Desde mi ventana

Me gusta coger la taza del café con las dos manos, aunque no haga frío, aunque me queme un poco. Tengo la taza del café sujeta así, recién salida del microondas, humeante. Por la radio están emitiendo un programa de música brasileña. Es agradable. La música es extraña y sugerente. No pega con el día, que está plomizo y no se decide a llover. Lleva toda la mañana así. Toda la semana así. Mi apartamento da a una de las circunvalaciones de la ciudad. Rodean la carretera una serie de jardines que cubren malamente la fealdad del asfalto y el ruido de los coches. Han puesto vallas publicitarias en uno de los lados del jardín de debajo de mi casa. En las vallas casi siempre hay anuncios de coches nuevos. De familias numerosas en flamantes coches sin estrenar, de grandes paisajes pisoteados por unas ruedas enormes pegadas a coches gigantes, de experiencias multisensoriales sobre asientos que imitan el cuero. A veces también cubren esas vallas con indicaciones para llegar al centro comercial más próximo, pero lo habitual son los anuncios de coches. Mi coche tiene doce años, está en el garaje y apenas lo uso. Cuando lo necesito me responde bien y no he tenido averías de importancia. Espero que aguante otros tres años por lo menos. Hemos pasado cosas ese coche y yo. Lo echaré de menos cuando tenga que cambiarlo.

La voz del locutor es susurrante e introduce las nuevas canciones como si posara un pájaro que se ha caído del árbol en una caja con algodones. Hace sus comentarios con cuidado, despacio, sin prisa, como si temiera asustar a los cantantes. El viento levanta algunas bolsas de plástico y papeles. Revolotean al son de la bossa nova por el jardín y acaban por pegarse contra unos arbustos. Fin del baile. De entre los arbustos empapelados sale un perro dando brincos. Le persigue otro perro más pequeño. Están jugando los dos. Fuera del jardín, en la acera, sus dueños están charlando tranquilamente. Son dos hombres vestidos con chaqueta de chándal y pantalones vaqueros. No son jóvenes, pero tampoco son unos ancianos. No sé qué son. Son, y ya está. Son, como tantos otros, como todos nosotros. Son y están. Están hablando mientras los perros juegan y se olisquean. El perro pequeño deja de perseguir al perro más grande y contorsiona el cuerpo, recoge el culo y hace fuerza. Está cagando. Los hombres que hablan miran sin querer ver, disimulan y siguen su conversación. El perro pequeño sale corriendo detrás del otro que le estaba esperando para continuar con el juego. Todos continúan como si no hubiera pasado nada.

Antes hacía un café asqueroso. No sé por qué no me salía bien. Tampoco ahora sé por qué me gusta el café que hago; o he mejorado con la práctica o me he acostumbrado. El resultado para mí es el mismo: me puedo tomar el café que preparo. ¿Durarán mucho los locales de apuestas? Me resulta extraño ver tantas luces y colores en un local. Son las dos y media de la tarde y hay un cartel de neón en el que se encienden y apagan luces verdes, rojas y blancas. El efecto imita una ruleta girando. Cuando da tres vueltas imaginarias, se encienden y apagan todas las luces a la vez, lanzando destellos multicolor. Cada vez hay más bares de apuestas por la ciudad. Los bares de apuestas, los bazares chinos y los supermercados abiertos veinticuatro horas se están multiplicando. Han venido aquí para quedarse. ¿Te has quedado sin pasta de dientes? Pásate por el Alcampo. ¿Vienes de fiesta y te apetece algo de postre? Tienes un supermercado abierto para que te compres un bizcocho, un batido de fresa, unos yogures de limón, pan recién horneado, carne fresca, maquinillas de afeitar. Es muy cómodo. Está muy bien y así hay más trabajo. Claro, más trabajo es siempre bueno. Por eso la gente está deseando ser reponedor, cajero o camarero. Porque es trabajo y es bueno. Porque es un buen trabajo. ¿Quién puede estar en contra de comprar verduras a las dos de la mañana? Hay que ser una persona sin alma ni criterio para oponerse a la comida sana. La ludopatía es un problema y también lo es el alcoholismo, pero dan trabajo a mucha gente, pagan impuestos y con esos impuestos se paga también tu sanidad y tu jubilación. Quieres jubilarte, ¿verdad? La jubilación me obsesiona. Tengo cuarenta años y los últimos diez los he pasado pensando en jubilarme. Oficialmente me faltan veintitrés años, ocho meses y catorce días para la jubilación. Extraoficialmente, no creo que aguante tanto tiempo.

Llevo la taza vacía al fregadero. Echo agua dentro, hasta cubrir las marcas del café. No la limpio ahora. Cuando cene, por la noche, fregaré todos los cacharros juntos. Me gustan las cortinillas de esta radio. Mucho más que alguno de sus programas. Cogen trozos de entrevistas, de presentaciones o charlas, los descontextualizan y mezclan con otros pedazos y forman una unidad absurda pero que tiene sentido. Eso te da esperanza. Lo extrapolas y ves tus pedacitos del día, tus tareas y andares, todos aislados y sin sentido y te imaginas que hay alguien que está cortando y pegando cada uno de esos instantes para formar una cortinilla, un anuncio coherente de algo. No sabes qué es ese algo, pero al menos sabes que tendrá sentido. Algo tiene sentido para alguien. Alguien, alguna vez, encuentra el sentido a algo. Y eso es esperanzador. Un chico se ha caído de la bicicleta. Está doliéndose en el carril bici. Otros dos muchachos de su edad se acercan a ver qué le ha ocurrido. Uno de ellos coge levanta la bicicleta y la mira para ver si tiene alguna avería, a ver si todo funciona bien. El otro, está al lado del chico que sigue quejándose en el suelo. Le da una patada fuerte en el estómago que deja al pobre doblado contra el asfalto rojizo, luego le patea la espalda varias veces y le da un manotazo en la cabeza. Se abraza con el muchacho que sujeta la bicicleta y se alejan caminando. Los hombres del chándal han desaparecido. No veo tampoco a los perros. Voy a por el móvil y marco el 112. El chico se levanta, se sienta un rato en el banco sujetándose las costillas y luego se aleja. Cojea un poco y anda despacio. Circula por el carril bici, en el mismo sentido por el que iba antes. Al otro lado del teléfono alguien me hace preguntas. No tengo las respuestas que busca. Le digo eso mismo, “Perdone, pero no sé qué responderle”, y cuelgo. Apago el teléfono porque me llamarán de vuelta y seguiré sin saber qué responder. Me apetece otro café, pero tengo la tensión alta y no debo, además tengo que darme prisa o voy a llegar tarde al trabajo.

El chico al que golpearon seguramente tenga un padre y una madre. ¿Qué les va a contar? Los chavales que le pegaron y se largaron con su bicicleta también tendrán padre y madre. ¿Qué les dirán ellos? ¿Tendrán ellos las respuestas para sus actos? Igual sí, pero espero que no. No creo que se pueda responder a eso, justificar estas acciones. Mejor dicho, no creo que se deba responder a eso. Me gusta decir lo que se debe y no se debe hacer mirando por la ventana de mi casa. Los juicios me salen aún más redondos si estoy con el café entre las manos. La sensación de bienestar me aísla del exterior y puedo opinar con claridad, poner las líneas entre lo que está bien y lo que está mal. Las mejores soluciones a los males de esta sociedad se me han ocurrido con una taza de café en la mano. Desde esta ventana.

Me voy a tener que ir. Me quedan tres horas de trabajo por hoy. Apago la radio cortando por la mitad un chorinho veloz y atropellado. Me despido de lo que hay al otro lado de la ventana. Parece que a ella también le apena perderme, se le escurren unas lágrimas sueltas que ensucian el cristal lleno de polvo. Algunos dirán que llueve fuera. Yo sé que es mi ventana que llora por nosotros.

El paseo

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. A los cinco segundos el zurullo deja de humear. Desenrollo la bolsa de plástico negro con la mirada fija en la caca para no perderla de vista, aunque es difícil que se escape: un par de manchitas marrones sobre la hierba escarchada. Hace un frío hiriente que no te deja permanecer quieto por mucho tiempo. Con la mano derecha torpe y aterida embolso la porquería con cuidado y hago un nudo en el extremo. Puska me mira durante toda la operación, no hay otra distracción a estas horas de la mañana. Ni siquiera se ven pájaros entre los árboles. Los pájaros le entretienen. Si hay alguno en la copa de los árboles, en seguida me arrastra hacia allí, da vueltas de un lado a otro tratando de buscar la entrada, algo que le permita encaramarse hasta la rama y dar al pájaro un susto de muerte. Hasta ahora no ha dado con la puerta, así que se limita a mirar al cielo, ladrar y escarbar la tierra; “Ya te atraparé”, le chilla al pájaro. Le chilla con ese ladrido agudo de perro pequeño hasta que el pájaro levanta el vuelo en busca de un vecindario más tranquilo. Entonces nos miramos y continuamos el paseo. Pero hoy no hay pájaros a los que molestar.

Con la bolsa en la mano, nos obligo a deambular por el parque, tenemos que pasear. Tiro la bolsa en la papelera y continuamos. Nos metemos por el carril bici, cruzamos la zona de juegos infantiles, atravesamos por medio del jardín, dejo que marque con orín el laurel que pusieron enfrente del bar, la farola de al lado de la papelera, la esquina del edificio del gimnasio pijo, unas hierbas altas. Dejo que marque con el olor de sus meados los trescientos metros a la redonda que hay alrededor mi casa. Que agote las reservas de su no tan pequeña vejiga, que mee por todas las esquinas, que diga apestoso “Puska estuvo aquí”. Puska estuvo aquí, pero también Lagun, Olie, Ada, Sibila, Nero. En el campo esto no pasaba pero en un barrio, los territorios apenas duran. Son Balcanes caninos. Las fronteras se fijan, se diluyen y se transforman en horas. Mientras tratas de asentar tus dominios, otro chucho ha abierto brecha por algún extremo. No hay forma de hacer país.

Llevamos diez minutos de paseo y no nos hemos cruzado con ningún perro. Con un par de corredores (leotardos para el frío, chaqueta cortavientos, reloj inteligente para contar calorías y kilómetros, zapatillas de colores, gorro, braga para proteger la garganta, cascos con música estimulante) y varios curritos camino del trabajo (chaquetón, botas, cabeza gacha y ojeras) pero ningún paseador de perros. Mejor. A mí me gustan los perros; a Puska no. A ver si hay suerte y tenemos un paseo tranquilo. Hace unas semanas, un perro era un incordio, una molestia que había que esquivar para evitar esas caras de sorpresa del dueño como diciendo, “Vaya con la mosquita muerta”. Sin llegar a mayores. Hace unas semanas, la cosa estaba así, paseábamos, Puska veía a un perro a lo lejos y según le conviniera, le ladraba o no. Ahora, si durante los paseos aparece una sombra que pueda parecerse a un can, toma posesión de su cuerpecillo una rabia infinita, un odio ciego que intenta arrastrarnos contra su némesis. Archienemigos sin leotardos, peludos, con capucha algunos. Perros que en su interior guardan la semilla del mal escondida tan profundamente, que es necesario arrancarles la piel a dentelladas, avanzar entre sus vísceras y allí, entre todo ese revoltijo nauseabundo, allí se encuentra la raíz del mal. Eso es lo que me transmite Puska cuando me mira con los ojos encendidos, tirando sin tregua de la correa extensible, buscando metros adicionales que le permitan llegar al malo malote y así salvarnos a todos. Eso es lo que dicen sus ojos, su cuerpo entero inclinado hacia delante. A mí me da pena no creerle. Las convenciones sociales de hoy en día no me lo permiten. Si el perro es más pequeño y, sobre todo, si lleva capucha, estoy tentado de hacer la prueba, de dejarle llegar hasta el fondo. En esos casos, ya vas planeando lo que le dirás al dueño, “Perdona. Es tan pequeño que no lo he visto, lo habré pisado sin querer”, “Mi perro lo ha confundido con una rata, disculpa”. Palabras. Pero no lo hago y a cambio vivo en un sobresalto continuo. Somos dos y él no ayuda. Hago un paseo sospechoso, sobresaltado, siempre alerta tratando de adelantarme a lo que pueda aparecer. Aprovecho sus meadas para escanear la zona, le distraigo antes de doblar una esquina para poder pasar con tiempo suficiente. Anteayer nos topamos con un border collie, Dios que perro más asqueroso. Tenía que haber olido a ese ovejero desubicado, pero no lo hice. Doblamos la esquina de la guardería y venía de frente con el parado de su dueño. Puska aprovechó la cuerda floja y se fue a por él. Bloqueé la correa y lo detuve en el aire. Como en una película de acción, Puska dio un par de volteretas en el aire y aterrizo con las cuatro patas, sin problemas. “Él hace sus propias escenas de riesgo”, pensé y aproveché la inercia del golpe para iniciar el arrastre de perro. Es como pescar pero aquí no hay que ceder sedal a no ser que la distancia con la presa sea considerable. Recoges correa. Paras para ver la reacción. Ladrido, tirón, ladrido inflamado. Recoges correa. Recoges todo y, en las situaciones críticas donde la presa pasa a cazador, tiras fuerte de la correa, poniendo a Puska a salvo por elevación y sujetándolo fuerte entre los brazos hasta que pasa el peligro. Deportes de riesgo para evitar una lucha absurda.

Veinticinco minutos. Estoy agotado. Hay niebla y tengo que forzar la vista para diferenciar entre todas las sombras de la ciudad. El de hoy ha sido un paseo bastante calmado. “¿Vamos para casa Puska?” Es una pregunta retórica, claro. El chuchito me mira resignado porque para él no ha sido suficiente. Nunca es suficiente. Los cinco últimos minutos los pasamos reforzando la frontera oeste del efímero reino. Seto, farola, cuadro de electricidad y esquina del edificio. Cuatro orines cortos para unir los puntos, para componer la divisoria. “¡Para casa!”. Y para casa vamos. Él, contento y vacío. Yo, exhausto. Llevo una hora levantado y tengo que ir andando a trabajar. En casa, le pongo agua fresca, le acaricio la cabeza, me lavo las manos y voy a cambiarme. Me calo el chaquetón, las botas, paso por el baño de nuevo para tratar de disimular las ojeras y, con la cabeza gacha, voy para el trabajo.