Flaquear

Tuve que irme a la cama para no flaquear; los nuevos gordos levantamos sospechas. Sentado, en calzoncillos en el borde de la cama, Lupe me untaba con el aceite de almendra que utiliza para ponerse morena. Me levantaba las gorduras y daba aceite por debajo. “Redondo y brillante como un sol”, susurraba. Con las persianas medio bajadas, Lupe masajeaba y yo me abandonaba al oleaje de las carnes, concentrado en no pensar en nada, en no gastar energía. “Lupe, para. Me estás excitando y no podemos permitírnoslo”. Durante las primeras semanas era lo que más echaba de menos: el sexo.

La idea se le ocurrió a Lupe. Lupe me recuerda a la vieja que sale en “Algo pasa con Mary”: se pasa el día comiendo fruta, tomando el sol y viendo la televisión. No dan más que basura en la tele: concursos estúpidos, series eternas y realities cada vez más disparatados. Y entre toda esa porquería mi Lupe se encontró con una joya: las regionales de concursos de gordos. “Mira, es como lo que tú estás haciendo en el laboratorio, pero al revés. Ya ves, a un flaco no le dan nada por los kilos que pierde y aquí te dan billetes por cada lorza que ganas. Cariño, te estás dejando las pestañas para que los ricos puedan adelgazar y luego todo se lo llevan las farmacéuticas. Vas a ser un tonto cum laude, mi flaco. Y además pobre, ¿por qué no inventas algo para engordar? En tres meses son las regionales en Alabama, cinco millones a repartir entre los diez primeros. Si tuviera tu cerebro, yo lo haría”. Era una idea absurda. Para engordar ya está la comida basura, la obesidad es el mal de nuestro tiempo. Una idea estúpida. Y todo por un concurso. ¿De verdad se pagan esas cantidades por ver a gente con obesidad mórbida en ropa interior? Ese dinero es cien veces más que la beca que me concedieron. Podría montar mi propio laboratorio con esa cantidad. Me queda poco tiempo de beca de investigación y no quiero acabar como profesor auxiliar en alguna universidad de segunda. No es una buena idea, pero ¿qué se pierde por intentarlo?

Desde la megafonía llamaban a los finalistas; era la hora. Después de que Lupe repasara los huecos sin aceitar nos dirigimos al ascensor. “Cariño, con tu cerebro y mi cuerpo, vamos a conseguir ser millonarios”, le dije confiado. La gente se apartaba al vernos llegar. Como un paquidermo dorado y sonriente me subí a la tarima junto con los demás finalistas. Diez globos carnosos, festivos y multicolores bajo los focos. Los jueces, diminutos en comparación, pasaban haciendo anotaciones, comprobando la curvatura de los pliegues, la tersura de la carne, adivinando la calidad de la composición adiposa, midiendo contornos. Después de quince minutos bajo los focos, alguno de los concursantes tuvo que sentarse; no tenían fuerzas para aguantar su peso y eso les eliminaba de la lucha por el podio. Satisfechos, los jueces se retiraron a deliberar. Se juntaron en una mesa alargada y a las preguntas del presentador iban mostrando cartulinas con la nota que otorgaban. El presentador comentaba cada anotación y era el encargado de despedir con unas palabras de consuelo a los que no tenían posibilidades. Tras otros quince insufribles minutos quedábamos de pie un gigante chocolateado con cara de no haber roto nunca un plato, un antiguo marine y yo. Cuando el presentador preguntó por la nota al jurado y dijo mi nombre, me puse a dar saltitos y a llorar. El marine y el negrazo se acercaron a frotar sus grasas conmigo y a felicitarme. Estaba en una nube. Allí arriba, en calzoncillos, brillante y lloroso me sentía la persona más feliz del mundo. Cuando me entregaron el ramo de flores y el trofeo, vi cómo Lupe saltaba a la tarima y se me abrazaba al cuello exultante. El presentador vino rápido a separarnos. Siempre sonriente, apartó con delicadeza a Lupe y guiñándome un ojo le dijo: “Tranquila señorita. Enseguida le devolvemos a su hombretón. En cuanto pase el control antidoping, se lo entregamos y podrá disfrutar de su compañía”. Lupe me miró alarmada y yo, como una reinona sensible, me sentí flaquear.


Flaquear ha sido uno de los finalistas del V certamen Madrid Sky. No está mal.

Reciclaje (ángel)

—Arranca. Hay un ángel muerto en la basura

—¿Un qué?

—Un ángel. Vámonos de aquí de una vez.

—¿Seguro que es un ángel?

—Seguro. Una buena mata de pelo rubio rizado, dos alas como de gallina pero mucho más grandes y no tiene… ya sabes… no tiene pito ni nada.

—¿Has mirado ahí?

—Solo para asegurarme, no soy un pervertido. ¿Quieres arrancar de una vez?

—¿Y dónde está?

—Entre el contenedor de papel y el de plástico. Allí tirado, como si se hubiese caído de un quinto piso o de más alto. Tiene un buen golpe en la cabeza, pero nada de sangre. Supongo que porque son etéreos y eso. Imagino que tendrán los huesos huecos como los pájaros y tal vez no tengan entrañas ni nada. Para aligerar peso, digo.

—Pero siguen siendo orgánicos, ¿no? Quiero decir que por muy raro que sea, no deja de ser orgánico.

—Supongo que sí. Le he dado un poco con el pie y la sensación era como tocar a uno de esos perros sin pelo, ¿sabes los que te digo? Dan un poco de repelús esos perros.

—Lo que me refiero es que no le podemos dejar ahí tirado. Si es orgánico, debería ir al contenedor de basura. No es plástico y desde luego no es de papel, ¿verdad? Entonces debería estar en el contenedor de basura orgánica.

—Visto así, puede que tengas razón, pero ¿no es mejor dejárselo a los de la tarde y no meternos en líos? Igual si lo dejas ahí tirado viene alguien y se lo lleva, como pasa con los sofás. No sé quién querría meter un ángel en casa, pero quizá en un txoko, o en una casa de campo, aunque solo sea por curiosidad. No sé, yo prefiero dejarlo.

—Eso es omisión del deber. ¿Qué sociedad sería ésta si dejamos que el caos se apodere de la separación de basuras? Si nosotros que debemos ser los garantes de que se cumplan las normas somos los primeros en saltárnoslas a nuestro antojo esto sería un caos. Yo no quiero que mis hijos hereden una sociedad así. Vamos, baja del camión y echa al ángel al contenedor de basura orgánica.

—Es que luego está también el tema del alma. Una persona tiene alma. Un animal también tiene alma. Si nos encontramos un hombre tirado en la basura o un perro o un gato, llamamos a quien corresponde y llamamos porque sabemos que todos los bichos tienen alma y merecen un respeto. ¿Tienen alma los ángeles?

—Mira que eres burro, ¿cómo va a tener alma un ángel? Un ángel es solo un trozo de arcilla, piel y contrachapado que hace Dios para luchar contra los demonios. Ya has visto que no sangra y ni siquiera tiene sexo, ¿qué va a tener alma un ángel? Es orgánico porque Dios los moldea así, parecidos a nosotros pero más bonitos y blandos, para que no nos den un susto si se aparecen luchando contra el mal. No es lo mismo un terminator que un ángel, eso está claro. Te aparece un terminator el día del juicio final y te meas encima, en cambio un querubín de estos es otra cosa; te vende mucho mejor la idea del Paraíso. Un terminator sería mayormente de plástico, un ángel, es del contenedor de orgánico. Baja de una vez y échalo a la basura, que vamos tarde con el recorrido.

—Bien. La verdad es que no pesa nada, es muy ligero, ¿sabes? Ya bajo. Muy ligero. Si yo fuera así de ligero también podría volar, pero tengo vértigo. Bueno, y algún kilo de más.

—¿Bajas de una vez?

—Sí. Ya voy, no me metas prisa. Ya bajo.


* Este cuento ha sido publicado en el número 42 de la revista Fábula (primavera-verano 2018).