma desagradable si tú te encuentras desagradable. Es un espejo interior, te lo creas o no.
Descanso en cama, bicarbonato, pomelo y evitar los espejos. No hay más. Con eso en dos días tendrás la cara impoluto y mucho más suave de lo que nunca la has tenido.

—Gracias mamá. Mil gracias. No sé qué haría sin ti, eres un sol. Ahora mismo mando un correo al trabajo para decir que no me encuentro bien, y mañana por la mañana aviso de que estoy enferma y que no iré a trabajar. Eres sol.

—Muy bien cariño. Ahora a dormir. Un beso.

—Un beso mamá, y dale otro a papá. Descansad.

—Dirás lo que quieras Mari Carmen, pero esta generación es medio boba o boba entera.

—No te quito la razón, Manolo, no te quito la razón. Vamos a dormir, anda. Apaga la luz.

La amistad está sobrevalorada

El caso es que yo tengo un amigo con el que me llevo muy bien y él, a su vez, tiene otro amigo al que yo no conocía de nada. Un día se presentó con él y estuvimos tomando unos vinos. La verdad es que es un tipo francamente simpático y desde entonces hemos quedado más veces, mi amigo, su amigo y yo, sin ningún problema y lo hemos pasado bien. No sé muy bien a santo de qué, pero un viernes, este amigo (el amigo de mi amigo), aparece en una de estas quedadas con dos personas, amigos suyos, según parece, que ni yo ni mi amigo conocíamos con antelación. Donde caben tres caben cinco y en lugar de tres vinos y tres pinchos, se sacaban cinco vinos y cinco pinchos y santas pascuas. No es cuestión de discutir.

Sea como fuere, esta acumulación de amistades me hizo pensar. No es que yo tenga nada en contra de los amigos del amigo de mi amigo, pero ¿dónde está el límite? ¿Puedo considerarlos amigos míos? ¿Sus amigos, si los tuvieran, serían a su vez amigos míos? Si, por circunstancias, hubieran procreado y tuvieran hijos, ¿serían sus hijos necesariamente amigos míos? ¿Y sus cuñados, tíos, nietos? ¿No es esto tomarse la amistad muy a la ligera? Yo a mi amigo le conozco desde que éramos críos, nuestras familias eran vecinas y hemos estudiado juntos la mitad de la vida. Su amigo, bueno, su amigo es simpático, ya lo he dicho, pero no le conozco tanto y ya, si encima se trae a sus propios amigos, ¿no desplaza y degrada mi amistad original? Para ser sinceros, ahora mismo me encuentro algo incómodo en este grupo de amigos, ligeramente perdido entre tanta muestra de amistad, sobre todo porque yo soy más bien contenido.

A lo que iba. El caso es que yo tengo un amigo, bueno, un conocido…