97 Torcido

Créeme que lo he intentado. Llevo semanas dándole vueltas. He probado todo lo que puedas imaginar, incluso me cogí un mes de excedencia en el trabajo para tratar de sacarlo adelante. Me refugié en los clásicos tratando de dar con alguna solución. Los clásicos nunca fallan, me dije, son eternos y sus recursos son siempre válidos. Pero estaba claro que a mí no me iban a ayudar. Probé algún método más actual, ya sabes, esas cosas de las que todo el mundo habla y casi todos prueban pero que aprovechamos para descalificar precisamente por eso, porque están de moda. Tampoco. Desesperado, me refugié en el absurdo y, durante un tiempo, parecía que la cosa funcionaba. Tenía un andamiaje, un soporte por el que se movían los personajes aunque fuese a trompicones. De verdad creía que la historia iba a salir, pero chico, cuando un cuento sale torcido no hay nada que hacer.

95 Hierba verde recién cortada

Lo habitual es que huelan fuerte. Perfumes que rebotan en la nariz, ofensivos, rápidos y violentos, que pelean por ocupar el poco espacio de aire que pueda quedar disponible. Vapores de un tufo viscoso y asfixiante que te envuelve, que te agarra. Nubes gordas, pesadas, como de plomo, que te pegan al suelo y te fuerzan a arrastrarte como un gusano.

O a pis. ¿Cómo demonios puede una flor oler a orines? Como si se hubiera regado siempre con meados. Rosas salvajes que han crecido en descampados oscuros cerca de la zona de bares.

Hay veces que las flores me huelen a desodorante. Un aroma ligero, fresco y que, a pesar de todo, persiste sutil durante horas. Un olor que te eleva y te hace sonreír bobalicón sin que te des cuenta. Pero sé que ese olor no es real; no existen flores que huelan así.

Es mejor que lleves ramas de abeto. Lleva plantas de romero o tomillo a mi tumba. Tráeme hierba verde recién cortada. Me encanta el olor de la hierba verde.

94 No más sopa

—No me gusta la sopa

—¿Está fría? ¿Te la caliento un poco más? Yo creo que está bien, pero has tardado desde que estaba preparada, se ha podido enfriar. Coge la cuchara, anda, que la voy a calentar

—No, no has entendido. No me gusta. Nunca me ha gustado. De hecho, odio la sopa

—¿Qué dices, Antonio? ¡Si siempre te ha encantado mi sopa! Siempre has repetido. Tengo que hacer de más para que tú repitas

—La odio. Odio la sopa. Odio tu sopa. No sé qué demonios son esas cosas verdes que flotan en el agua. Odio la sopa y el puré de calabazas, sobre todo el que hace tu madre. Tampoco me gustan los garbanzos o el fletán. En mis tiempos el fletán no existía, estoy convencido de que es pescado creado en el laboratorio. No traigas nunca más fletán. ¿Por qué no podemos comer carne más a menudo? No te digo que comamos solomillo a diario, pero al menos los domingos, y puedes traer filetes, carne guisada con sus patatas, guisantes, zanahorias. ¿Por qué no ha vuelto tu primo con los chorizos del pueblo? Seguro que le has dicho que no traiga más, por el colesterol y eso. Mi colesterol es “del bueno”, así lo dijo el médico; “del bueno”. Pero no te entra en la cabeza, porque no escuchas. No escuchas Mari Carmen, y eso tampoco me gusta. No escuchas y me obligas a ponerme la camisa de cuadros los sábados cuando salimos. Voy a tirar todas las camisas de cuadros que hay en el armario, es más, voy a tirar todas las camisas. A partir de ahora solo voy a ponerme camisetas. Voy mucho más cómodo y elegante con ellas. Me favorecen. Estoy cansado de vestir como un viejo, de hacer cosas de viejo: salir todos los fines de semana por los mismos bares, subir a comer, echar una siesta y la partida de cartas. No soy ningún viejo. La semana que viene nos vamos de viaje. No hagas maleta porque no nos va a hacer falta. Improvisaremos. Vamos a coger el coche y hasta donde llegue el depósito. Quiero ir a Galicia y espero que haga mal tiempo; que llueva, que refresque. Vamos a pasear por los bosques de robles y hayas, nos vamos a mojar y, quizá, agarremos un constipado que solo se pueda curar con orujo casero. Porque también me gusta el orujo, ¿lo sabías? Me encanta el orujo de café y el vino. Sufro cada vez que pones el vaso de agua en la mesa. Y la tele, ¿no se puede estar tranquilo en esta casa? ¿Por qué hay que tener la televisión siempre puesta? No sé qué personajes salen, me vuelven loco con tanto guirigay. Siéntate conmigo. Hablemos, leamos un libro, lo que sea. ¿Cuál fue el último libro que leíste? ¿Sabes que hay días que te digo que tengo tareas pendientes en el trabajo y en realidad estoy leyendo un libro? En un eReader. Me lo regaló tu sobrino. Me lo pasó a escondidas para que no te enteraras. Está lleno de libros electrónicos y casi todos piratas, por lo que me dijo. Me gusta el campo, leer, la carne en su punto, estar en silencio durante horas, pasear por las noches, las buganvilias, quiero tener un perro, grande, un mastín o algo parecido y me pienso dejar bigote, me da igual lo que me digas. No quiero tener que visitar a tus padres todas las semanas, vete tú sola y ya iré yo cuando me apetezca, si vuelves a poner sopa, juro por lo más sagrado que me voy de esta casa, no soporto a tu amiga Puri, ni el vestido de flores azules que dices que tanto te favorece. Ah, y se acabó lo del “sábado sabadete”. Haremos el amor cuando nos dé la gana, aunque sea miércoles y haya que madrugar. Y con la luz dada. Y “hacer guarradas”, como dices tú, es sano y estimulante, deja ya de hacerte la mojigata que no te pega.
¿Te ha quedado claro? ¿Sabes ya lo que me gusta y lo que no?

—Antonio, espero que todo esto sea una broma. No estás hablando en serio, ¿verdad? Porque puedes coger la puerta y largarte ahora mismo

—Mujer, claro que no, ¿te he asustado? No iba en serio. Bueno, lo de la sopa sí, no me gusta la sopa. El psicólogo dijo que añadiéramos algo de picante a la relación, algún elemento de sorpresa, algo inesperado, y se me ha ocurrido esto. ¿No te ha parecido bien?

—Tonto. Me has asustado. Pero me ha gustado verte así, tan macho… me has excitado. ¿Me acompañas al dormitorio? Quizá deje la luz encendida.

93 Vicio malo

Solo le quedaba un cigarrillo. Un señor cigarro. Un último pitillo. Un concentrado de hierbas, alquitrán y algún saborizante maligno. Posiblemente con gluten, aceite de palma y trazas de sésamo. Lactosa, azúcares añadidos y grasas saturadas.

Triste, observaba esa pequeñez infame envuelta en un tubito de papel. En un sudario cubretodo. Un minúsculo féretro blanco, con un niño perverso en su interior.

“Eres hierba y en cenizas te convertirás”, pensaba solemne, y lo acercó a la llama del mechero. Su último pitillo. Un señor cigarro. El único cigarrillo que le quedaba, arde ahora entre sus dedos.