66 John “Hammer” Lin

Este que veis ahora ahí tirado entre ratas y excrementos volvió locas a vuestras hijas. Este guiñapo llenaba estadios con su música. Atraía a miles de adolescentes a sus conciertos. Le adoraban. Hacían lo que les pidiera.

Este joven ahora desahuciado es John “Hammer” Lin, guitarrista y cantante principal de “Smash”, la ‘boy band’ de más éxito que ha habido nunca en esta industria.

John Lin era la imagen de la banda. La mística oriental. El misterio necesario para hacer despuntar a una banda para adolescentes entre todas las demás. Un samurái moderno, enlutado y poderoso. Su guitarra sonaba como el martillo de Thor. Se ganó el sobrenombre en cuanto lo escuché en el casting: “Hammer”. “Hammer” Lin.

Las muchachas le buscarían y no sabrían porqué. Tendrían necesidad de verle, de escucharle, de tocarle. Llegarían desde cualquier parte del mundo a sus conciertos. Cientos, miles de chicas entre doce y dieciocho años. Le seguirían de espectáculo en espectáculo. Pagarían lo que fuera.

En cuanto le oí tocar en el estudio supe que este chico nos haría de oro.

Tres discos de oro, cuatro giras mundiales, miles de entrevistas, portadas de revistas, cientos de conciertos, visitas a platós de televisión. Más clubs de fans que Elvis y Julio Iglesias juntos. Lo nunca visto. Los mejores años de mi carrera. No creo que se repita nada igual.

Un día, después de la última gira se presenta en mi despacho y me dice “Lo dejo”. Solo eso, “lo dejo”. ¿Y el contrato? ¿Y tus fans? Ya había salido y cerrado la puerta del despacho. No me oía.

“Lo dejo”. Es lo último que supe de él. John “Hammer” Lin, mi chinito de oro.

Me abandonó. Nos abandonó. Abandonó al grupo, que se disolvió a los pocos meses. Abandonó a sus fans, que despertaron de un sueño para caer en la rutina de su realidad.

Este encantador de ratas fue John “Hammer” Lin, el mayor seductor de masas que se ha conocido.

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65 Corre Josemari, corre

Reunión de gallinas cluecas“, piensa Josemari al pasar frente a la salita donde todos los jueves se reúne su mujer con las amigas. Enfundado en una bata de cuadros escoceses, arrastra las zapatillas de felpa hacia la cocina. Prepara un vaso de leche caliente, 4 galletas y de vuelta al sillón de la habitación.

Viejas cotorras, pellejos chismosos, loros desplumados“. Para a coger aliento delante de la salita. Escucha.

  • Pero algún capricho ya te darás ¿no, Mari? No me digas que no vas a darte alguna alegría.
  • ¡Ni lo dudes! Un viajecito o dos seguro que cae. ¡Habrá que ejercer de viuda alegre! Pero primero quiero remodelar el piso, que huele a alcanfor. Sacar un dinerillo con la colección de sellos de Josemari, que seguro que tienen más valor que la pensión de viudedad que me quede. ¡Y el escritorio! Ese trasto lleva en la familia siglos, seguro que vale un dineral. Hoy en día se vende todo por Internet me ha dicho mi hija.
  • ¿Y la ropa del viejo?
  • Para Cáritas, si la quieren
  • Chica, desde luego rica no te harás pero ¡oye!, más que suficiente. Y siempre te puedes echar un nuevo marido.
  • ¿Y perder la pensión? Mejor un querido, o dos
  • ¡Picarona! ¡Muy planeado lo tienes todo!
  • En un par de meses Josemari está abonando las lilas del cementerio. ¿Has visto como tiene la tensión? ¡16 le dio la última vez! ¿Y los triglicéridos?

Carroñeras, miserables viejas sin oficio, hienas desdentadas. ¡Os voy a sobrevivir a todas garrapatas inmundas!

Josemari avanza hacia su habitación con dificultad, sujetando el vaso con las dos manos para evitar que la leche se derrame con el movimiento, con las galletas en la boca y la cara congestionada por la ira y por la dificultad para respirar.

¡Chochas! ¡16 de tensión! ¡Eso lo bajo en menos de una semana! Iré a todos vuestros funerales con una sonrisa de oreja a oreja. No somos nada, diré, no somos nada. ¡Viejas chochas!

El viejo se encierra en su habitación y empieza a rebuscar en los armarios. Se cambia de ropa con dificultad, a su edad es normal. Se repasa en el espejo de cuerpo entero del armario, satisfecho a medias con lo que ve y se dirige a la puerta. Va a salir.

  • Cariño, bajo a la calle a dar un paseo.
  • Pero lleva un abrigo, que hace fresco.

José María López Cortázar, 86 años de pura decisión. Pantaloneta gris, muñequeras y cinta para el pelo, sudadera gris con capucha “por si refresca”, calcetines negros (es lo que encontró) y zapatillas blancas.

A José María López Cortázar le empuja el afán de sobrevivir a su mujer. Alrededor del parque de San Adrián la gente disminuye su zancada para no adelantar la carrera famélica del corredor.

José María corre y murmulla entre dientes, “gusano, buitre, desperdicio, buena para nada… te incineraré y echaré tus cenizas por el retrete. ¡Ya veremos quién ríe el último!

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64 La Laurel es una selva

El vino y su origen latinoamericano (¿mexicano? ¿colombiano?) le alargaban las eses al hablar.

  • Sí. Ya te digo, servesa, servesa y ta ta ta y cuando terminan de servirnos a todos, él ya se lo había vasiado.
    El tío se trinca las servesas… pu… de trago.
  • No te preocupes, nos desía, a la siguiente ya le voy a sentir el sabor, pero esta era para matar el… el…
  • Para quitar la sed. Sí, mi cuñado y mi padre hacen eso. La primera cerveza no cuenta y la siguiente ya es para tomarla con más calma.

El más joven de los dos trataba de meter baza acelerando la frase para no dejar huecos por los que se colara el de enfrente, pero con poco éxito.

  • Pero este hombre bebe servesa cóóóóómo… Y éramos 5 personas. Y estábamos allí en el campo y veeenga a tomar –hacía el gesto con la mano, con el dedo gordo apuntando a la boca.
  • Es otra vida, eh. Y se nota, el calor de todas formas para beber…
  • No, si no hase mucho calor.
  • ¿No hace mucho?
  • La gente se imagina África todo repleto de selvas y leones y que siempre hace calor. Pero hase mucho más calor aquí.
  • Sí, yo el año pasado en Barcelona lo pasé muy mal con el calor… un bochorno…

Imposible intervenir. El joven gesticulaba aburrido.

  • Solo hace realmente calor en la línea esta de… Ghana, Congo, el Zaire…
  • Pero en Mozambique no.

El joven mantenía la conversación a duras penas. Había terminado de comer y miraba con disimulo al resto del grupo como diciendo “¿Nos vamos ya?”

  • No, que va. Y lo de las fieras… Ten en cuenta que más del 90% de los negritos de África no han visto un león en su vida, ni lo va a ver. ¡Yo no vi ni una fiera!
    Fuimos a un restaurán -lo dijo así “restaurán”- y había un cartel que ponía “Cuidado con los cocodrilos”, mi hija lleva 3 años allí y no vio nunca un cocodrilo.
  • Qué era ¿para los turistas?, para sacarse una foto.
  • Eso hisimos. Los españoles que van se piensan que ahí van a ver a Tarsán -con ese- saltando entre los árboles, y allí no hay más que arboles chiquitos, matorral.

Se acerca el grupo e interrumpe la conversación. Salen por la puerta del bar.

Una manada de fieros turistas en busca de más pintxos que llevarse a la boca.

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