Exposición

Pintar al hombre invisible fue mi mayor reto y mi mayor fracaso. Nos conocimos en una fiesta privada en casa de un amigo común, tomando unas copas. No dejaba de mirar su figura difusa y cuando le mencioné mi idea de pintarlo se mostró encantado. Nunca había visto su verdadero rostro, me dijo, elegía el que más le conviniese según la ocasión. Quedamos en mi estudio la mañana antes de la exposición. Le pinté entero. Le saqué una sonrisa ladeada, pómulos marcados, barba de un par de días, y unas cejas rectas e imperfectas. Le dibujé tal y como era. “No te duches hasta que no termine la exposición”, le dije. Durante la presentación, le vi sentado en un banco comiendo canapés del catering, ajeno y transparente para todos.


Exposición aparece en “Proyecto Retrato”, como parte de “Artefacto 2018

Pin

Tenía que haberme cambiado el nombre al cumplir los dieciocho. Pin es un nombre ridículo. Fue por mi abuela según dijeron mis padres, y a ella le correspondía acompañarme al registro. Y fuimos. Y me contó que tuvo un novio al que llamaban Pin que mataron en la guerra, al que quiso mucho y que yo era clavadito a él. Y volvimos casi como fuimos; ella como novia y yo como su enamorado Pin

Flaquear

Tuve que irme a la cama para no flaquear; los nuevos gordos levantamos sospechas. Sentado, en calzoncillos en el borde de la cama, Lupe me untaba con el aceite de almendra que utiliza para ponerse morena. Me levantaba las gorduras y daba aceite por debajo. “Redondo y brillante como un sol”, susurraba. Con las persianas medio bajadas, Lupe masajeaba y yo me abandonaba al oleaje de las carnes, concentrado en no pensar en nada, en no gastar energía. “Lupe, para. Me estás excitando y no podemos permitírnoslo”. Durante las primeras semanas era lo que más echaba de menos: el sexo.

La idea se le ocurrió a Lupe. Lupe me recuerda a la vieja que sale en “Algo pasa con Mary”: se pasa el día comiendo fruta, tomando el sol y viendo la televisión. No dan más que basura en la tele: concursos estúpidos, series eternas y realities cada vez más disparatados. Y entre toda esa porquería mi Lupe se encontró con una joya: las regionales de concursos de gordos. “Mira, es como lo que tú estás haciendo en el laboratorio, pero al revés. Ya ves, a un flaco no le dan nada por los kilos que pierde y aquí te dan billetes por cada lorza que ganas. Cariño, te estás dejando las pestañas para que los ricos puedan adelgazar y luego todo se lo llevan las farmacéuticas. Vas a ser un tonto cum laude, mi flaco. Y además pobre, ¿por qué no inventas algo para engordar? En tres meses son las regionales en Alabama, cinco millones a repartir entre los diez primeros. Si tuviera tu cerebro, yo lo haría”. Era una idea absurda. Para engordar ya está la comida basura, la obesidad es el mal de nuestro tiempo. Una idea estúpida. Y todo por un concurso. ¿De verdad se pagan esas cantidades por ver a gente con obesidad mórbida en ropa interior? Ese dinero es cien veces más que la beca que me concedieron. Podría montar mi propio laboratorio con esa cantidad. Me queda poco tiempo de beca de investigación y no quiero acabar como profesor auxiliar en alguna universidad de segunda. No es una buena idea, pero ¿qué se pierde por intentarlo?

Desde la megafonía llamaban a los finalistas; era la hora. Después de que Lupe repasara los huecos sin aceitar nos dirigimos al ascensor. “Cariño, con tu cerebro y mi cuerpo, vamos a conseguir ser millonarios”, le dije confiado. La gente se apartaba al vernos llegar. Como un paquidermo dorado y sonriente me subí a la tarima junto con los demás finalistas. Diez globos carnosos, festivos y multicolores bajo los focos. Los jueces, diminutos en comparación, pasaban haciendo anotaciones, comprobando la curvatura de los pliegues, la tersura de la carne, adivinando la calidad de la composición adiposa, midiendo contornos. Después de quince minutos bajo los focos, alguno de los concursantes tuvo que sentarse; no tenían fuerzas para aguantar su peso y eso les eliminaba de la lucha por el podio. Satisfechos, los jueces se retiraron a deliberar. Se juntaron en una mesa alargada y a las preguntas del presentador iban mostrando cartulinas con la nota que otorgaban. El presentador comentaba cada anotación y era el encargado de despedir con unas palabras de consuelo a los que no tenían posibilidades. Tras otros quince insufribles minutos quedábamos de pie un gigante chocolateado con cara de no haber roto nunca un plato, un antiguo marine y yo. Cuando el presentador preguntó por la nota al jurado y dijo mi nombre, me puse a dar saltitos y a llorar. El marine y el negrazo se acercaron a frotar sus grasas conmigo y a felicitarme. Estaba en una nube. Allí arriba, en calzoncillos, brillante y lloroso me sentía la persona más feliz del mundo. Cuando me entregaron el ramo de flores y el trofeo, vi cómo Lupe saltaba a la tarima y se me abrazaba al cuello exultante. El presentador vino rápido a separarnos. Siempre sonriente, apartó con delicadeza a Lupe y guiñándome un ojo le dijo: “Tranquila señorita. Enseguida le devolvemos a su hombretón. En cuanto pase el control antidoping, se lo entregamos y podrá disfrutar de su compañía”. Lupe me miró alarmada y yo, como una reinona sensible, me sentí flaquear.


Flaquear ha sido uno de los finalistas del V certamen Madrid Sky. No está mal.