94 No más sopa

—No me gusta la sopa

—¿Está fría? ¿Te la caliento un poco más? Yo creo que está bien, pero has tardado desde que estaba preparada, se ha podido enfriar. Coge la cuchara, anda, que la voy a calentar

—No, no has entendido. No me gusta. Nunca me ha gustado. De hecho, odio la sopa

—¿Qué dices, Antonio? ¡Si siempre te ha encantado mi sopa! Siempre has repetido. Tengo que hacer de más para que tú repitas

—La odio. Odio la sopa. Odio tu sopa. No sé qué demonios son esas cosas verdes que flotan en el agua. Odio la sopa y el puré de calabazas, sobre todo el que hace tu madre. Tampoco me gustan los garbanzos o el fletán. En mis tiempos el fletán no existía, estoy convencido de que es pescado creado en el laboratorio. No traigas nunca más fletán. ¿Por qué no podemos comer carne más a menudo? No te digo que comamos solomillo a diario, pero al menos los domingos, y puedes traer filetes, carne guisada con sus patatas, guisantes, zanahorias. ¿Por qué no ha vuelto tu primo con los chorizos del pueblo? Seguro que le has dicho que no traiga más, por el colesterol y eso. Mi colesterol es “del bueno”, así lo dijo el médico; “del bueno”. Pero no te entra en la cabeza, porque no escuchas. No escuchas Mari Carmen, y eso tampoco me gusta. No escuchas y me obligas a ponerme la camisa de cuadros los sábados cuando salimos. Voy a tirar todas las camisas de cuadros que hay en el armario, es más, voy a tirar todas las camisas. A partir de ahora solo voy a ponerme camisetas. Voy mucho más cómodo y elegante con ellas. Me favorecen. Estoy cansado de vestir como un viejo, de hacer cosas de viejo: salir todos los fines de semana por los mismos bares, subir a comer, echar una siesta y la partida de cartas. No soy ningún viejo. La semana que viene nos vamos de viaje. No hagas maleta porque no nos va a hacer falta. Improvisaremos. Vamos a coger el coche y hasta donde llegue el depósito. Quiero ir a Galicia y espero que haga mal tiempo; que llueva, que refresque. Vamos a pasear por los bosques de robles y hayas, nos vamos a mojar y, quizá, agarremos un constipado que solo se pueda curar con orujo casero. Porque también me gusta el orujo, ¿lo sabías? Me encanta el orujo de café y el vino. Sufro cada vez que pones el vaso de agua en la mesa. Y la tele, ¿no se puede estar tranquilo en esta casa? ¿Por qué hay que tener la televisión siempre puesta? No sé qué personajes salen, me vuelven loco con tanto guirigay. Siéntate conmigo. Hablemos, leamos un libro, lo que sea. ¿Cuál fue el último libro que leíste? ¿Sabes que hay días que te digo que tengo tareas pendientes en el trabajo y en realidad estoy leyendo un libro? En un eReader. Me lo regaló tu sobrino. Me lo pasó a escondidas para que no te enteraras. Está lleno de libros electrónicos y casi todos piratas, por lo que me dijo. Me gusta el campo, leer, la carne en su punto, estar en silencio durante horas, pasear por las noches, las buganvilias, quiero tener un perro, grande, un mastín o algo parecido y me pienso dejar bigote, me da igual lo que me digas. No quiero tener que visitar a tus padres todas las semanas, vete tú sola y ya iré yo cuando me apetezca, si vuelves a poner sopa, juro por lo más sagrado que me voy de esta casa, no soporto a tu amiga Puri, ni el vestido de flores azules que dices que tanto te favorece. Ah, y se acabó lo del “sábado sabadete”. Haremos el amor cuando nos dé la gana, aunque sea miércoles y haya que madrugar. Y con la luz dada. Y “hacer guarradas”, como dices tú, es sano y estimulante, deja ya de hacerte la mojigata que no te pega.
¿Te ha quedado claro? ¿Sabes ya lo que me gusta y lo que no?

—Antonio, espero que todo esto sea una broma. No estás hablando en serio, ¿verdad? Porque puedes coger la puerta y largarte ahora mismo

—Mujer, claro que no, ¿te he asustado? No iba en serio. Bueno, lo de la sopa sí, no me gusta la sopa. El psicólogo dijo que añadiéramos algo de picante a la relación, algún elemento de sorpresa, algo inesperado, y se me ha ocurrido esto. ¿No te ha parecido bien?

—Tonto. Me has asustado. Pero me ha gustado verte así, tan macho… me has excitado. ¿Me acompañas al dormitorio? Quizá deje la luz encendida.

93 Vicio malo

Solo le quedaba un cigarrillo. Un señor cigarro. Un último pitillo. Un concentrado de hierbas, alquitrán y algún saborizante maligno. Posiblemente con gluten, aceite de palma y trazas de sésamo. Lactosa, azúcares añadidos y grasas saturadas.

Triste, observaba esa pequeñez infame envuelta en un tubito de papel. En un sudario cubretodo. Un minúsculo féretro blanco, con un niño perverso en su interior.

“Eres hierba y en cenizas te convertirás”, pensaba solemne, y lo acercó a la llama del mechero. Su último pitillo. Un señor cigarro. El único cigarrillo que le quedaba, arde ahora entre sus dedos.

92 Vinos de autor

El malvado Luthor había puesto kryptonita en la bodega. No me gustaba que hiciera esas cosas, lo habíamos hablado en las reuniones, pero él insistía que ese precisamente era el componente que daba al vino el punto de sabor que apreciaban los críticos. Me llamaba clásico y cuando estaba realmente enfadado, obsoleto y anticuado. El malvado Luthor era un imbécil pero mientras el vino se vendiese podría seguir haciendo sus experimentos. He meado en las barricas del vino que se va a embotellar este año, francamente, no le aguanto más en mi bodega.

91 Amarras

Cerró los ojos y sopló las velas del barquito. Al abrirlos de nuevo, el barco de juguete yacía varado en una bolsa de plástico en medio del estanque. No había escapado medio metro de la orilla. “Ve. Vuelve con mamá”, le dijo entonces a su hijo. El niño corrió torpemente hacia su madre hasta alcanzar el puerto seguro de su regazo. Miró el barco encallado y a su familia por última vez y huyó.

90 Regalo de cumpleaños

—Papá, ya sé lo que quiero para mi cumpleaños

—Carlitos, hijo, ya lo hemos hablado. Tu regalo ya está en camino, ya no se puede devolver. La semana pasada querías un poni, para recorrer todo el valle como los vaqueros de las películas, ¿ya no te acuerdas?
Lo estuvimos hablando tranquilamente, tú y yo. Un poni es un ser vivo, no es ningún capricho. Lo hablamos, ¿recuerdas? Y me aseguraste que era lo que querías, que lo ibas a cepillar y alimentar tú personalmente todos los días. Hasta le pusiste nombre, “Thor”, como el dios del trueno

—Lo sé pero… Papá, es que creo que hay otra cosa con la que me voy a divertir más. También es un ser vivo y te juro que también le voy a cuidar muy muy bien. ¿No puedo cambiar de idea papá?

—Veamos, ¿qué es lo que quieres ahora? Antes de ver si se puede devolver a “Thor”, veamos qué es eso con lo que te vas a divertir tanto

—Tú ya tienes una y he visto lo bien que os lo pasáis juntos. Yo también quiero divertirme así, ¿puedo tener una secretaria como la tuya, papá? ¿puedo? No me importa si no es rubia, la querré igual.