69 Cada cual cuenta la feria según le va

Hace un día precioso, con el sol acariciando los cuerpos, dándoles calor en esta mañana de invierno. Y el silencio. No el silencio atemorizado al que estaba acostumbrada. No ese silencio, sino el de la calma, la tranquilidad. La mujer vestida de negro pasea con los ojos cerrados. Camina despacio respirando hondo, atrapando la calma y el olor de los cipreses en sus pulmones. Mira las esculturas de los lados y sonríe. Angelotes gordos, rotundos, revolotean entre las flores.

Las flores. Hay flores por todos los lados: claveles, narcisos, margaritas. Todas abiertas, todas soltando su perfume que se mezcla con el olor a verde del camino y que hace que el paseo bajo el sol resulte perfecto.

Hasta los ruidos de los aviones que aterrizan al lado contribuyen al paisaje. Lo hacen real, tangible, hacen que no sea un sueño ni nada que la mujer pueda estar imaginando. Para cerciorarse, la mujer extiende una mano y haciendo fuerza coge un par de las pequeñas piñas del ciprés más cercano. Se las lleva a la nariz y aspira fuerte. No lleva luto, lleva un traje de gala para una fiesta en la campiña. Fiesta en la que su marido, con traje de pino, es el invitado principal.

Unos pasos por delante de nuestra mujer, camina encorvado un señor mayor. Se detiene un momento y mira a su derecha. Un Cristo agonizante e informe, con la mitad de la cara desgastada le devuelve la mirada. El suelo está húmedo, embarrado, el hombre resbala ligeramente y golpea los restos de unas flores de plástico con los zapatos sucios. La sombra de los cipreses da al conjunto una imagen tétrica, el hombre avanzando con dificultad por un túnel rematado en un agujero fangoso. Mira las telarañas en los cipreses, las manchas de moho en las figuras, los mármoles rotos que dejan al descubierto oquedades llenas de restos de hojas y papeles.

Y los aviones, acarreando turistas sobre su dolor. ¿Es este un lugar para el descanso? Están llegando al hoyo. El viejo se aparta un poco del camino para limpiarse el zapato de barro. Levanta un poco la vista y se encuentra con los contenedores de basura llenos de flores mustias, plástico retorcido y quién sabe qué más porquería. ¿Es este lugar para un héroe de guerra? ¿Es este lugar para un hijo?

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68 Sin City, por El Greco

Los sábados por la mañana son para esto: cañas, discos y tebeos.

He agotado mi presupuesto para vicios en las cañas y los discos (unas maquetas de Soundgarden y el primer disco de Incubus) así que mientras los demás entran a por tebeos me quedo fuera para evitar tentaciones.

Revuelvo la bolsa para buscar el disco de Incubus cuando una falda mínima me distrae. Vicio. Levanto la cabeza para seguir la falda, bajo hasta los tacones y subo hasta los hombros. Dentro de la falda están la desesperación y la necesidad, así que me quedo justo fuera. Mejor promesas de vicio en la cabeza que las certezas de la vista.

Se acerca un pellejo arrugado a la Falda. Pellejo en blanco y negro: tez cetrina, jersey de punto gris oscuro y pantalones negros. La bola de papel arrugado mira de frente al escote de la Falda. Para él es rutina y desesperación.

Giro la cabeza para evitar la escena justo a tiempo para ver a dos turistas despistados. La parejita se agarra fuerte de la mano y acelera el paso. Una mano sujetando la de la pareja y la otra agarrando el bolso; Miedo e Inseguridad cruzan la plaza esquivando a los personajes. Inseguridad, pajarito asustado, golpea unos cartones en su huida y va al suelo. Miedo la ayuda a levantarse y, ¡oh milagro!, los cartones cobran vida y se yerguen ligeramente.

Inseguridad arrodillada, Miedo inclinado hacia ella y ambos mirando al Cartón Milagroso con los ojos como platos y el corazón agitado. No lo veo, pero sé que detrás del Cartón Milagroso un halo de luz ha formado una corona que enmarca al Cristo Borracho del Pelo Grasiento. Inseguridad y Miedo se transforman los dos en un único ser, Piesparaqueosquiero, que rompe la mística del momento saliendo zumbando entre gritos y sollozos.

Se ve que al Cristo le han crucificado mil veces y ha resucitado otras tantas, quizá de ahí la cara de zombi con la que observa la escena. Después de un par de miradas turbias, se amorra al brik para una transfusión y se envuelve de nuevo en el sudario de Fagor. Dormir es morir un poco. Resucitará al de unas horas y con suerte no será tarde para ir a por algo de pan. Amén.

Justo cuando se habían apagado los sollozos, nuestro beodo señor volvía junto a sus muertos, la extraña pareja de Falda y Pellejo negociaba la transacción y yo me volvía a centrar en el disco, un ángel tullido se puso a gritar desde las alturas: “Putas, ¡largaos de aquí de una vez!”.

Gabriel irritado; Gabriela. Puño en alto, hartazgo vengador desde el balcón del segundo piso. Seguro que hasta ahí llegaba también el olor sulfuroso de los meados. “Putas, ¡voy a llamar a la policía!”. El 112 en el teléfono, la espada de fuego de Gabriela, un cuerpo comprimido lleno de ira y dificultad para moverse.

Vuelven los colegas.

  • ¿Qué habéis comprado?
  • Sin City, de Frank Miller. Me han dicho que es la ostia.
  • Sí, está entretenido. Yo acabo de ver ahora la versión que dibujó El Greco.
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67 Te visitaré en sueños

Siempre rompes el mismo jarrón al entrar. Es lo primero que haces. Entras desbocado, mirando curioso alrededor y cuando te das cuenta de donde estás, te asustas y rompes el jarrón. Al menos así es como lo cuentas siempre.

Por eso te he dejado esta carta dentro del jarrón, para que sea lo primero que te encuentres y la puedas leer con calma. Ya sabes dónde estás. Ya has reconocido la casa, el sofá, las estanterías con los libros de “Los cinco”. Es tu casa. Es la casa de tus padres, donde viviste toda tu infancia y donde vuelves en sueños todas las noches.

En realidad nunca has salido de allí. No has crecido. Te has quedado en la casa de tus padres, en la seguridad de tus cosas de entonces, con tus juguetes y tus libros. Según parece esos recuerdos, aunque polvorientos y medio derruidos, te aportan más felicidad de la que nosotros podemos darte.

Hemos pasado mucho juntos y aun así siempre vuelves a esa niñez en la que te sientes cómodo. Te encierras en tu habitación, con tus posters, con la música a tope para evitar oír lo que tengo que decirte: madura. Necesito que madures, que crezcas, que dejes atrás esos recuerdos. No que los olvides, eso no, sino que los dejes así, como recuerdos y que sobre ellos construyas recuerdos nuevos. Recuerdos más brillantes, más gozosos, recuerdos en color y no en blanco y negro. No de una casa vacía llena de telarañas y polvo, recuerdos con sonido, con risas, con las risas de tus hijos con el tacto de mis caricias, de mis besos. ¿Por qué no puedes construir nuevos recuerdos con nosotros? ¿Qué es lo que te atrae de esa infancia?

Todos hemos sido niños. Leyendo un tebeo con un chocolate caliente en una noche de invierno, tu madre secándote mientras tiritas después de subir a casa de jugar cuando te sorprendía una tormenta, cumpleaños, los días de playa… Todos hemos sido niños y luego jóvenes y adultos y si hay suerte envejeceremos. Y en todas esas etapas recogemos ladrillos con los que construimos nuevos recuerdos sobre la base de los anteriores. Ampliaciones y mejoras de la casa de tu infancia. ¿Por qué tú no puedes?

Te quiero. Siempre te he querido. Piensa en ésto como una muestra de mi amor.

He repartido por la casa fotografías, vídeos, objetos que hemos compartido todos estos años para ayudarte a construir imágenes nuevas en las que apoyarte y que te ayudarán a salir de esa infancia que te tiene atrapado.

Sé que lo puedes conseguir, pero necesitas tiempo y tiempo es lo que te he concedido.

Me he informado bien, no te pasará nada. Ahora estás en coma, pero no vas a sentir dolor. Necesito que te centres, que vayas tranquilamente por la casa y formes unos recuerdos nuevos y mejores, recuerdos que te liberarán. Tienes tiempo. Tienes todo el tiempo que necesitas.

Estarás bien atendido, no te preocupes. Ya he llamado a una ambulancia.

Ahora te dejo mi amor. Te visitaré en tus sueños.

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66 John “Hammer” Lin

Este que veis ahora ahí tirado entre ratas y excrementos volvió locas a vuestras hijas. Este guiñapo llenaba estadios con su música. Atraía a miles de adolescentes a sus conciertos. Le adoraban. Hacían lo que les pidiera.

Este joven ahora desahuciado es John “Hammer” Lin, guitarrista y cantante principal de “Smash”, la ‘boy band’ de más éxito que ha habido nunca en esta industria.

John Lin era la imagen de la banda. La mística oriental. El misterio necesario para hacer despuntar a una banda para adolescentes entre todas las demás. Un samurái moderno, enlutado y poderoso. Su guitarra sonaba como el martillo de Thor. Se ganó el sobrenombre en cuanto lo escuché en el casting: “Hammer”. “Hammer” Lin.

Las muchachas le buscarían y no sabrían porqué. Tendrían necesidad de verle, de escucharle, de tocarle. Llegarían desde cualquier parte del mundo a sus conciertos. Cientos, miles de chicas entre doce y dieciocho años. Le seguirían de espectáculo en espectáculo. Pagarían lo que fuera.

En cuanto le oí tocar en el estudio supe que este chico nos haría de oro.

Tres discos de oro, cuatro giras mundiales, miles de entrevistas, portadas de revistas, cientos de conciertos, visitas a platós de televisión. Más clubs de fans que Elvis y Julio Iglesias juntos. Lo nunca visto. Los mejores años de mi carrera. No creo que se repita nada igual.

Un día, después de la última gira se presenta en mi despacho y me dice “Lo dejo”. Solo eso, “lo dejo”. ¿Y el contrato? ¿Y tus fans? Ya había salido y cerrado la puerta del despacho. No me oía.

“Lo dejo”. Es lo último que supe de él. John “Hammer” Lin, mi chinito de oro.

Me abandonó. Nos abandonó. Abandonó al grupo, que se disolvió a los pocos meses. Abandonó a sus fans, que despertaron de un sueño para caer en la rutina de su realidad.

Este encantador de ratas fue John “Hammer” Lin, el mayor seductor de masas que se ha conocido.

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