89 Yo podría haber sido alguien

Hoy me lleva Natalia al trabajo. El coche está en el taller, algo de la correa de distribución y de los amortiguadores y de alguna cosa más que no he llegado a entender, pero que han provocado que hoy, Natalia me tenga que llevar al trabajo y que las vacaciones de verano las vayamos a pasar con sus padres en el pueblo.

—¿Has visto ese hombre? Se parece a ti. Algo más calvo y rechoncho, pero se da un aire.

Natalia me devuelve al presente. Por la acera circula un tipo gris, de traje azul marino y maletín marrón camino de su oficina. La verdad es que sí que se parece a mi y eso me molesta. Se mueve a saltitos, con prisa para colocarse en su cubículo, para ocupar su lugar. Es un remache prescindible, todo funcionaría igual si no estuviera, pero él no podría existir fuera de la maquinaria. Seguramente esté casado, puede que con un par de niños, con hipoteca, desde luego, y quien sabe si no tendrá también el coche en el taller y por eso tiene que ir andando al trabajo. Me toco la cabeza. He perdido mucho pelo y lo llevo rapado casi al cero, no hay otra forma de disimular la calvicie. La tripita la tengo asumida hace años, aunque la suya es mayor. Definitivamente el tipo se parece bastante a mí.

—¿Tú crees? En poco aprecio me tienes

Sonrío al decirlo buscando algo de complicidad, pero Natalia mira seria al frente, atenta al tráfico.

¿Realmente me parezco a él? Puede que físicamente un poco, a fin de cuentas, la calvicie y la barriga son rasgos que destacan pero nada más. Ese hombre no es más que una pieza desechable del progreso, como tantos miles. Yo dirijo ese progreso. Yo llevo el timón, aunque sea un timón pequeño. Es cierto que no es lo que tenía en mente cuando acabé la carrera, pero esto es el mundo real y hay que saber adaptarse. Tuve que renunciar a algunos sueños, como todos, pero tengo un trabajo estable y una familia que me quiere. No puedo pedir más. O tal vez sí. Quizá sí que merezca algo más. Puede que algún reconocimiento en el trabajo donde me dejo el lomo sin rechistar, o un coche un poquito mejor, para no sentir esas punzadas en el orgullo ante los padres de Natalia, o el dinero suficiente para tener unas vacaciones como dios manda, para irnos a algún sitio exótico alejados de los niños y la rutina. Quizá algo más sí que merezca. Quizá las cosas podrían haber sido distintas.

Natalia me deja enfrente de la oficina. No se puede aparcar, así que en cuanto me bajo del coche, Natalia se aleja rápidamente. Saludo con la mano aunque sé que no me ve. Me quedo de pie mirando como el coche se pierde entre el tráfico, lento, renqueante, sin avanzar apenas.

El hombre gris está al otro lado de la calle, parado ante el semáforo para poder cruzar. Se me parece. Se me parece mucho. Decido esperarle. Seguro que de cerca no nos parecemos en nada. Nada más cruzar por el paso de cebra le abordo:

—Disculpe, ¿tiene fuego?

Le acerco el cigarro mientras rebusca en los bolsillos. Tiene una peca en la mejilla derecha, como yo, la nariz pequeña y ancha, igual que la mía, y hasta se ha cortado ligeramente en el cuello al afeitarse, lo mismo que he hecho yo esta mañana. Realmente se parece más a mí que yo mismo. No puedo creer que yo sea este tipo anónimo de cara triste, cargado de espaldas y empujado a diario a un trabajo que necesita pero que no le aporta nada. No, no lo soy. Le miro directamente a los ojos y para dejárselo bien claro, le digo:

—¿Sabe? Yo podría haber sido alguien

—Sin duda, amigo, como cualquiera de nosotros —me contesta mientras acerca el mechero.

88 No somos más que carne y vísceras

Huele terriblemente a meados antiguos y a humedad. Sentado en el suelo, la sensación empeora. Estás a la altura de toda la porquería: las colillas, la basura, los trozos de papel higiénico sucios de los restos de algún culo en apuros. Sentado, con la nariz saturada por el hedor, dirijo la mirada primero hacia el muchacho y luego a mi mano apoyada en el vientre. El chico mantiene sus ojos sorprendidos sobre mí y el cuchillo le retiembla. Imagino que no pensó que esto fuera a acabar así. Yo tampoco.

Me miro la mano cubierta de sangre sujetando el abdomen desgarrado, y más que la imagen, me asusta el olor dulzón y persistente que exhala de la herida mezclado con el de los orines, las cañerías atascadas por excrementos añejos, el temor del muchacho y mi propio miedo. ¿Se puede vomitar en mi estado? Me sobrevienen arcadas que hacen que una sangre negruzca borbotee de la herida y con ella más olores, más vísceras. Aparto la cabeza y vomito. El chico sale corriendo del baño de la gasolinera. Supongo que no es un espectáculo agradable. Ahora entiendo a mi padre.

Mi padre y mi madre no tenían mucho en común, diría que la lectura era lo único que les podía unir y aun así los Sven Hassel o Lafuente Estefanía de mi padre miraban burlones a los Dostoievski, Kafka o Chéjov del bando de mi madre.

Mi padre era un buen tipo que, inevitablemente, sacaba de sus casillas a mi madre, especialmente cada vez que contaba la historia de mi nacimiento.

  • Y ahí iba yo, con mi R8 sacando chispas, rezando para que Natalia aguantara. Sus chillidos y mis juramentos se debían oír por toda la ciudad. Estábamos en la circunvalación, apenas a dos kilómetros del hospital, pero no íbamos a llegar. ¡Diablos! Me gritó que parara, que el crío ya venía así que lancé el coche al arcén y me fui al asiento de atrás, a ver qué podía hacer.¿Qué podía hacer? Mirar, eso es lo que hice, poco más. Veía a Natalia sudorosa, hinchada y deforme y yo con las manos abiertas pidiéndole que respirara de tal o cual manera. Joder, lo que había visto en las películas. El crío ya venía. Se veía algo sucio y sanguinolento salir de entre las piernas. Yo seguía animando como si estuviera en un partido de fútbol y Natalia, como un ogro rojo, haciendo fuerzas. Al final la cosa salió y con él un buen chorro de mierda. ¡Os lo juro! De tanta fuerza que hizo, salió todo lo que tenía dentro. Los nervios, la peste del sudor, la sangre y los excrementos fueron demasiado para mí, vomité todo lo que llevaba en la maltratada alfombrilla del R8. ¡Qué espectáculo! Casi vomito encima de mi primogénito, ¿lo podéis creer?

Aquí mi padre siempre aprovechaba para echar un trago, hacía una pequeña pausa y observaba la reacción del público.

  • Mientras me recuperaba, Natalia cogió al niño y lo limpió lo mejor que pudo. Yo fui a buscar un teléfono para llamar al hospital y al cabo de veinte minutos, oíamos las sirenas de la ambulancia. Cuando se llevaron a Natalia y al pequeño al hospital, yo enfilé entre arcadas hacia una gasolinera para limpiar todo el desaguisado que había quedado detrás.

Y esta es la historia de mi nacimiento, mil veces contada entre las muecas de disgusto de los asistentes y el enfado de mi madre. Pero como digo, mi padre no era un mal tipo, simplemente no sabía cuándo estar callado. Yo me parezco más a mi madre.

Casi no duele. Parece que la tripa se haya comido la mano. Ya no queda nada que detener, todo está fuera, a mi alrededor, en un charco de sangre y suciedad. En el borde, una hoja manchada y con las esquinas quemadas; “Alguien debió de haber calumniado a Joseph K., porque sin haber hecho nada malo, fueron a arrestarlo una mañana”. Como si las acciones necesitaran de un motivo. Mírame a mí Joseph, ¿crees que me esperaba esto? ¿Que lo merecía? ¿Que el chico sabía lo que hacía? ¿Crees que el bueno de Kafka te escribió para que acabaras en un baño de gasolinera medio calcinado y cubierto de mierda? A veces, simplemente, las cosas ocurren.

Oigo las ambulancias. Tampoco esta vez van a llegar a tiempo. Es una lástima, porque tengo curiosidad por saber quién va a limpiar este desaguisado.

87 Fuera de la rueda

Diez cincuenta y cuatro. Inicio del comunicado. El gato devuelve al experimento X32 parcialmente deglutido al cabo de nueve minutos y treinta y dos segundos. X32, pareció tomar consciencia de sí mismo sobre las ocho veintisiete. Se apeó de la rueda en la que llevaba dando vueltas toda la mañana siguiendo su rutina de ejercicios, abrió la cerradura de la jaula tal y como hicieran X31 y X30 antes que él y se encaminó torpemente erguido sobre sus patas traseras hacia la biblioteca. Cruzó delante del gato al que pareció saludar mientras avanzaba. El gato le siguió hasta la sección de clásicos rusos donde, aparentemente, X32 leía con avidez “El idiota” de Dostoyevski. Algo debió ofenderle, o simplemente fue su naturaleza, pero sobre la página quince del libro, el gato devoró parcialmente a X32 , tal y como ya hiciera con X31 y X30 anteriormente. Dada la esperanza de vida de un hámster, podemos asegurar que ha tenido una buena vida.

Anotación: Hay que cambiar el sabor de las pastillas, el gato suelta demasiadas bolas de pelo. Fin del comunicado.

86 Gol en Las Gaunas

  • Hombre, eso ha sido una verborrea hiperbólica de libro, si lo sabré yo. Totalmente innecesaria.
  • ¿También usted lo ve así, Jose María?
  • No suelo ser yo persona de opinar, pero sin duda, sin duda, tal me parece. Empero, me arrogo el derecho constitucional a discrepar. Mayormente porque en casa no me dejan y ahora mi Mari Carmen me estará escuchando. ¿Me oyes Mari Carmen? Discrepo. Aun diría más, discrepo enérgicamente.
  • Acabáramos, ya salió el calzonazos. Sin embargo es evidente que dos líneas paralelas no se encuentran si no es en el infinito y este campo, válgame el cielo, no es tan grande.
    Por lo tanto, si el balón es esférico, ovaloide neutro y sin conciencia en cualquier caso, que no conoce amigo ni enemigo y parece evidente que transitaba por los antaño llamados campos de los dioses, primorosamente enmarcados por líneas de cal, no puede negar, amigo mío que penalti ha sido. ¿Cómo negar lo evidente? Resultaría inconcebible que fuera contra las matemáticas, la más pura de las ciencia, así como contra Dios, el agro y la lógica.
  • No trate de confundirme, buen señor. Yo también tengo estudios y sé diferenciar un paralelepípedo de un palmípedo, principalmente porque nada tiene que ver una cosa con la otra, lo cual nos lleva de nuevo al inalienable derecho de todo bípedo humanoide a discutir y dudar de las decisiones, tal vez arbitrarias, nunca mejor dicho, y acaso forzadas por la presión del contexto y las circunstancias. En fin, mi amigo y contrincante, el método socrático funciona, ¿reniega de la filosofía y de los clásicos?
  • Sin duda, interesantes reflexiones las de ambos. Aun así, el juicio está hecho y como dijo César tras cruzar el Rubicón con sus legiones, alea jacta est.
  • Desde luego.
  • Razón no le falta, señor comentarista.
  • Respetemos el silencio de este duelo sin sangre. El cara a cara entre dos colosos del que solamente uno, de forma inevitable, saldrá con bien.
    Ahí va el “Tato” Abadía. Golpea y… ¡gol en Las Gaunas!
Obviamente esto es una dramatización; Abadía no ha marcado ningún gol de penalti en Las Gaunas al menos en partidos oficiales.

85 El sentido de la vida, el universo y todo lo demás

La imagen que devuelve el espejo no parece la de un triunfador. La cara sudorosa por el esfuerzo, los ojos vidriosos, un trozo de, ¿qué es realmente eso verde que cuelga de la comisura de los labios? No lo quiero saber. Me lavo rápidamente la cara, me enjuago la boca para quitar el amargor de la bilis y vuelvo a la mesa.

Cena en un japonés. Una brillante idea de mi dorada mujer. La miro y tengo que entrecerrar los ojos de lo que deslumbra. Parece un Golem. Quince años de casado, dos hijos. Tal vez hoy hagamos el amor. No es sábado, pero es mi cumpleaños. Una vez casi hasta follamos, pero hoy no se va a dar.

  • Felicidades cariño

Sonrío para disimular que cierro japonesmente los ojos al mirarla. Noto los restos de bilis y lo que es peor, trozos de esas algas y hierbajos que flotaban en la sopa. Cinco años de carrera, cuatro de doctorado, seis de noviazgo, diez largos años hasta llegar a director.

Pido la cuenta. Son doscientos, el sake es cortesía de la casa.

Me reflejo en mi esposa más nítidamente que en el espejo. Me observo y digo “Cuarenta y dos”. Ahora está claro. Por fin lo entiendo.

Le digo que me he olvidado algo en la oficina, que se lleve el coche, que yo cogeré un taxi. No, no hace falta que espere despierta, comento.

Veo como se aleja en mi BMW, tan caro, bello e inútil, como ella; como yo.

Robo una toalla del cuarto de baño, voy a la parte trasera del restaurante, me deshago de la corbata y me pongo a hacer autostop.

Cuarenta y dos. Ahora sé lo que tengo que hacer.